domingo, 30 de noviembre de 2008

NOVELA ALAS DE MISERIA

Alas de Miseria

(Primer Lugar Juegos Literarios Gabriela Mistral año 2006 categoría Novela Adulto)

Registro Propiedad Intelectual Inscripción N° 160242

Versión original presentada a concurso.


Carlos Lamarth

From rivers of sorrow

To oceans deep with hope

I have travelled them

Now, there’s no turning back

The limit, the sky

I ask myself questions Why? What today?

When tomorrow?

Chuck Schuldiner

http://www.youtube.com/watch?v=g5dStxI7zk4


Para Anita A.

por creer en mí.

1.

"Hoy es el último día que trabajas con nosotros. Necesito que me devuelvas tu credencial, las llaves de tu escritorio, cualquier otra cosa que sea del banco, saques tus cosas y te retires inmediatamente." Faltaban aún varias horas para terminar mi jornada cuando recibí las noticias en una fría sala de reuniones. Allí estaba ella, la jefa, y yo, la escoria de empleado. "Y te retires inmediatamente" debía entenderse tal cual. No en media hora, no más rato, no a la hora de salida, sino que en el acto, sin parsimonia, derechito para la calle. Y en el acto, previa una poco efusiva despedida de mi parte con mis dos compañeros de labor dentro del Departamento de Adquisiciones, donde se compraban cosas innecesarias para hacer otras incluso menos relevantes, hice abandono del edificio. Hubiese querido despedirme de más gente, gente que realmente me importaba, haber dicho unas palabras, pero mi mente en ese momento estaba en blanco y no atiné a otra cosa que a cumplir con lo que me había encomendado la arpía de mi jefa. Maldita perra. Se salió con la suya. Nunca antes había tenido una jefa. Siempre habían sido jefes. Y a pesar de que hubo algunos que fueron muy desgraciados, haciendo gran gala de sus títulos de jefe, maestros imbéciles que a fuerza de látigos ordenaban las filas por las cuales yo y otros desgraciados llevábamos bloques de concreto para finalizar la pirámide que se le ocurrió construir al dueño de la empresa de turno, ninguno le llegaba a los talones a esta estúpida. Me encantan las mujeres, pero no quisiera volver a tener una jefa. Las mujeres, aunque no todas, son buenas en la cama, en la cocina o a la par en las labores del asalariado cabizbajo, pero no como jefas. Tú jefa, yo pobre diablo. Reconozco el poder que ostentaba sobre mí, su capacidad de influir en mi destino, de hacer que un día cualquiera se transformara en un día de despedida. Eso me produce náuseas. Me echó. De patitas en la calle. Desamparado bajo la lluvia y el clamor de los opulentos. Mi corazón se oprime. ¡Ojalá se muera la muy perra!

En la calle no sé qué hacer. Estoy anonadado, ido, sintiéndome muy extraño, con mi mente dando vueltas a mil por hora. ¿Qué cresta hago ahora? Ya no más. ¿Por qué si estaba todo bajo control? Al menos eso creía. Sofía no va a estar muy contenta. Estaba ganando “buena plata”, tenía una “buena pega”, y con Sofía, que es una “buena polola”, íbamos a lograr hacer unos buenos planes para tener un buen pasar. Se fue a la cresta todo, de nuevo. Otra vez a buscar cómo diablos sobrevivir en este Chile despiadado. Y se siente frío, un frío atroz que recorre desde mi nuca hasta donde termina mi espina dorsal. Desolación, abandono, tristeza.

Tengo ganas de ir a tomarme algo. Me quedan algunos cheques de restaurante. Bien. Llamo a un amigo, un vago que no hace nada, o al menos eso pareciera.

- ¿Tenís algo que hacer?

- No, ya po, vente pal centro para que nos tomemos unos copetes.

- Es que no tengo plata.

- Filo hueón, si yo invito.

- Ya po. Nos vemos un una hora.

Mi amigo llegó a la hora, muy puntualmente, como amerita comportarse cuando es el otro el que invita las copas. Le conté que me habían despedido. Y antes de ir a arrellanarnos a un buen local para beber a destajo aprovechamos la ocasión para ir a buscar a su polola al trabajo, a pasos del lugar de encuentro, en pleno centro de Santiago. Ella nos acompañaría en la velada de olvido. Yo no me hacía problema. ¡Qué diablos podría importarme cualquier cosa en ese momento trágico! Además, la polola de mi amigo es extremadamente hermosa, o al menos yo la veo así. No sé que le encuentra a mi amigo. Está muy bien que nos acompañe. Mirar su lindo rostro me hará olvidar a Sofía por un rato. No quise, o no pude, llamarla inmediatamente apenas supe la noticia para decirle que me habían despedido. Preferí primero beber, beber y olvidar. Sólo necesitaba un amigo. Y allí estaba, aunque fuese únicamente para beber. No me importaba. Mañana me ocuparía de cómo solucionar el nuevo dilema. Hoy no quiero pensar. Mañana, mañana es de vuelta a El Mercurio. Artes y Letras y los Avisos Económicos del periódico dominguero. Pega, pega, pega. Buscar pega. No me agrada. No creo hallar allí lo que realmente me gustaría hacer. ¿Pero quién diablos hace lo que realmente le gusta? ¿Y quién diablos soy yo para exigir que las cosas sean a mi pinta? Yo al menos nunca he estado en un trabajo que me importara. Para mí el asunto siempre se ha reducido a un simple y necesario malestar que produce el tan necesario, amado y fervientemente deseado dinero. Nada más que eso.

El sistema computacional tanto que funciona con la base tanto que está en ambiente de tanto que debe estar acorde con los “F” algo, los “U” algo, los “C” algo y los “K” algo. Jerga de mi recientemente perdido trabajo. En realidad no exactamente mi jerga particular, pero sí la que solía escuchar todos los días por los pasillos, los cubículos, en reuniones, aquí y allá, por todas partes. Y todo el mundo corría para allá, y volvía para acá, y bla, bla, bla. Mucho alboroto, y más bla, bla, bla. Nunca entendí de qué trataba todo eso, nunca me importó saber. Para mí era tan sólo viento, murmullo feroz que suena amenazador pero que no tiene la fuerza necesaria para destruir nada. Ahora entiendo mejor. Porque no se trata de hacer, sino que de hacer creer a los demás que se está haciendo, y mucho. Mi pecado es no ser hipócrita, no pretender, no ayudar a generar más viento. Carezco de tres de los mayores valores del pueblo chileno: su hipocresía, su doble estándar y su absoluta falsedad. No es lo que se hace, es lo que se hace creer a los demás que se hace. En Chile se hace mucho de nada. Supongo que mi último trabajo aparentaba no ser gran cosa. Quizás por eso me echaron. Pero los hipócritas podrían haberme hecho partícipe de sus juegos. No, no pudieron. Sus pequeñas mentes no podían asimilar mi honestidad. Continuaremos sin ti, dijeron todos. Y así fue. Hijos de puta todos y cada uno de ellos, sus familias, amigos y metamos también a las abuelitas. Y claro, hay excepciones. No me despedí de las excepciones. Lamento aquello, aunque… ¡Qué diablos! No tengo nada que lamentar. Es sólo una pega, una maldita pega. Ya no está. Eso es todo. No hay razón para ponerse sentimental.

Pero no todo es tan terrible. No creo ni siquiera que sea terrible. ¡Aquí viene el lado optimista de mi ser! Termina una función y siempre empieza otra. Nuevos caminos se vislumbran en el horizonte. ¿Negro? Quien sabe. Pero de haber un mañana ha de haberlo. El haber cambiado de carril me llevará a otros lugares. No sé lo que me espera, no sé que ha de pasar, pero un sentimiento de vaga alegría por lo desconocido me envuelve en su manto nebuloso. "Debieras tomarte un minuto para acordarte de Dios" dice mi padre, que sabe que soy ateo, para su gran pesar. Me lo dijo el otro día, después de que supo de mi despido. Lo lamentó mucho, aunque me culpó exclusivamente a mí de aquel destino. De nuevo yo estaba mal y los otros bien y había que ponerse del lado de los que son más y eso hizo. Y los más rezan a cosas intangibles, por ende yo también debiera hacerlo. Y por un momento me imagino que sí creo, pero sólo por juego, sólo por pretender, a modo de experimento, y me pregunto qué es lo que Dios quiere de mí. “Hola Dios que arriba estás mofándote cruelmente de todos nosotros. ¿Qué hay que entender?” No hay respuesta, como nunca la ha habido. Me olvido de Dios. ¡Para que perder el tiempo con deidades sordas!

Sin deidades trato de entender todo lo que está pasando, me convenzo de que la vida es así, con sus subidas y bajadas repentinas, con sus éxitos y fracasos, con sus momentos álgidos y sus momentos tristes y bajos. No hay respuestas para mí, al igual que no las hay para los demás. La vida sigue su curso, ajena a mí, ajena a mis vicisitudes, a mi congoja, a mis pensamientos. No estoy muerto aún. Vuelvo a pararme allí donde fui arrojado y sigo mi marcha silenciosa hacia los confines de una vida que jamás entenderé.

2.

Andar en bicicleta da una sensación de libertad de la que estoy seguro todo el mundo que tiene una conoce y que conocen mejor aún los que tienen auto. Con tiempo libre de sobra ahora puedo salir a andar en mi bicicleta cualquier día a cualquier hora. Hace poco tengo la mía y me cuesta entender por qué demoré tanto en obtenerla considerando todo lo que me gustaba andar en ella cuando era chico. En esa época tuve una bicicleta CIC verde, de esas sin cambios y que se frenaba pedaleando hacia atrás. Anduve muchísimo en ella cuando niño y me saqué la cresta varias veces. En mi cuerpo llevo algunas cicatrices que me recordarán por siempre de mis aventuras de mozalbete. El accidente más grave, el que pudo haberme matado, me hace recordar el día en que dejó su huella grabada literalmente en mi cabeza. Aquellos recuerdos son imborrables, al igual que mi cicatriz. Resulta curioso, por tanto, comprobar que no recuerdo los días previos al accidente, ni los que vinieron después, y no recuerdo muchos días de mi niñez, tan sólo aquellos que quedaron grabados para siempre en mi memoria debido a la intensidad de su naturaleza. Tan sólo hace unos pocos días atrás me despidieron. Es algo nefasto y que cabe dentro de lo que el común de la gente calificaría como “intensa vivencia”. Quedará grabado en mi memoria el último día como cicatriz en mi alma, o al menos en esa cosa que se llama conciencia de ser.

Fue en verano. Caí debido a que la rueda de adelante empezó a zigzaguear. Maldita arena en la bajada. Yo llevaba los brazos en alto, sin apoyarlos en el manubrio, confiado en mi destreza. De haberlos tenido allí podría haber controlado la bicicleta, pero había hecho tantas veces aquella maniobra antes que no pensé que algo pudiese fallar. La típica "es que yo pensé", "es que yo creí". Pensé mal y creí mal, aunque tan sólo hubiese sido una vez. Un error, un cálculo o estimación mal sacado, y todo se va a la mierda. De pronto, tumbado en el suelo, apoyo las manos en el asfalto para levantarme. Gotas de sangre caen desde mi frente. Mis codos están pelados, sangrando. El instinto natural los obligó a proteger mi cara y mi cabeza, aunque el golpe que di con ella en el asfalto no pudo ser evitado. Sangraba, sangraba de la frente. Mis amigos pararon más allá, uno de ellos, un par, o todos, no recuerdo bien, fue (o fueron) a avisar a mi familia. Dos cuadras separaban la casa del lugar del accidente. Yo me tocaba la frente. Pronto me salí del camino. Una cosa es caerse en bicicleta y otra es que te atropellen. No sé si partí con la bicicleta o no a mi lado, pero teniendo plena conciencia de que mi herida no era leve decidí buscar ayuda por alguna de las casas del barrio, un bonito barrio de clase media en Viña del Mar. Toqué un timbre cualquiera, solicité favor de utilizar el baño para poder verme en un espejo, aunque mi lenguaje infantil de esa época seguramente lo dijo de otra manera. Una señora, me abre la puerta y me mira con espanto, con la típica mirada de espanto, esa que dice "¡Dios mío!". Luego de constatar mis lesiones, especialmente la de la frente, en el espejo del baño, entiendo perfectamente el espanto de la señora. Hay más gente en la casa. Me acuestan boca arriba en una cama, me hacen las preguntas de rigor. Llega una ambulancia, me trasladan a la posta, me cosen la cabeza y no hay bicicleta por algún tiempo. Ahora, ya adulto, me pregunto qué es lo que se necesitará para hacerme perder el conocimiento. Un golpe fuerte en la frente parece no desplomarme y dejarme inconsciente, pero sí deja sus cicatrices. Ha pasado mucho tiempo desde ese accidente, pero las cicatrices se han ido acumulando, ya no en mi cuerpo, pero sí en mi interior, en mi mar de desconsuelo. Allí, algunas todavía sangran. Pero no me quejo. "Everybody Hurts" dice Michael Stipe de R.E.M., aunque no me gusta esa banda. Todo el mundo sufre. Es un consuelo. Y claro, no iba a salvarme yo de todo ese dolor dando vuelta por las esquinas del mundo traidor.

Ahora cuando salgo andar en bicicleta no hago las locuras de la niñez. No tomo la máxima velocidad que pueda en bajada, y no suelto las manos, al menos no todavía, al menos no mientras no vuelva a tener la confianza de antes. Pensándolo bien, aunque la vuelva a tener, creo que el arrojo de antaño hoy está tranquilizado por la experiencia de la adultez, la odiosa, mugrienta y patética adultez. Ahora pretendo, como muchos, mantener mi peso, no engordar, mejorar el estado físico, la capacidad aeróbica de los pulmones. Ya no se trata de quién llega primero al final de la bajada, ni quien agarra más velocidad. Las cosas han cambiado, y el que ahora se sube a una bicicleta lo hace con la pretensión de mantener el espíritu joven, pero se engaña en creer que vuelve a tener la inocencia, candidez y simpleza del niño de antes. ¡El niño de antes está muerto! Mucha mierda ha pasado por debajo de nuestros puentes, pero, incluso así, la sensación del viento fresco en la cara y la libertad vuelven a sentirse como antes, y por algunos momentos nada importa excepto el camino infinito que se abre ante nosotros. Más allá hay arena en el asfalto. ¡Cuidado! Podemos caer. "Ya no trabajas más con nosotros" retumba en mi cerebro. Caíste, y debes empezar a mendigar otro trabajo para hacer quizás que cosa y volver a sentir, como siempre, su absoluta intrascendencia.

3.

Puedo olvidar el mundo por un rato con mi bicicleta, pero no puedo soslayar la apabullante asfixia del "día a día". Hay más días comunes que especiales, y son en esos días comunes y ordinarios que uno las sufre todas desde frentes inesperados. Hay gente que dice que a uno lo quiere, pero que en la práctica son los que más daño hacen.

La pérdida de trabajo no ha sido algo indiferente para estos seres que me quieren. Y me resulta curioso, como me resultan curiosas muchas cosas de la vida, que más que ayuda lo que uno recibe en supuestos momentos que podríamos catalogar como "difíciles" es gran influjo de consejos no solicitados y palabrería cliché que busca despertar en nosotros ese "ánimo" y ese "empuje" para "salir adelante". Me pregunto qué significarán estas cosas. Porque nadie me las ha explicado. Y me queda claro que nadie me las va a explicar. La gente quiere mi éxito, o no quiere ver tan de cerca el fruto de sus propios fracasos. Nadie se para un momento a preguntarme qué es lo que yo quiero, qué es lo que a mí interesa. No. Hay que encontrar otro trabajo y eso es todo. No importa de qué tipo mientras sea una "buena pega", o sea, de esas en las que te descuentan para AFP, te dan vales de colación y te permiten subsistir "dignamente". Dignamente, ¿y qué diablos es eso? Hace veinte años atrás yo no tenía estos problemas y ahora resulta que tengo que hacer algo con mi vida. ¿Quedarme rendido en mi cama hasta morir es una posibilidad? No, no lo creo. No hay forma de cortar el impulso de vida. No, para bien, para mal, la cosa sigue.

Quisiera no tener que escuchar muchas cosas, quisiera no sentir esa presión sutil, pero persistente de mi polola, Sofía, que necesita de mí para ella. "Para hacer las cosas que queremos hacer, los dos debemos trabajar". Eso escuché hoy por teléfono, entre otras cosas. Quisiera cambiar la situación de un día para otro, pero no puedo, dependo del mundo y su misericordia. Sofía me comprende a medias. Yo me comprendo a medias. Supongo que si no sirvo de máquina de hacer dinero uno pierde el encanto para muchas mujeres. De pronto quisiera estar solo en este mundo. Tanto idiota allá afuera. Ese es el problema mayor. Demasiados allá afuera y todos tratando de sobrevivir y ser felices, especialmente en un país a medias como es Chile. Porque aquí no se vive, se muere. Aquí se sobrevive, apenas. No alcanza para más.

Algunos están más convencidos de la Gran Mentira que otros, pero en general, hay demasiados seres, demasiado huevones que quieren ser felices, demasiados sueños para un mundo que es una pesadilla, demasiadas flores que no pueden echar raíces en la arena del desierto. "Para hacer las cosas que queremos hacer". Eso incluye traer más vida al mundo, como si hubiese escasez de humanos. Nueva vida, como la mía, como la de ella, y embobados soñaremos con un mejor mañana para esa cría. ¡Cómo si tuviéramos algún control sobre este mundo pestilente! Definamos lo que entendemos por "mejor". Definamos todas estas palabras vacuas e inservibles. Progreso, avance, seguridad. ¿Qué es toda esta mierda? ¿Traer vida al mundo para que se cuestione lo mismo que yo? ¿Dónde están los sueños de mi generación anterior? Aquí estoy. Ya pues, díganme qué salió mal. Quizás todo estaba mal de antes, desde siempre. Sólo ahora logro abrir mis ojos y darme cuenta del vacío que significa vivir.

Me molesta la presión, me molesta el consejo no solicitado, pero por encima de todo me molesta que me digan qué es lo que debo hacer con mi vida. Y frente a mis deseos, quisiera, alguna vez, alguna puta vez, escuchar un "ok, nosotros te ayudaremos, aunque sea con ideas". Uno quiere escapar lo máximo que se pueda del sistema, teniendo en cuenta que el escape nunca es total, que la utopía de la libertad existe exclusivamente en nuestras mentes y que todos somos esclavos los unos de otros. Uno quiere ser libre, dejar estas cadenas subyugadoras en el camino y caminar con menos peso en nuestro andar. Y no se escucha gran vitoreo por los valientes que se atreven a caminar por los senderos más despejados, pero oscuros, que a falta de claridad diáfana resultan difíciles de transitar y cuyos baches invitan a la muerte cada ciertos pasos.

Debo guardar silencio, avanzar solo, contar solamente con mi fuerza y olvidarme de toda esta gente que no tiene idea, al igual que yo, hacia donde apunta todo. Yo quiero un par de cosas, no muchas. Y sé lo que no quiero. Además, toda esta generosidad no solicitada hacia mi persona me descompone, por no decir que me deprime. Muevo la cabeza de un modo violento como para expulsar las ideas extranjeras. Ahora, ahora comprendo lo que significa la soledad, y que al amor, el cariño, y todos los cuidados del mundo están supeditados al dinero. Yo soy dependiendo de cuanto tenga, de mi aporte al sistema. Malditos billetes estaban en mi poder ayer, hoy están en poder de otro. Son los mismos billetes. Sale la pieza defectuosa, entra la pieza nueva. Esta pieza nueva funciona mejor. La Máquina se ha ajustado nuevamente con la suavidad que requería. La pieza defectuosa es lanzada a la calle. La calle no tiene piedad, pero tampoco la pieza defectuosa que descubre dónde está ahora. ¡Cómo odio este mundo!

4.

Cualquier momento es un buen momento. Mañana nadie sabe y ayer ya murió. Y a pesar de tener claro entendimiento de lo que debe hacerse a veces caemos bajo la falsa premisa de que no estamos aún preparados. No es cierto. Estamos preparados, como cualquier otro, a comenzar la labor impuesta. No necesitamos estar mejor preparados puesto que somos productos sin terminar. Nunca llegará el mejor momento, nunca se presentará el momento ideal. Con aptitudes, con defectos, con una historia... simplemente un hombre y su legado de putrefacción.

Mañana el sol volverá a brillar, allá afuera volverá a brillar como desde que existe brilla, y a pesar de que nubes cubran su rostro, el sol brillará para todos, y lo hará por una eternidad. Miles de años pasarán. Miles de miles. Yo no existiré del mismo modo que no existiré ni siquiera como un recuerdo. Ni siquiera debo avanzar muchos años en el futuro para darme cuenta de mi mortalidad, mi inevitable mortalidad. Ni en cien años más estaré aquí. Seré polvo... nuevamente. Y así ha de ser. Pero los demás también serán polvo.

Al cerrar los ojos pienso en todo aquello que he llegado a considerar de valor, todas las cosas que he decidido son importantes, todo aquello por lo cual he estado dispuesto a sufrir. Pienso en mi conocimiento, en lo que valoro como información útil, que es tan sólo una ínfima parte del todo. No sé nada a pesar de saber algo. Recuerdo los caracoles, los caracoles que se reproducen como conejos en el acuario. Y mientras Sofía vuelve a temas comunes con su amiga, yo me divierto con el acuario de la casa nueva de la amiga de mi polola. Observo a los caracoles, invitados non grato para los pececillos, como un UDI en una reunión del Partido Comunista. Algunos grandes, algunos chicos, algunos aún sin nacer, pegados, adosados a las paredes esperando el gran momento en que llegarán a la vida y harán lo que hacen los demás caracoles, que no es otra cosa que pasearse todo el día por los confines del acuario. Para allá, para acá, de un lado a otro, todo el día, me imagino, ya que lo único que hicieron mientras los observaba era desplazarse y eso me hace pensar que lo único que hacen es eso, además de comer y procrear y llenar el estanque con más caracoles que se desplazarán de aquí para allá y de allá para acá sin cesar, un día y otro, hasta morir. ¿Qué nos diferencia de los caracoles? La Tierra es un acuario gigante de forma redonda, nosotros los caracoles, caracoles con claro conocimiento de que el para allá y el para acá es absolutamente redundante, estéril y sin propósito. Probablemente los caracoles en el pequeño acuario no se dan cuenta de su absoluta estupidez. Nosotros los humanos sí, al menos algunos. No creo que González se de cuenta, porque él es un idiota como pocos. Un gran idiota. Solía trabajar con él en el Departamento de Adquisiciones.

He decidido moverme por este mundo. ¿Pero qué hago exactamente? Todas las actividades han de apuntar a un fin, incluso dentro de no existir un fin de escala mayor, un fin al cual estén supeditados el resto de los fines. ¿Cuál es mi fin? No lo sé. El sueño empieza a atacar. Debiera acostarme para estar bien mañana. Mañana debo estar despejado. Pasaré a dejar unos currículum al centro, haré unos trámites aburridos, como ir a desafiliarme formalmente de la Isapre y, por supuesto, cómo olvidarlo, almorzaré con Macarena. Espero que no me cancele. No la veo desde que me echaron del Banco Intercontinental de Ahorro, Progreso y Mierda. Hay harto de qué copuchar, considerando que no soy de los que suelen considerarse copuchentos.

Macarena es el tipo de mujer de la que yo, en otro tiempo, más joven, con el alma más limpia y con menos heridas y llagas debidas a un tortuoso andar, me hubiese enamorado loca y perdidamente, con esa pasión, ese fuego, esa estupidez cándida, ese deseo de muerte por no ser correspondido, que se vive penosamente en la juventud. Porque sólo cuando somos jóvenes y puros podemos enamorarnos de quién ni siquiera hemos robado un beso. Con el tiempo nos volvemos cínicos y no perdemos el tiempo en locas carreras que no nos van a llevar a la cama. Digamos que con el tiempo nos volvemos más eficientes y eficaces. Con Macarena quiero almorzar mañana y todo lo demás ni siquiera lo he pensado mucho. Sin lugar a dudas se trata de una hermosa mujer, y aunque ella me quisiera no siento que haya química. Me gusta como amiga, pero diablos, no estaría mal que existiese esa química sexual que he encontrado en mujeres menos agraciadas que ella. Claro, de todos modos, aún sin esa "química misteriosa" le haría los favores si me los pidiera. ¿Qué hombre no lo haría? Y yo, en este aspecto nimio, no pretendo salirme del promedio.

Recuerdo a... ¡diablos! Ni siquiera recuerdo su nombre. Era un nombre poco común, de origen vasco. Rubia, chiquita, blanca, no muy hermosa, aunque ante mis ojos siempre fue lo más lindo del mundo. Recuerdo que la amé, o al menos eso creí que sentía por ella, aunque lo correcto, creo, sería mejor llamar a todo lo que por ella sentía como una vulgar infatuation, como dice la canción de Rod Stewart. Jamás la besé, salvo en la frente, una vez, a falta de labios que quisieran mezclarse con los míos. Mi único contacto, mi única manera pueril y estúpida de demostrar un amor que nunca logré entender por qué se generó, fue ese estúpido beso en la frente. Y es que hoy en día ya no pierdo la cabeza como antes. Ya con experiencia sé donde meterme y donde no, y esa sensación de "amor", que pareciera nacer por generación espontánea como se creía antes que nacían las moscas de la carme putrefacta, ya no existe. Ese dulce sufrimiento ya no puede ser rescatado del infierno donde se quema para nunca más volver a renacer. Me pregunto si lo caracoles se enamoran, si se vuelven locos los unos de los otros.

5.

He sido llamado pesimista. La última vez lo oí de boca de mi jefa. No particularmente agraciada, tampoco horrible, pero ciertamente no de mi gusto. Ella me dijo una vez: "tu problema es que eres muy pesimista". "Y el tuyo es que eres una perra asquerosa" es lo que debí haber respondido es ese momento. No pude en esa circunstancia responder con ese insulto ni con alguna réplica inteligente e irónica como otras veces frente a otra gente en situaciones similares, en esas en que se le quiere hacer creer a uno que está equivocado. Posteriormente, recordando al mayor y más exitoso de todos los pesimistas, Woody Allen, formulé la ansiada réplica en mi cabeza: "Woody Allen es muy pesimista y sin embargo es muy exitoso". No se me ocurrió decirlo en su momento. Y no es que Woody sea algún tipo de inspiración para mí. Ni siquiera he visto sus películas. Sé que se casó con Mia Farrow y que se metió en un tremendo lío a causa de un amorío con la hija de esta. Pero más allá de eso mi conocimiento sobre Woody es escaso. Se más de Woody Woodpecker; el Pájaro Loco, de Walter Lantz. Allen es un pesimista exitoso. Eso es lo que sé. Quiero dejar en claro que aunque la palabra pesimista tiene una connotación negativa es posible tener éxito siéndolo. Por deducción lógica podemos estar seguros que allá afuera en el mundo andan un montón de optimistas fracasados, al igual que uno que otro exitoso. ¿Pero que diablos significa "éxito"? Pero no. No entraré en la odiosa tarea de las definiciones. Conformémonos con que éxito significa que la vida nos está resultando tal como queremos en su mayor parte. Todo el mundo quiere que su propia vida sea tal como la sueña, o que al menos se acerque al ideal. Y con tanto idiota apuntando en la misma dirección las probabilidades juegan en contra.

El futuro viene muy exigente. Eso dice un anuncio en un paradero de micro. Aparece un teclado con símbolos chinos en vez de las letras que nos son familiares. Supongo que habrá que aprender chino. Otra complicación más, otro desafío más, otro problema en el que no habíamos pensado, otra valla a superar, otro dolor de cabeza a combatir con Tapsin u otro analgésico, "Tapsin Chin Shu Lyn pala los lololes de cabeza plobocados por los chinos". Me imagino ya el comercial. Otro dilema, otra vicisitud, otra oportunidad para poner a prueba nuestro optimismo. Y si el futuro viene muy exigente me pregunto que hay para el presente. ¿Acaso no es ya lo suficientemente exigente? Al parecer no, por tanto los próceres del stress han decidido que debemos preocuparnos hoy por ese futuro muy exigente que se nos avecina. ¿Qué producto estaban promoviendo? Tendré que volver a tomar la misma micro otro día para averiguarlo, aunque da igual. Lo importante es que el futuro se viene muy exigente y todo el mundo debiera aumentar su nivel de stress y preocuparse mucho. ¡Vienen los chinos! ¿Y Jesús? ¿No viene ese huevón también? ¡Mierda! Quizás Jesús es chino. ¿Chechucristo Shuperestar? No, no creo que así se escriba en chino. Mmmm. No lo estoy haciendo bien... el futuro se viene con todo... muy exigente. Se vienen los chinos, se viene Jesús y yo no tengo ni un puto peso en los bolsillos.

"¡Ah no! ¡Están tocando como música del recuerdo las canciones que escuchabas en tus primeros pololeos! Entonces preocúpate que estás a medio camino de jubilar". Así dice el anuncio de la radio. Y sigue. “Asegura tu futuro (me pregunto si se tratará del mismo futuro exigente al que se refería el otro anuncio) e invierte en APV". (Ahorro Previsional Voluntario). “Porque tu jubilación puede que no sea suficiente para el futuro”. Y recordemos además que ese futuro se viene muy pero muy exigente. ¿Pero si viene Jesús no nos va a ayudar? Jajajajaja. De todos, ese es el más traidor. Entonces además de aprender chino u otra cosa ignominiosamente enredada tenemos que hoy día empezar a preocuparnos de nuestra jubilación ya que estamos a medio camino. ¡Qué patético! Lo que sí es asombroso es que toda la gente que nos bombardea con estos mensajes nos asegura que viviremos hasta jubilar y que sin lugar a dudas experimentaremos ese futuro exigente que se nos viene encima. ¿Pero saben una cosa? ¿Por qué empezar con las preocupaciones futuras hoy cuando podríamos empezar a preocuparnos desde mucho antes? Mucho, mucho antes. Desde que estamos en el vientre materno. "Preocúpate, dentro de seis meses nacerás. ¿Estás preparado para ver el mundo?”. Luego al nacer, "preocúpate que dentro de cinco años entrarás al colegio. Deja de lado esos juguetes inútiles y empieza a estudiar y a aprender chino ahora porque el futuro se viene exigente”. Efecto Mozart, ahí lo tenemos, preparando a los bebes para que sean más inteligentes como si de antemano ellos nos hubieran exigido tal upgrading. Hay tantos genios que ni siquiera conocieron la música de Mozart. Pero nadie recuerda eso ahora.

Ayer todo era más fácil, hoy todo es complicado, o eso nos hacen creer los próceres del stress. La gran paradoja. Toda esta maldita tecnología, todos estos maravillosos avances, todas estas máquinas que supuestamente nos hacen la vida más fácil y nos dejan tiempo libre para disfrutar en familia y con los amigos. Mentira, patrañas. Hoy la gente tiene menos tiempo libre que antes, y definitivamente tiene la vida tan difícil como siempre ha sido. Hoy tenemos aparatos que nos hacen creer un una quimera tecnológica. No hay tiempo, no hay tiempo. Y es aquí donde necesitamos ser optimistas, porque siendo optimistas miraremos la vida con esperanza. Patrañas. Esto va más allá de optimismo o pesimismo. Se trata de La Tierra, con cada vez más seres sobre ella, con cada vez más avances. ¿Hacia dónde vamos? Vamos hacia el futuro, ese malévolo futuro muy exigente para el cuál hay que preocuparse hoy. Y yo debería dejar de estar maldiciendo el asunto y sumarme a la preocupación mundial. Hoy los periódicos en Internet comentaban que Chile nuevamente no va a ir a un Mundial. Alemania 2006 habrá que verlo como simple espectador. Pasan los años, y no hay tecnología que salve a Chile en el fútbol. A pesar de todo, algunas cosas nunca cambiarán.

6.

Finalmente pude almorzar con Macarena. No fue un almuerzo muy especial, no fue para nada un encuentro como me hubiese gustado. Macarena, que está dentro del pequeño grupo de gente que me cae bien, es una niña que no creo pudiese entender la mitad de mis planteamientos con respecto a la totalidad de las cosas la mitad del tiempo. Siento que un abismo nos separa. Y con diez años de diferencia hasta se podría hablar de abismo generacional. No es que sea tonta, de hecho es muy inteligente, pero presiento que su entendimiento del mundo difiere del mío ampliamente. Además, se trata de una mujer hermosa y de familia acomodada. La vida siempre le sonreirá más a ella que al resto, que a los "desacomodados".

Varias veces durante el almuerzo se produjeron silencios, esos incómodos silencios que acusan falta de temática común. Ella todavía trabaja en el Banco Intercontinental de Ahorro, Progreso y Mierda. Siento que el abismo se hace más ancho y más profundo. Siento que estos dos mundos vagan y orbitan alrededor de soles distintos.

No creo que haya otro almuerzo con Macarena. Y de nuevo vuelvo a creer que si un hombre no tiene interés en llevarse a una mujer a la cama toda conversación es pérdida de tiempo, a menos que haya un vínculo afectivo y una temática común que mantenga el interés. He tenido pocas amigas por lo mismo.

Desabrido, escueto y aburrido fue mi almuerzo con Macarena. Quizás ella pensó lo mismo que yo, y yo soy el aburrido ante sus ojos. Quizás fue el día, la hora. Qué se yo. Pero ya no habrá más almuerzos. ¿Que sentido habría en ello? Yo debo marchar lejos de aquí y dejar como en un sueño con tintes de pesadilla todo aquello que tuvo algo que ver con mi trabajo en el Departamento de Adquisiciones del Banco Intercontinental de Ahorro, Progreso y Mierda, ese lugar donde pasé horas muertas, ese lugar que me dio dinero, pero no mucho más de nada más.

7.

Necesito soledad. Aquella musa temible y traicionera de antaño, la que quise barrer de mi existencia abocándome al perpetuo deseo de amor y compañía, la quiero ahora. Debo cerrar la puerta de mi corazón como debo cerrar la puerta de mi cuarto. Debo estar solo. Necesito esta soledad, mi soledad creativa, mi soledad inspiradora. Necesito ahogarme en la soledad, pero no para siempre, sólo como necesario refugio creador. Volveré, volveré, pero justo no ahora. Ahora necesito cerrar la puerta de mi alma y bloquear las influencias que cruzan por el aire como navajas destinadas a matar mi creación. No, no es que no quiera vuestra compañía. Pero ahora, justo ahora, ahora, no mañana, tengo una cita con mis pensamientos. Podría parecer de gran inutilidad, pero también es inútil todo lo demás. Hay un sin fin de maneras de matar el tiempo, porque eso es lo que hacemos desde que estamos aquí. Matar el tiempo. Para mí es igual que ocupar el tiempo. Infinidad de actividades. Y yo, ahora, quiero estar solo matando el tiempo.

8.

No pocas veces he observado el departamento donde vivo, o mejor dicho, donde muero lentamente, desde afuera. Observo mi pieza, ese lugar pequeño en el universo donde mis días pasan. Trato de visualizarme allí adentro, sentado frente al computador, acostado viendo televisión, escuchando música. ¿Saldrá algo bueno de allí, de ese pequeño cubículo que es mi hogar, de entre medio de esas paredes que son refugio e infierno a la vez, desde esa ventana que me permite observar parte de la grandeza de una cordillera absolutamente ajena a mis tribulaciones, ajena a la vez a los designios de sus hijos acongojados que pululan por sus faldeos en danza frenética y estéril?

Me imagino que cada ser humano es su propia obra de arte, que no hay ni bien ni mal, ni éxitos ni fracasos, ni que nada, absolutamente nada es de relevancia o importancia. Las flores que empiezan a florecer en esta primavera no dejarán de hacerlo debido a que estoy sin trabajo. “Trabajas hasta hoy”. Lo recuerdo, lo recuerdo y no puedo olvidar. Y las olas del mar siguen batiendo las rocas de la misma manera en que la noche azota al día y el día mata la noche. Todas las maravillas del mundo están aquí desde que las conozco. Estaban allí antes de mi llegada y seguirán allí después de mi partida. Asumo mi insignificancia. Y sueño, sueño, como sueñan muchos, "con algo mejor", así de vulgar, así de impreciso. Desde afuera, desde el mundo, mi cubículo se ve irreal.

Cubículos. Todo el mundo está dentro de algún cubículo. Cubículos propios, compartidos, cerrados por biombos bajos, a veces altos. Cubículos, de trabajo, de ocio, de descanso, de amor. Cubículos encerrados en murallas que bloquean las miradas impertinentes. Yo soy dueño de mi pequeño cubículo. No es cierto que no soy nadie en el mundo. Ocupo un espacio, de la misma manera en que un vagabundo ocupa parte de la calle o de un parque. Todos somos dueños de algo, de un espacio, de ese espacio permanente que ocupa nuestra fisonomía en cada momento. Cualquiera que haya viajado en metro en hora peak comprenderá que ocupamos un espacio y que todos agrupados nos fastidiamos bastante los unos a los otros. Soy dueño de este espacio simplemente porque los poderosos no han podido aún robarme mi espacio. Quizás no lo necesitan... por ahora. Siete mil, diez mil, veinte mil, cincuenta mil millones de nosotros aquí en este mundo en un futuro nebuloso, un futuro que se viene muy exigente, un futuro chino. Mmmm, en una de esas el aviso que me prevenía del exigente futuro no estaba del todo mal. Probablemente el lejano futuro, digamos el futuro dentro de unos quinientos años, si ha de ser muy exigente. Mi espacio hoy existe, mañana podría molestarle a alguien.

9.

Carne de pollo, agua, empanizado, harina de trigo seleccionada, sal fina, proteína aislada de soya, carragenina, eritorbato de sodio, cilantro y pimienta blanca. Todo eso dice el envase de plástico sobre mi rica croqueta de pollo. Comeré dos, al horno, con algo de puré. Me imagino que comer estas croquetas es sano. ¿Podría haber algo nocivo en una sustancia con un nombre tan amistoso como "carragenina"? Al menos algunos ingredientes me son familiares. Mi linda croqueta de pollo. No es cosa de agarrar un pollo, empanizarlo, cortarlo en rodajas y servirlo como croquetas. Hay todo un proceso desde que los pollitos nacen, crecen y llegan a mi mesa. Lindos pollitos, de seguro parecidos al que tuve cuando era pequeño, muy pequeño. Se lo comió el perro de mi tía. No recuerdo haber sufrido por aquello, no creo que aquello haya dejado secuelas en mí, pero sí recuerdo a un idiota que una vez me contó que había rociado a un pollito con parafina y luego le prendió fuego. No puedo entender tal crueldad con los pollos, no con los de mi mesa, sino la crueldad de gente que es capaz de prender fuego a un pollo. Sí, es cierto, cuando pequeño quemaba hormigas con lupa, friéndolas en una muerte que me imagino debe ser en extremo espantosa. Muy bien recuerdo que lo hacía con las típicas hormigas de ciudad, de esas que no alcanzan gran tamaño, como si supieran que crecer muy grandes en un lugar infestado de seres humanos las haría más vulnerables frente a ellos. Dentro de mi mente de niño quemar hormigas era una entretención fascinante, especialmente cuando las hormigas condenadas tenían la nobleza y deferencia de explotar y hacer con ello un simpático sonido. ¡Que barbaridad!, aunque confieso que jamás quemé esas hormigas grandes, esas negras del campo. Posiblemente su gran tamaño me recordaba demasiado su evidente vestigio de vida de igual manera como un perro al que no podría matar cuando me mirase con sus ojos suplicantes. Mis amigos también lo hacían, también quemaban hormigas. En conversaciones con ellos he descubierto que aquella no era una actividad poco común. No creo que hayamos sido intencionalmente crueles. Creo que ni siquiera mirábamos a las hormigas como seres que podían sufrir. Creo que la actividad se resumía a que era un juego entretenido. Hoy no creo que pudiese matar una hormiga, al menos no de la cruel manera recién expuesta. Miro a las hormigas ahora como miro a la humanidad, y la insignificancia de ambos me hace ver en ellas lo que veo en la humanidad. Me imagino arriba de un edificio alto, de unos cien pisos o más, con una lupa gigante tratando de quemar a un ser humano. Desde abajo se vería como un rayo láser perpetuo que quema, pulverizando todo a su paso. La conciencia que tengo con respecto de nuestra similitud con las hormigas me impide ahora quemarlas con lupa.

10.

Un breve descanso después de almuerzo es muy reparador. Si se convierte en una pequeña siesta, mucho mejor. Esa pequeña muerte que es el sueño, es como atisbar vestigios de inmortalidad. Ese tiempo de descanso es recuerdo de nuestra inherente debilidad. Toda actividad febril ha de acabar finalmente en el sueño, y en ese sueño se tejen historias fantásticas, a la vez irreales.

Al correr las cortinas y dejar que entre la luz de una primavera esperanzadora y observar cómo se mueven las hojas en los árboles mecidas por tenues ráfagas de viento y, por encima, ver el cielo límpido, inusualmente límpido para ser el cielo de un Santiago asfixiante, se experimenta la misma sensación, o parecida, que resulta de comer chocolate. Se siente bien aunque todo esté mal. Nubes pintan ese azul de fondo con un blanco grisáceo. El paisaje es hermoso y tranquilizador. Pero no es un día de campo, es un día de ciudad. El rugir de los motores de los autos lo hace recordar. Ni mejor ni peor que en el campo, tan sólo belleza de ciudad. Algo es algo. Es el encanto de la primavera que se abre paso incluso en un lugar gris como es Santiago. Tal vez exagero, puesto que hay ciudades más grises. Aquí todavía hay verdor. Áreas verdes como le gusta decir a los planificadores. Al principio todo era áreas verdes, con excepción de los océanos, los extremos norte y sur del planeta, y los desiertos. Y allí donde todo era verde poco a poco el verdor dio paso al gris de las construcciones de concreto. Los edificios reinan supremos, pero se han respetado espacios, pequeños espacios, para la recreación, para la oxigenación, para reconocer su vital importancia. Más que por su hermosura, pienso que las áreas verdes están allí para que produzcan el oxigeno necesario para vivir. Es el triunfo de las plantas. Podemos talar los bosques, pero si derribamos todos los árboles condenamos a la vez nuestra propia supervivencia. Áreas verdes, algo así como áreas de supervivencia. Más allá, un poco más allá, un vecino corta un árbol. Está muy alto y aunque sus ramas no amenazan ningún cable el árbol tiene que erradicarse puesto que no permite la visión a los vecinos. No pueden ver la hermosa cordillera, esa hermosa cordillera que poco a poco se ha ido iluminando en sus faldas con proyectos inmobiliarios de avanzada, a precios muy convenientes y con financiamiento del ciento por ciento.

Tan sólo hace unos veinte años atrás, cuando llegué a Santiago, la ciudad no se extendía hasta tan lejos en el horizonte. Hoy la precordillera muestra su nueva cara llena de colores. De seguir así no veo razones para no ocupar cada rincón de ella. Es cosa de proponérselo, cosa de vencer a la naturaleza con el siempre avanzado conocimiento humano. Llegará el día en que miraremos a la cordillera como quien observa un árbol de pascua, atiborrado de condominios. El avance ha comenzado y no va a parar.

Sin embargo, a pesar de estar completamente seguro de que la destrucción del planeta será provocación del hombre, aquello no me impide disfrutar del hermoso espectáculo que se cierne ante mí. Además, la destrucción del planeta será problema de generaciones venideras. Allá ellos con el lío que van a heredar.

"Dos nuevos problemas complican a La Concertación. Platas del pueblo utilizadas en campaña de Lagos y seis meses de revocación de licencia de conducir para hija de Bachelet. ¡Que opinai! Si la Bachelet no puede controlar a su hija cómo cresta va a gobernar un país". Tiene un buen punto mi viejo. También es cierto que en casa de herrero cuchillo de goma. El comentario me saca de mis arbolitos, de la cordillera, del cielo, del viento y me trae de regreso a Chile y su política. Nunca me ha importado un rábano la política. Me causa molestia, me es inherentemente desagradable, al igual que la contabilidad, los contables, abogados y demás cosas que se me antojan son en extremo aburridoras. Esto no quitó que diera mi opinión al respecto, opinión que quise englobara un sinfín de conceptos y dejara claramente expresada mi opinión. Le dije: "Yo creo que las cosas jamás van a cambiar. Por mucho que avance el hombre con su tecnología, al final, siempre estará supeditado a los mismos problemas de siempre". Fue una respuesta rápida, posiblemente muy global, pero que respondía bien a unas opiniones que daban para ser discutidas en mayor profundidad. Grandes temas a debatir, y sólo queda en el aire un par de palabras sueltas que no solucionan nada. Podríamos discutirlo más a fondo, pienso yo, pero mi padre ya se va. Y yo me quedo dubitativo y pensativo. En realidad poco o nada importa todo lo concerniente a La Concertación. No creo en los políticos porque los considero mentirosos. No les creo nada de nada, al igual que a los curas. Toda esta gente que vela por el país me es sospechosa. ¿Por qué diablos les importa el país? A mí no me importa el país, aunque disfrute de su benevolente clima. Sigo pensativo. Todo es tan claro, tan simple. Si hay corrupción, esta siempre ha existido. El que tiene el poder abusa de él, como abusaría cualquiera de nosotros si lo tuviera. Es lo natural. ¿O acaso no abusamos de las pequeñas cuotas de poder que tenemos? Hago una fiesta, invito a unos amigos. Uno de ellos me pregunta si es que puede venir con un par de amigos. Yo le digo que no los conozco, que venga solo, pero si trae a dos amigas, o más, no hay ningún problema. Y he allí que he abusado de mi poder, a pequeña escala, cierto, pero alguien se va a quedar fuera de la fiesta simplemente porque yo quise.

El mundo no va a cambiar. Ya no lo cambiaron antes de que yo llegara aquí. Los hippies se vendieron. No creo poder cambiar al mundo. Más aún, no me interesa cambiar al mundo. No me creo capaz y no deseo agotarme en una tarea que a claras luces no rendirá los frutos esperados. Acepto el mundo como la mierda que es gracias a la mierda de gente que lo puebla.

Es tiempo de propaganda política. Las elecciones presidenciales son en diciembre. Falta bastante, pero los afiches ya plagan la ciudad. Lavín promete terminar con la delincuencia, lo mismo que otro contrincante de derecha, Piñera. Bla, bla, bla. Quizás, puede ser. Quien sabe. ¡Que aburrimiento! ¡Alas para todos! Así dice un afiche. Ahora resulta que volaremos por los cielos. ¿Volaremos como aves o cómo insectos? Ok, está bien, se trata de una alegoría a la libertad, que las alas serán el poder para concretar nuestros deseos. Aún así no creo que volemos o al menos sólo volarán un par de personas, aquellas que no tienen miedo a las alturas, aquellas que no sufren de vértigo.

Sigo contemplando por mi ventana los latidos de la existencia. Aquí estoy. El mundo no se inquieta. Podría gritar a través de la ventana como un demente, pero más allá de lograr que giren un par de cabezas no creo poder generar mayor alboroto. Probablemente mis vecinos, si es que piensan, se habrán dado cuenta también de sus propias limitaciones. Cada uno mirando por ventanas que dan a la nada, esperando un no se qué que sacuda nuestras vidas. Y esta prosigue su marcha silenciosa, incólume, hacia su ocaso estéril y vacuo. Vidas sin trascendencia, vidas sin locos anhelos, vidas tristes... y yo, en mi fuero interno, en lo más profundo de mi ser, pienso que me voy a salvar del gris destino que parece englobar a casi todos.

11.

¿Cuántas pepas tiene una chirimoya? Es lo que me pregunto mientras pareciera no terminar nunca con la tarea de extraer las semillas de la fruta que hará de borgoña. La idea en mente es sacar el máximo de pepas, revolver y machacar el fruto por dentro para luego proceder a llenarlo con vino blanco. Soluciones creativas de alcohólico. Por supuesto que hay que hacer un orificio medianamente grande por la parte superior de la fruta para ingresar en ella una cuchara o tenedor. No conté las pepas, pero recuerdo haber sacado al menos veinte. Mientras disfrutaba del rico invento logré sacar otras siete pepas más. Deben quedar un par más. Vaya que tienen pepas estas cosas. Los japoneses o los gringos debieran inventar chirimoyas sin pepa, si es que ya no lo han hecho. Los amantes del borgoña lo claman, lo exigen. Otra pepa aparece mientras saco la fruta con la cuchara. Mezclo la fruta con el vino. No está mal, no está nada mal. Inmediatamente recuerdo al Bar Nacional de calle Huérfanos, en el centro. Probé excelentes borgoñas allí. Interesante, pareciera que la chirimoya absorbiera el vino. Hay que echar más vino. Echo más vino. No es el mejor vino del mundo, es de caja, pero sirve a los propósitos del momento. Faltó un poco de azúcar. Para la próxima. Sin azúcar en esta oportunidad. Mi borgoña es "Light". Con o sin azúcar la vida pareciera endulzarse con el vino y la chirimoya. Vino y chirimoya, ¡borgoña! Definitivamente el vino pasa más rápido mezclado con fruta. Podría emborracharme con este experimento, pero no quedan chirimoyas. ¿Cuánto cuestan las chirimoyas? ¿Estará abierto el Bar Nacional? Es domingo, no tengo idea. Queda la cáscara, la triste cáscara. Por dentro nada, vacía, despojada de su última pepa y de la totalidad de su sabroso néctar.


Tengo las manos pegajosas. La chirimoya famosa. Necesito un pañuelo desechable. Justo ando trayendo unos en el bolsillo derecho del blue jeans. Vaya, vaya, estos pañuelos, cómodamente empaquetados en una pequeña bolsa de plástico vienen con aloe vera y vitamina E. No me había dado cuenta. ¡Cómo es posible no haber notado tamaña innovación! Me pregunto, con verdadera y genuina curiosidad, para qué diablos podrá servir que los pañuelos vengan con esos dos aditivos. Pero allí están, para cumplir quizás con qué fin. ¿Cómo diablos no habían pensado en eso antes? Obvio, aloe vera y vitamina E, imprescindibles en cualquier pañuelo desechable. ¡Qué sería de mi nariz o de cualquier otra parte de mi cuerpo al contacto de servilletas comunes! ¡Podrían añadir esos ingredientes al papel higiénico para dar a mi culo todo el aloe vera y vitamina E que necesita! Me imagino ya la conversación:

- Por favor, ¿tienes un pañuelo desechable que me convides?

- Sí, claro, toma.

- Espera un momento, ¿tiene aloe vera y vitamina E?

- No.

- Ah, entonces no lo quiero.

¿Será posible distinguir un pañuelo desechable con aloe vera y vitamina E de otro que no tenga esos aditivos? Los expertos en pañuelos desechables debieran saber. Me parece de gran inutilidad que estos pañuelos tengan aloe vera y vitamina E. Tan inútil como el agua mineral con extra O2. Extra oxígeno. No nos vaya a faltar. ¡Dios nos libre! Podrían hacer algo por la capa de ozono mejor. Pero claro, el aloe vera es bueno para la piel, la vitamina E es un antioxidante y todo el mundo podría beneficiarse de extra oxígeno en el agua mineral. ¿Cuál es el problema con la de la llave?

Tanta estupidez para sonarse la nariz, limpiarse los dedos de las manos o tomarse un sorbo de agua. Avances, creerán algunos. Pero no es así, aunque lo fuesen en parte. Estas nuevas innovaciones son parte de estrategias de marketing que utilizan las empresas para mover sus productos. Por ejemplo, si la venta de pañuelos desechables está estancada, se lanza una campaña para aumentar las ventas aduciendo a un nuevo avance que no sirve para nada, excepto para aumentar las ganancias de la empresa detrás de los pañuelos desechables. Pero no me malinterpreten. Creo que los pañuelos desechables son geniales, sirven muy bien a su noble propósito de limpiar, pero de allí a venderme la pomada de que el aloe vera y la vitamina E son cruciales en ellos hay un gran trecho. Sólo necesito un pañuelo desechable, tan sólo un maldito pañuelo desechable. ¿Alguien sigue usando los pañuelos no desechables? Esos que luego de su uso se lavan, de los que se usaban antes. Parece que no. Apostaría dinero que si alguien llegase a lanzar un pañuelo desechable con vitamina L la gente lo compraría, a pesar de que la vitamina L no existe. La gente es estúpida. Cree cualquier cosa, compra cualquier cosa. Lo que me hace recordar un programa de televisión por cable, de los gringos, donde unos periodistas desenmascaraban productos que decían sandeces. Hay muchos. Si mal no recuerdo, había un agua mineral que se promocionaba como sin colesterol. El agua nunca ha tenido colesterol. Pero la gente es verdaderamente estúpida, y allí están los creativos de marketing buscando cómo embobar y embaucar a las pobres víctimas del sistema que se sacan la cresta trabajando tan sólo para gastar su dinero en cosas que definitivamente no necesitan. Yo necesito una chirimoya, esta vez con azúcar, y más vino.


12.

Las veces que he trabajado he notado que existen dos tipos de personas claramente distinguibles. Por una parte están los que no hallan la hora de irse para la casa, grupo del cual yo siempre he sido un fiel miembro honorario, y los que se quedan hasta que las velas no arden. Eximo de estos trabajadores a todos aquellos que trabajan para sí mismos, en sus propias empresas, no al asalariado que rinde cuentas a otro. Yo hablo del asalariado, del perraje que no tiene grandes habilidades y que no le queda otra que trabajar ya que no se ve capacitado para hacer otra cosa, o si no se aburriría en la casa, como he escuchado decir tantas veces de la boca de ineptos e ineptas. Concuerdo, para que vean que soy humilde, que yo también soy parte de ese perraje, ordinario, sucio y feo de la clase media desposeída de grandes riquezas, y que sin darse cuenta llega a perder hasta el tiempo libre. Mucha gente no entiende eso. Yo quiero hablar de esa gente, de los trabajólicos, de los dementes, de los que no saben qué hacer excepto estar todo el día en la oficina desde las siete y media de la mañana hasta las nueve o diez de la noche. Quiero hablar de esos idiotas. Y es un idiota en particular quien inmediatamente se viene a la mente. González, por supuesto, el más grande idiota que haya conocido en mi vida. Un trabajólico terrible.

González no bebía. Era fome, cínico, hipócrita, mentiroso, desleal, poca cosa, miserable y un montón de cosas más todas ellas igualmente despreciables. ¡Jamás hay que confiar en un hombre que no bebe puesto que no tiene amigos y jamás abre su corazón! Nunca bebía. Mariquita de mierda pedazo de estiércol, mamarracho de la gran puta. González no es mi amigo.

Sentado frente al computador hago lo que tengo que hacer. Creo que no es gran cosa. No quiero que me vengan con más huevadas. He llegado temprano, a la hora. Ya hay movimiento en la apestosa oficina. Bonita, moderna, funcional... pero con el sistema de aire acondicionado averiado. ¿Cuánto tiempo habrá de pasar para que lo arreglen? Pero bueno. Sigo con mi pega. Recoger datos, revisar datos, etc, etc. No me importa aquello. Esta bien, está todo bien, si no fuera por la perra de mi jefa. Allí está, del otro lado del biombo. Menos mal que existen estos biombos ya que me cargaría tener que verles el caracho a todos los idiotas que me circundan, en especial a la perra de mi jefa. Sé que ella también me odia, lo siento, es un presentimiento inequívoco. Tengo mis días contados, lo sé. Y aunque no fuese así, seguiría siendo muy perra la bastarda. Me pregunto si su esposo se la tirará bien. Asumo que no por probabilidades. Debe estar casada con un chileno típico, y los chilenos típicos son malos amantes. Lo he escuchado decir de muchas mujeres. El esposo se la tira mal y yo tengo que pagar el pato. Quizá quiere que yo me la tire. Pero no me gusta. No podría gustarme. No es mi tipo. Prefiero a la del lado, prefiero a Macarena, o a Claudia, que está más allá con sus rebeldes rulitos pelirrojos que invitan al pecado, la lujuria y la pasión desbocada. La perra de mi jefa, Matilde, no me mueve ni una hormona. Una muralla plana me excita más.


Aparte de mi querida jefa, sacaría al idiota que está a mi lado izquierdo, sí, al maldito González, el trabajólico. Se lee claramente en su frente de idiota profesional que es un trabajólico. ¿Dónde está tu diploma de idiota de la Universidad de los Imbéciles? Porque allí estudiaste, ¿o no? González está todo el día aquí. Tiene nombre, pero todos le dicen González. El González, o simplemente Gonza. Gran idiota. "¿Cómo estai po Subercaseaux?". En realidad no me dice así, pero me imagino teniendo un apellido de renombre, cuico, con clase, sólo por fastidiar. Es la primera de las probablemente diez veces que González me atacará con su pregunta. ¡Qué le importa a este pelmazo de Puente Alto cómo estoy! ¡A un Subercaseaux no se le viene con huevadas! No le importa cómo estoy, como no le importa nada que provenga de mí. No nos llevamos mal, pero no nos llevamos bien. Entre nosotros existe una relación fría y mercantil. Yo hago lo mío, el hace lo suyo, no nos molestamos demasiado. Puedo tolerar a González, aunque si tuviera la opción, lo sacaría para poner a otro en su lugar. Podía ser como Cristian, que está a mi derecha. No somos amigos, no somos uña y mugre, pero me cae bien. No molesta, no me pregunta diez veces al día cómo estoy. Además tiene cierto grado de cultura y no se quedó pegado en los ochenta con la música popular. Aquello es un rasgo que valoro, especialmente en lugares tan poco cool como son las oficinas de nuestros trabajos donde vemos la vida pasar riéndose de nosotros con guiño sarcástico por todos los sueños de juventud pisoteados por la realidad de la vida nimia. Cristian conoce a Los Mox! Cualquier treintón que conoce a Los Mox! tiene tema de conversación.

Más allá, "Girls Just Want to Have Fun", de Cyndi Lauper, surca los aires. Luciana y su música ochentera. No está mal para un rato, pero Lucy, como le dicen tiernamente todos a este pedazo de mujer cuyos únicos atributos interesantes son sus gigantescos senos y su trasero más grande que un portaaviones, cree que se dejaron de imprimir álbumes en 1990. No conoce a Los Mox! Tampoco a Sinergia. No conoce nada de nada. Es una ochentera empedernida, pegada como ella sola en la mejor época de su vida, reconociendo implícitamente que el hoy es el hoy de la mierda. No ama la música, ama una onda, la de su juventud despreocupada, y reconoce que en 1990 ella se murió. Lucy es un adulto joven, con todas las de la ley y seguramente va a los happy hours para adultos jóvenes. “Adulto Joven”. ¡Puta que suena decadente esa expresión! Lucy se ha puesto vieja. Slipknot le pondría los pelos de punta.


Mi jefa, el odioso González y el ligero Cristian. Allí estamos los cuatro seres que el destino quiso se juntaran en el Departamento de Adquisiciones. Macarena, al igual que mi jefa, está del otro lado del biombo, y sabiéndose exquisitamente rica y deseada. Más allá hay una linda pelirroja que tiene unos rulos endiablados que le dan un toque singularmente atractivo y novedoso. Las horas van pasando. No es gran cosa lo que hacemos aquí. Cualquier idiota con dos dedos de frente podría hacer cualquiera de las labores de este estúpido banco. Mi jefa, que debe creerse gran cosa por tener a cargo a tres hombres con mala fortuna, que es como yo califico a cualquier hombre que tenga la mala dicha de ser subordinado de una hembra, piensa que yo podría hacer más. No esta conforme con mi desempeño. Me pregunto si estará conforme en la cama. Posiblemente no lo está y por eso me tiene mala. Quizás el marido se la tira mal y yo tengo que pagar el pato. Es posible, después de todo los hombres chilenos son malos amantes según me han contado algunas de sus esposas. Esto ya lo he pensado antes. Las horas pasan... y el día laboral empieza a morir. Los oficinistas empiezan a marcharse a sus hogares para proseguir con el sueño pestilente de la clase media.

Por el lado donde trabajo yo, que es la parte de operaciones, los más cuicos vivimos en Ñuñoa. La mayoría es de comunas más rascas. Puente Alto, La Florida, Renca. Definitivamente nadie es de Lo Curro. Hay una niña que es de Providencia y otra de Las Condes, pero en general el perraje del área operativa vive en comunas donde se concentra el perraje de Santiago. Más allá, en otros cubículos separados por otros biombos están los comerciales. Ellos viven en comunas más "acomodadas", aunque no falta el picante que se cree cuico por que vive en algún condominio precioso de Peñalolen o Quilicura, en lugares que son como islas rodeadas de tiburones. Por supuesto que la isla es bonita. El problema es llegar a ella, pasando por los barrios rascas y pobres.

A medida que se van yendo todos, incluyendo a mi jefa, lo que me resulta un alivio, al mismo tiempo preparo yo mis cosas. Es hora de salir al mundo de nuevo para ver el sol, despojarse de las cadenas, dejar a un lado los pesados bloques de concreto con que construimos esta hermosa pirámide encargada por no se qué faraón. Estoy listo para irme, pero no González, tampoco otro compadre, uno de sistemas, tampoco una niña que está más allá. Yo me voy, pero otros se quedan. Todos los días es así, todos. Yo me voy a la hora siempre. He terminado mi labor, he hecho aquello por lo cual me pagan, ahora marcho a vivir el resto de tiempo que me queda por vivir del día lejos de la oficina. González se queda. La excusa tonta que escucho, propia de la estupidez de su pequeño e increíblemente limitado cerebro, es que espera a Ricardo, el compadre de sistemas, trabajólico también, con cara de indio mapuche ¡y evangélico para más remate! que le da un aventón para la casa. Ambos viven por allá donde asaltan a la gente, Puente Alto. González tiene auto, lo compró a cuatro años. No le queda plata para la bencina, anda en micro. Últimamente no le queda plata ni siquiera para la micro. Por eso depende de otra gente para que lo lleven de vuelta a casa. Hace lo mismo en la mañana y por eso llega tan temprano. Mientras tanto el auto que ha de terminar de pagarse en cuatro años más no se desgasta para nada. Su dueño las sufre todas. Su dueño tiene un auto nuevo en la casa pero no tiene dinero para mantenerlo, no tiene dinero para la bencina. ¿Quién puede entender semejante estupidez? Forrest Gump tenía razón. La gente tonta es la que hace cosas tontas. Comprar un auto que no puedes mantener es, desde luego, muy tonto. Pero esto me parece más bien una excusa. Creo que de todas maneras González no se iría a la casa temprano aunque pudiese, aunque quisiera. Allá lo espera su esposa, su fea y horrible esposa. No me la imagino de otra manera porque no me cabe en mí que una mujer hermosa pueda sentir simpatías por González. Quizá la señora es incluso hermosa, víctima inocente de un sujeto vil y despreciable. Bonita o fea, la señora lo espera en casa. González no quiere llegar. Se la ha tirado tantas veces que ya no queda más atractivo en ella que el recuerdo del comienzo. También esperan los niños, sus dos obesos retoños alimentados fin de semana tras fin de semana en restaurantes de comida rápida luego de pasear con ellos por el Mall Plaza Oeste, vitrineando y viendo en qué podría encalillarse el muy estúpido. Después de todo, las tarjetas de crédito aguantan mucho. Me pregunto si para ir al mall ocupará el auto. Posiblemente no quiere ver a los niños, cansado ya de todos los malos ratos que le han causado, cansado ya de sacarse la cresta por ellos, cansado ya de limpiarles su mierda. Su pega es su refugio, se lee claramente en su rostro de idiota. Está abatido. En su semblante de idiota profesional se lee el cansancio, de todo y todos. El cree engañar a los demás. Se cree optimista, pero es un pobre diablo. Es, como todos, como yo, un don nadie, pero trabajólico. Un idiota más, como muchos en la oficina. ¡Estoy rodeado de idiotas!

Me imagino de vuelta allá, en la oficina. Allí, me dan ganas de levantarme, subirme al escritorio, llamarlos a todos. “¡Atención que tengo algo que decir! ¡Escuchen todos! Tengo algo muy importante que decir. Estando aquí, día tras día, he llegado a la siguiente conclusión: salvo muy dignas excepciones, ¡todos ustedes son unos idiotas y sus miserables vidas me importan un carajo! ¡Podrían morirse todos y a mí me daría igual!”.

Sea como sea, con excusas o sin ellas, González, que desde hace poco ha tenido que empezar a usar lentes por estar todo el santo día mirando la pantalla del computador, se quedará hasta más tarde. ¿Por qué no te traes un colchón y duermes aquí mejor? le he propuesto en broma no pocas veces. El se ríe, se ríe con esa risa socarrona y despreciable propia de los embusteros, de los canallas y de los que no tienen ningún remordimiento en avanzar en la vida a costa de cagarse a los demás. Lo entiendo. Por méritos propios nunca podría avanzar ya que no los posee. Porque hay dos maneras de surgir. Una es a través del mérito propio y otra es a la chilena, o sea, haciendo ver a los demás como malos empleados. El tuerto es rey en el país de los ciegos. Eso dicen. Y este idiota ha estado dejando ciegos a no pocos.

A medida que avanzo por las calles del centro pienso en los compañeros de trabajo que se quedaron en la oficina. No van a disfrutar de todo lo que aún se puede hacer antes de que llegue la hora de dormir. Es primavera, la noche nace tarde, el sol trabaja más para nosotros. Podría ir a casa y salir a andar en bicicleta o juntarme con Sofía para ir al cine o a un motel. O podríamos ir a comer comida china, que nos gusta tanto a ambos. Podríamos hacer un millón de cosas. Podría hacer un millón de cosas, y es así porque tengo algo de tiempo libre. Los trabajólicos no saben de eso. Ellos sólo trabajan por trabajar. Ellos son el trabajo, viven para eso.

Divagando, pensando en la triste vida los trabajólicos, paso a la Librería Chilena a ver si hay algo bueno que esté en oferta. Tengo ganas de leer algo. Una novela, no sé, algo. Hay tiempo libre para leer. Espero nunca ser un trabajólico. González sigue con los ojos inyectados en sangre.

13.

Nunca he comprendido por qué luego de un sueño supuestamente reparador de largas ocho horas, cuando logro dormirlas, despierto con el cuerpo abatido, como si me hubieran propinado golpes tal saco de papas zamarreado. Todos los días se hace necesario un café para devolverme a la vida. No basta el café. Necesito unos cuantos minutos, una media hora, para que mi cuerpo cobre el brío y el supuesto entusiasmo que debiera embargarle y embriagarle por el hecho de estar con vida. Me da la impresión que mi cuerpo a veces no estuviera conforme con despertar a una nueva mañana. Y no hay nada más trágico que levantarse en la mañana, a eso de las siete, en invierno, cagado de frío y con el sol aún tímido, opacado por la noche que pareciera reinar suprema en la estación gris. Despertar cuando aún no sale el sol, ya que por estos lados le cuesta tanto debido a que tiene que primero soslayar los altos picos de la cordillera, es privilegio de clase obrera. Viene la ducha, al menos caliente. No quiero pensar en el frío. Por ahora hay que vestirse, sin frío, ya que es, claro, primavera. ¿Qué camisa llevaré hoy? Parece que hoy va a visitar la oficina el dueño del holding. ¿Puede alguien ser dueño de un holding? Viejo desgraciado, debe cagar dinero. No puedo menos que sentir viva aversión por sujetos tan millonarios. ¿Y se va a pasear por la oficina viendo cómo marcha su juguetito nuevo, la última empresa adquirida que es parte de su conglomerado de empresas? Trataré de no estar en la oficina cuando llegue. Habré ido a hacer un trámite. ¿Qué camisa me pongo? Debiera ir con la más cuica que tengo. Elijo esa. También elijo la corbata más cuica. ¿Pretendo impresionar a alguien?

La niña del aseo y el planchado viene hoy día. Simpática la niña del aseo. Ni siquiera sé cómo se llama. Pero es simpática. Ni flaca, ni gorda, tiene el pelo largo al estilo de Shakira, pero negro. Acaba de cumplir treinta y un años. Su tez es blanca y tiene la más adorable nariz respingada. Cualquier día de estos me acostaría con ella. Pero es peligrosa. Enamorarse de ella sería la perdición. Enamorarse de una mujer que tiene tres hijos de tres padres distintos no es una buena idea bajo ningún prisma. Pero es endiabladamente hermosa, y casi comprendo como otros perdieron la cabeza por ella. Ella es la niña del aseo, demasiado hermosa para estar haciendo un trabajo tan modesto. Parece que perdió su pega hace poco, o renunció a ella porque no le dejaba tiempo para estar con sus hijos. No sé su nombre pero sé estas cosas. Parezco vieja copuchenta, como la guatona del quiosco de abajo, obesa criatura con una mosca dentro de la cabeza en reemplazo de un cerebro funcional, que aparte de atender su quiosco anda pendiente de la vida de los vecinos. Sabe todo. Sabe demasiado. Podría ser informante para los delincuentes hasta donde yo tengo entendido. No hay que decirle nada, es peligroso hacerlo. De todas maneras sabe el ir y venir de los vecinos, como lo podría saber cualquier imbécil estacionado todo el día en el sucucho. Un día que me tomé libre salí a andar en bicicleta temprano en la mañana. Con sed después de varias horas de ejercicio, pasé por su quiosco a comprarme una bebida de litro. "¿Ya no estás trabajando?" me preguntó la muy entrometida. En este momento no, estoy andando en bicicleta fue mi irónica respuesta. Sabía que me iba a preguntar sobre el trabajo ya que su pequeña mente, su mosca voladora, comprendería que a las doce del día de un lunes yo debería estar en cualquier parte menos andando en bicicleta mientras todo el mundo se rompía la espalda trabajando para llevar el sustento al hogar, como dicen los picantes que se suben a las micros a mendigar.

Me he tomado el café, me he puesto la camisa, la corbata, los pantalones, los zapatos, la chaqueta. Me he peinado y cubierto la cabellera con gomina. Mi pelo es algo rebelde y está un tanto largo. La gomina disimula el largo. Nada de cortes militares conmigo. Pienso que me hubiese gustado haber sido hippie. Paz y amor. Jajaja. Pero no fumo marihuana. Me falta el rollo de la marihuana y demás drogas para ser un verdadero hippie. No, si estando lúcido pienso cosas extrañas. Seguiremos con la cerveza, con el vino. Debo elegir que mierda de compact voy a ir escuchando en la micro. Nuevamente, para no complicarme la existencia, elijo uno de los mp3 que he grabado con varios álbumes. Me paseo entre la veintena de mp3. ¿Qué diablos llevar? No lo sé. Al final elijo un mp3 donde vienen un montón de cosas inconexas como abigarrado lienzo de tendencias dispares. Elijo un mp3 ecléctico. Ufo, Penguin Café Orchestra, Malevolent Creation, Magma, After Forever y Ritual Carnage. Parece que el mp3 número 25 viene al pelo. De todo un poco. Cualquier cosa sirve para amenguar el sonido prácticamente imposible de evitar de los vendedores ambulantes, de los músicos, de los lastimeros mendigos, de los ex reos que quieren reformarse y escapar de la droga, de cada uno de los pintorescos personajes que viaja en micro, como yo, todos los días, y pretende sacar algún peso de los ya hastiados trabajadores. El pasaje de la micro sigue subiendo y uno debe seguir aguantando las molestas intervenciones. Pero tengo mi Mp3. Carpeta cuatro, canción número uno. "The Will to Kill" suena a todo volumen. Malevolent Creation en su máximo esplendor. ¡Que gran canción! Mataría a todos estos vendedores y mendigos que se suben a la micro. Es un decir. En realidad no los mataría. ¿Por qué chucha no se van a mendigar a otro lado? Recuerdo esa vez, hace un tiempo atrás, hace ya varios años. No un mendigo, un vendedor, vendiendo plumones, lápices para colorear. Yo iba atrás, en el último asiento, con mucha rabia. Había sido un mal día en la oficina. No tenía ganas de escuchar a vendedores ambulantes. "A nadie le interesan tus malditos lápices" repliqué apenas había empezado con su perorata. Silencio. La gente me mira, algunos se ríen, como si a través de mi voz hubiese expresado el sentir y pensar de los demás. "¿Por qué no te metes los lápices por la raja?" me tiento a decir en una nueva y hostil imprecación. Me aguanto. No quiero parecer vulgar. Además que el viejo podría enojarse e irse contra mí, sacando un cortaplumas, o qué se yo cómo cresta podría reaccionar. Me aguanto. El viejo no sabe como seguir. "A nadie le interesan tus malditos lápices". Podría haberle sacado la madre y el golpe a su dignidad hubiera sido menor. Ese día no tenía compasión ni contemplación con nada ni nadie.

El paseo en micro dura unos cuarenta minutos. Hay que bajarse. Hace frío, pero esto es mejor que en verano, cuando el calor asfixiante hace que uno transpire con facilidad y pegue la camisa al asiento del bus. Camino en dirección a la oficina. No es posible esquivar los puestos de diarios. Sabré lo que pasa en Chile quiéralo o no. La Cuarta, Las Últimas Noticias me atacan sin piedad. ¿Cómo diablos esquivar tamañas portadas? Un huevón de Mekano, programa juvenil de la televisión, está grave en el hospital. La Tetarelli deja la cagada en el norte con los mineros. La Tetarelli es una tipa que tiene grandes senos y que se hizo famosa saliendo en la tele. Vive de mostrar sus tetas. No está mal vivir así, me imagino, si es que se tiene grandes tetas. Me perece una fácil manera de ganarse la vida. Mekano y La Tetarelli son noticia. Leo también los titulares de El Mercurio y La Tercera, diarios relativamente más serios. Prosigo mi marcha, ya sé cómo ha despertado Chile hoy. Otra vez sumido en su mierda, otra vez pajeándose con banalidades. Televisión y diarios sensacionalistas, casas comerciales y créditos de consumo. Así se va la vida de Chile. Yo sigo con mi MP3. No me lo saco hasta llegar a mi puesto de trabajo. "¡Hola idiotas, he llegado!".

Hola, hola, hola. Tres “holas”, de un total de no sé cuantos “holas” que mecánicamente dirijo a cada idiota que podría sentirse ofendido si no saludo. Hola y chao. No hay más comunicación que esa con gran parte de los sujetos de la oficina. Presiento al mismo tiempo que los "holas" que recibo de vuelta son tan insípidos y falsos como los "holas" que salen de mi boca. Es como si hubiera un acuerdo tácito en que el respeto y la educación pasaran por unos "holas" y "chaos" absolutamente poco sinceros y carentes de la menor inflexión de verdadera simpatía. Hola y chao. Gran parte de mi relación con la mayoría de los tipos y tipas de la oficina se reduce al intercambio de esas dos palabras. Hay miles de palabras y seres humanos supuestamente inteligentes no tienen otra cosa que decirse que hola y chao. Pero lo entiendo. Todo el mundo está sumido tan profundamente en su propia mierda que cuesta mirar para el lado y ver quién está ahí. Tanto huevón endeudado hasta no poder más, tanto huevón que aún está pagando las cuotas de los regalos de la Navidad pasada y la anterior, tanto huevón que se creyó un cuento y ahora no sabe como salirse de él. Joe Vasconcellos tiene razón. "Se endeudó, cooperó", así dice la letra de uno de sus éxitos. Lástima que no me guste su música. No queda más que decir hola y chao. Y aquí viene lo curioso, lo estúpido y francamente imbécil. ¡Vaya uno a no saludar! ¡Ah!, es que es un roto, ¡ah!, es que no tiene modales, ¡ah!, es que es antipático. Entre decir una palabra o dos o no decir ninguna no veo gran diferencia. ¿Qué más da si no digo "hola"? No cambia nada. Para no complicarme sigo el juego. Hola en la mañana, chao en la tarde. Hola imbéciles. Chao imbéciles.


Al pasar a través de las puertas que me conducen a una inmensa oficina observo a las hormigas hacer su trabajo de hormigas. Otro café no estaría mal. Parto para la cocina luego de dejar mis pertenencias guardadas en mi escritorio. Enciendo el hervidor eléctrico y apago la luz. No es necesaria cuando se tiene un ventanal de dos metros de altura por dos de ancho y que permite que entre la luz natural sin inconvenientes. Llega una tipa, Susana, una huevona con cara de cuma y un cuerpo simpático que empero no amerita que se crea tan espectacular. Tiene un puesto mediocre en el Departamento de Recepción y Envío de Documentos Estúpidos. Prende las luces de nuevo. Son de esas luces de tubos fluorescentes, de esa luz que da la impresión que quemara las neuronas y matara las ideas. Detesto esa luz artificial. No hay nada como la luz que nos da el sol incluso en los días nublados como hoy. Pero no, no basta para la estúpida que recién ha entrado. Está tan acostumbrada a la luz artificial que no puede vivir sin ella. Pero claro, es una tipa artificial, por ende necesita luz artificial. Que inconveniente. Hubiera preferido estar a solas. Tomo mi café y me voy a mi puesto de trabajo. Allá me espera mucha luz artificial, ninguna ventana cercana y la compañía de seres a quienes dirigir unos insípidos "chaos" cuando termine con la jornada por la cual me pagan cierta cantidad de dinero. No creo que sea necesario tener cada uno de los juegos de luces prendidos. Podrían apagar uno por medio. Ahorrarían luz y quemarían menos ideas buenas. Es posible que el problema sea mío. Poca tolerancia a la luz. Es posible. No hay como la noche, como la penumbra, como el atardecer. La luz artificial perpetua el día, y apenas he llegado. Ya me quiero ir. No soporto a Susana. Yo tampoco le simpatizo.

Un día le dije a Susana si por favor me podía despachar urgente una carta el Polo Norte a la nueva sucursal del banco que estaba abriendo allá. Me miró extraño, con sus horribles ojos negros bien abiertos. En su mirada había perplejidad. No entendía. Como todos los seres limitados no entendía la complejidad de la ironía y menos de mi sarcasmo. No se rió. Otra mujer se hubiese reído. He conocido algunas que se hubiesen reído. He fraternizado con mujeres que entienden la lógica de lo no lógico. Por supuesto que no había una sucursal nueva en el Polo Norte. Era una broma. Ella no lo vio así. Pobrecita. Seguramente si hubiese empleado el Polo Sur en el chiste hubiese logrado hacerla sonreír.

¿Cómo llegué aquí? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué hago aquí? ¿La vida se traduce a esto? ¿No hay nada más que esto y debo conformarme? Toda mi educación, mi conocimiento, el esfuerzo abocado a conseguir un título universitario. ¿Todo se traduce a este computador frente a mí, a la huevona de mi jefa al otro lado del biombo, y estos dos pelagatos a cada lado y a mis relaciones interpersonales aquí con gente que no creo que por un minuto piense en cómo llegó aquí y qué cresta hace acá? No preguntes, sólo haz lo que todos y serás feliz. "Siendo estúpido serás feliz", dicen Los Prisioneros. No lo dudo. No lo dudo ni por un instante. Pero tendrían que hacerme una lobotomía. No sé que pasa con el resto de la gente, pero estoy harto, de todo. ¿Qué es toda esta huevada? Un poco más allá uno de los compañeros de contabilidad conversa con otro sobre la educación de los hijos y lo terrible que ha de ser no tener dinero para costear su educación. No aguanto. Debo intervenir. "Si no hay plata para los cabros chicos, bueno, entonces se quedan sin educación nomás, mejor aún, si te traen tantos problemas cédelos en adopción". Esa es mi respuesta. Nadie puede creer lo que acabo de decir. Así y todo causa risa. Es un comentario insensible, pero es una solución. He querido aportar, he querido cooperar, he querido contribuir. Mi padre me lo dijo. "La vida de adulto es difícil". Eso me dijo. Y es cierto. Ser adulto significa adquirir compromisos, calentarse la cabeza con sandeces, adquirir bienes materiales, procrear y pudrirse trabajando. Todo para contribuir con el mundo, un mundo que no va a ninguna parte, excepto a su obliteración inevitable e incontrovertible. Debemos ser buenos hombres y ayudar al progreso. ¿Progreso de qué? me pregunto. ¿Dónde diablos está Dios llevando la cuenta de lo que hacemos y de lo que no hacemos? "God stopped keeping score" dice George Michael en una de las pocas canciones que me gustan de su repertorio. "Praying for Time" es el tema. A Sofía le encanta. Le regalé un compact doble con los grandes éxitos para una Navidad hace ya varios años. "Cowboys and Angels" también es una excelente canción. Me cae bien George Michael, a pesar de ser homosexual.

Un montón de nada, eso es a lo que se traduce la vida de la mayoría de los seres humanos, un montón de nada que cada vez crece más y más. Yo coopero con esta vorágine de nada aportando diariamente mi cuota de nada a La Gran Nada.

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Las horas pasan raudas. Que bueno. Es hora de almorzar. Todos van entre una y dos de la tarde. Mi jefa va a las dos. Yo voy a las tres, menos por voluntad que debido a la naturaleza de mi labor. Así, hay dos horas al día en que no tengo que ver su caracho o imaginármelo a través del biombo que nos separa. Dos horas libre de la tiranía de hembra en celo. Hoy almorzaré solo, como todos los días. He almorzado otras veces con gente de la oficina, pero me aburren, me aburren, me aburren. Ni juntándolos a todos hago la mitad de un ser humano ligeramente entretenido. No hay química, no hay nada. Prefiero estar a solas la mayor parte del tiempo. Al menos la vocecita dentro de mi cabeza me hace compañía, y me dice: “¿Qué diablos haces aquí con toda esta gente idiota?”.

Camino por las calles céntricas de Santiago atestadas de gente por todas partes. Miles y miles de seres humanos haciendo sus cosas de humanos. Me acuerdo de los caracoles en el acuario de la amiga de Sofía. Algunos oficinistas se desplazan de vuelta a sus puestos de trabajo luego de haber pasado por algún café con piernas, mujeres con bolsas salen de las grandes tiendas. Acaban de hundir más todavía la economía y sanidad financiera de la familia. No importa, había que renovarse y la liquidación estaba, francamente, excelente. Había que aprovechar la oportunidad. Mendigos en la calle, un tipo sin piernas pide lastimeramente una moneda. Más allá están los vendedores de DVDs pirateados, los surtidores de mp3. Toda una mafia de piratas. Secuelas de la tecnología. La vida pulula por doquier. Gente, gente y más gente, y todos luchando por un pedazo de la torta, por los pesos necesarios. Vida en la gran ciudad. Estoy buscando un lugar dónde almorzar, un lugar nuevo, un lugar donde no haya estado anteriormente. Quiero algo nuevo hoy. Pero que sea decente. No quiero volver a ver cucarachas en el lugar donde almuerzo. Me ha pasado varias veces. Debe ser el hecho de almorzar en soledad lo que agudiza mis sentidos y me permite darme cuenta de cosas que los demás pasan por alto absortos en sus conversaciones. Pasa una cucaracha por el techo, avanza de una esquina a otra. Nadie se percata. Nunca vuelvo a los lugares donde haya visto una cucaracha. Busco un lugar nuevo, bueno, acogedor, y sin cucarachas. ¡Detesto las cucarachas! Mejor voy a lo seguro, no tengo mucho tiempo para buscar. Vuelvo a un buen restaurante de comida casera que queda en calle Huérfanos. Nunca he visto una cucaracha allí y los platos son abundantes.

De vuelta a la oficina me acometen unos terribles deseos de dormir. Ojalá hubiesen asientos reclinables en la oficina, para descansar, para dormir una pequeña siesta. ¡Pero que digo! Jamás habrá algo así en Chile. Aquí hay que trabajar y no descansar. Si uno quiere dormir siesta para eso tiene el sábado y el domingo. De nada sirven los descubrimientos científicos que comprueban que dormir unos veinte minutos de siesta mejora el desempeño de los empleados. No, aquí en Chile todo es trabajar, trabajar, trabajar. Da lo mismo si se saca la vuelta. Lo importante no es la eficiencia, sino que la apariencia. Hay que aparentar que se trabaja mucho. En Chile todo el mundo aparenta, incluso la felicidad. Poner un par de sillones reclinables para el perraje sería una locura aunque se aceptaran los posibles beneficios a largo plazo. ¡La gente abusaría! Es cierto. El chileno es intelectual y cerebralmente subdesarrollado. No sabe valorar las cosas que se le dan. Siempre abusará, siempre. Hay que mantenerlo a raya, sino se sube al piano. Vean los paraderos de buses. Se invirtió plata en ellos para que fueran modernos y bonitos. La gente no tardó en rayarlos y afearlos. ¿Por qué? Porque la gente es así de estúpida. No se merece nada.

Siempre puedo pegar las pestañas en el baño. No es lo más cómodo del mundo, pero si se encuentra el ángulo ideal el trono puede ser un lugar de descanso de reyes. Puedo cerrar con pestillo y apagar la luz. Nadie molestará. Diez minutos, quince, luego a las cinco de la tarde una nueva incursión. No está mal, pero podría ser mejor. Cierro mis ojos y me imagino estando en mi cama descansando, o en cualquier lugar menos aquel donde estoy. El dinero, el dinero, el dinero. Todo es por el maldito dinero. Reconozco que me he vendido. Siento asco hacia mi mismo. Siento que merezco estar allí con el resto de las ratas. Después de todo, ¿qué he hecho de especial que me excuse de estar allí con ellas? Me creo tan único y no he hecho nada. No soy especial, soy un idiota más dentro de la máquina. Me única real diferencia con respecto al resto es que no creo en nada. Pero eso no es suficiente. Incluso la nada debe materializarse en algo para convencer de su conveniencia.

Han pasado un par de semanas desde la última reunión. Me han llamado la atención. Todo por un problema que ni siquiera fue mi culpa. Es algo con lo que no queda más caso que simplemente aceptar. El hilo se corta por el lado más delgado y yo estoy por el lado débil, como siempre. La puta de mi jefa me responsabilizará a mí de todo. Da lo mismo si la culpa fue mía o no. Han pasado dos semanas desde la última reconvención. No me preocupa que vuelva a repetirse el discurso. No tengo control sobre aquello. Algo pasará, no será mi culpa, o quizás lo sea, y me van a hueviar. Está en el contrato. Te pago una cierta cantidad de dinero pero tengo derecho a hueviarte. No son perezosos en demostrarme que cada peso que han invertido en mí está ligado a una cierta cantidad de reconvenciones. Lo acepto, necesito el dinero. Hoy, al parecer, todo marchará sobre ruedas. No ha habido ningún maldito problema. Mi jefa no me ha hablado en todo el día y tampoco me ha exigido ninguna ridiculez por el correo de Outlook, ni me ha solicitado ningún informe ni ninguna payasada. Hoy terminará un buen día de trabajo. Tranquilo, sin molestas tareas anexas.

Me dispongo al retiro. Es hora de irse. Son un cuarto para las siete. González obviamente tiene para rato. Mientras preparo el álbum que me iré escuchando de vuelta a casa pienso en los oficinistas gringos. Se me viene a la mente la canción "Nine to Five" de Dolly Parton. Es una canción que trata sobre trabajar de nueve a cinco. Rockwell, que es un tipo que tuvo un hit en los ochenta llamado “Somebody´s Watching Me” (y donde también participa Michael Jackson) decía en una estrofa “I work from nine to five, hey hell I pay the price”. Es de nueve a cinco porque ese es el horario de los oficinistas en Estados Unidos. Llegas a las nueve de la mañana, te vas a las cinco de la tarde. Aquí en Chile no funciona así. Aquí trabajamos más. Pienso que es lamentable que por el sólo hecho de haber nacido en Chile mi horario de trabajo tenga que ser más largo que en el de países desarrollados. "Nueve a siete" o "Nine to Seven". Así se llamaría si hubiera que traducir no literal, pero en contexto, la canción de Dolly Parton, y la cantaría la Tetarelli, aunque yo preferiría que fuera la Marlen Olivari, sí, esa misma, la de la tele también. Ni Dolly Parton ni Rockwell deben tener idea de que en Chile se trabaja pasado las cinco de la tarde llegando a veces a las once, doce, una, tres, y hasta cinco de la mañana. No faltan las ocasiones en que se pasa de largo hasta el otro día. ¡He conocido casos clínicos! Cierre de mes, cierre de contabilidad. Buena cosa que no estudié contabilidad. Las cuentas no están cuadradas, falta la corrección monetaria, el balance está malo. Hay gente que le gusta todo eso. Volvamos a Dolly. No debe saber ni donde queda Chile, como la mayoría de los americanos que creen que sólo existen ellos, Irak y Europa. A lo más conocen Brasil, por el Carnaval de Río. Chile. ¿Qué chucha es Chile? No lo sé, pero podríamos definirlo como un lugar donde la gente se saca la chucha trabajando por unas migajas.

Me retiro indignado de la oficina. Los audífonos vuelven a los oídos y esta vez es Penguin Café Orchestra quien seduce mis sentidos. No, nada que ver con Electric Light Orchestra. ELO es bueno, pero está muy trillado. He cambiado de orquesta. Quisiera cambiar de pega con la facilidad que cambio las carpetas del disco de mp3.

Mañana se repite la aventura. Un nuevo cd con música y horas muertas entre la entrada y la salida del lugar donde mueren los sueños. Falta el martes, el miércoles, el jueves y el viernes. Faltan cuatro días para el ansiado fin de semana. No hay más remedio que esperar que pasen los días. El dinero, el dinero, el dinero. Es por el dinero, me convenzo de que es por el dinero como si con eso convenciera a mi subconsciente de que estoy haciendo lo correcto. Pero él sabe, al igual que yo, que todo está mal y que podría ser peor.


14.

El otro día fui a andar en bicicleta como es mi costumbre. Fui muy lejos, hasta El Arrayán. Llegué hasta la plaza San Enrique, al final de avenida Las Condes y de ahí seguí por El Arrayán. Es muy lindo por ahí. Casi campo. Se ven los cerros a un paso de distancia, y el camino que sigue y sigue y que parece que nunca va a terminar sigue incluso más allá de una señal que dice:

Calle sin salida.

Ingreso autorizado sólo para residentes.

Parece que hasta aquí nomás llegamos. El Arrayán 18.000, esa es la altura. Tendré que regresar. ¿Qué sólo pueden ingresar los residentes? Yo no veo una reja que me prohíba el ingreso, ni un guardia que vele por el cumplimiento del ridículo dictamen. Este es un país libre, me convenzo. ¡Que idiotez de convencimiento! ¡Libre! Sí, claro. Nada de regresar. No dejaré de proseguir porque un simple anuncio así me lo exige. Los caminos son de todos. Avanzo un poco más solamente. Más allá viene un descenso, y he estado subiendo todo este rato. La vuelta quiero que sea todo en descenso. No quiero ir cuesta arriba en el regreso. El descenso me convence en no seguir avanzando. Hay poco movimiento. Es lo que se podría esperar de cualquier día de semana. En la oficina González ya lleva sus buenas horas. Yo estoy en la precordillera. Algo tendrá que salir, no hay para qué estresarse. El domingo compraré el diario y mandaré mis datos a las pegas remotamente interesantes que puedan aparecer. También mandaré a las que no son interesantes. Por ahora es tiempo de contemplar la naturaleza en su imponente y hermoso esplendor. Bonita vista tienen los pobres diablos que por aquí viven. Pobres diablos, ¡qué ironía! Aquí hay unas casas espectaculares. Gente de plata, sin duda. ¿Por qué yo no tengo una casa así? Algo debí haber hecho mal, o algo mal hicieron mis antepasados. Debe ser que aquí está la gente de esfuerzo, de dedicación, sufrida, que sangró cada peso de los millones y millones de ellos que se necesitaron para construir estas hermosas casas, estos hogares de ensueño. Yo no me esforcé tanto y por eso no tengo una casa así. Eso debe ser. Pero algo anda mal aquí. El cartonero que se levanta a las cuatro de la mañana para pasar todo el día recogiendo cartones que luego vende, y que vuelve en la noche a su humilde media agua debe ser muy sacrificado, un ser abnegado que sabe de sangre, sudor y lágrimas. Blood, Sweat and Tears, como la banda. Pero el no vive en una casa como las que se presentan grandiosas y dignas frente a mí. No, allá abajo, allá en la ladera de la montaña no vive un cartonero. Allí hay un hombre de negocios, o un médico famoso, o Don Francisco. Desde luego no hay un cartonero viviendo allá abajo, no lo creo. Yo tampoco vivo allí. Y ni siquiera soy cartonero. Este barrio no es de clase media. Este barrio es El Arrayán, y yo sólo estoy aquí por las montañas y porque parece ser un lugar seguro. Me gustaría poseer una de esas casas, o unas cuantas. Me gustaría que fuese la más grande y fastuosa de todas. Si vas a ser millonario, hay que serlo a concho. Si vamos a hacer sentir a los demás como miserables ratas inservibles, hagámoslo con estilo. Nada de una pequeña mansión. ¡Que sea una mansión gigantesca!, como las que hay en la comuna de Lo Curro. Y no quiero cuatro autos, sino ocho, sin incluir las camionetas y los Jeep. ¡Que hasta la jefa de las sirvientas tenga el suyo! Si vamos a ostentar que sea en grande. Yo sería un rico terrible. Haría una mansión en medio de una población rasca sólo para que los vecinos me odiaran. Pensándolo bien, esa no sería muy buena idea. No importa, son sólo elucubraciones que se generan casi automáticamente a la vista de estas mansiones. Mucho dinero, mucho dinero, se necesita mucho dinero. "It will take a lot of money" dice George Harrison en "I got my mind set on you", una de sus más conocidas canciones.

Ando con dos mil pesos en los bolsillos para comprarme algún refresco o para alguna emergencia. No me alcanza para comprar una casa en la montaña.

A pesar de que la envidia me corroe al contemplar la vida de los ricos, debo admitir que sus barrios son lugares seguros para andar en bicicleta. ¿Adónde me voy a ir? ¿A Puente Asalto? Perdón, Puente Alto. No pocos conocen ya el apodo de esa comuna ciudad. No es un lugar muy seguro. Ahora estoy a unos treinta kilómetros de aquel lugar.

Ñuñoa, que es donde yo vivo, también es un buen lugar para andar en bicicleta, aunque se hace pequeño el espacio. Yo soy de las travesías intercomunales. Me gusta el Sector Oriente de la capital chilena, aunque también se me hace pequeño. Me gustaría pegarme un viaje a Viña en bicicleta o ir al Cajón del Maipo. Palabras mayores, pero no imposibles. El viaje a Viña me atrae mucho. Por ahora debo contentarme con las maravillas de El Arrayán. Bonito, sin lugar a dudas.

El viaje de retorno se hace fácil y expedito. En un santiamén estoy de vuelta a la Plaza San Enrique. Costó la subida, pero la bajada nada. Es como una alegoría al éxito. Llegar a la cima cuesta mucho sacrificio, pero caer de su sitial es un proceso relativamente rápido. Todavía quedan bastantes kilómetros para llegar de vuelta a casa. Todo va en bajada, por suerte. Apenas requiero de algún esfuerzo para avanzar. Por la calle que va al costado de Avenida Kennedy se avanza velozmente. Ni loco me metería a Kennedy, donde podría alcanzar incluso mayor velocidad por falta de semáforos o autos que se crucen. Demasiado rápido para un ciclista. Quizás el recuerdo de los accidentes que tuve cuando niño me impiden cometer acciones que hace veinte años atrás no hubieran parecido de locos. Mis deseos de adrenalina no están como antes. A la segura. Hoy tengo que reconocer que voy un poco más a la segura, al menos con lo que respecta a andar en bicicleta.


15.

La mayoría de los electrodomésticos viene con instrucciones. Yo diría que todos. Cualquier artefacto eléctrico viene con instrucciones. Hay instrucciones para todo, desde cómo usar un extintor a un condón, aunque estos dos ejemplos extremos no son eléctricos. Hay algo que no viene con instrucciones. Y vaya que se necesitan. La vida viene sin instrucciones. Vamos por ella sin saber exactamente qué es lo que hacemos y por qué.

Disculpe señor, pero resulta que cuando llegué aquí lo único que recibí fue un par de buenos consejos. No podrían catalogarse como instrucciones.

Quisiera encontrar las instrucciones a la vida en alguna parte. Deben estar en alguna parte.

¿Quién se ha llevado mi queso?, libro de Spencer Johnson, está sobre mi cama. He vuelto de mi usual rutina de ejercicios arriba de mi bicicleta. Los padres, con quienes he vuelto a vivir después de que me echaron del banco, no están. Alguien quiere que lo lea. Entiendo perfectamente a qué apunta la delicadeza del regalo. Muy bien, me gustan los libros, y este en particular pareciera venir con las instrucciones que necesito para la vida. Allí está la solución a todo. Que bueno, ya me estaba empezando a desesperar. Todo se reduce a un problema de encontrar al diablillo que se ha llevado el queso. Probablemente un ratón más grande que yo. Lo leeré, pero no de inmediato. Mmmm, ni idea tenía que se habían llevado mi queso, ni siquiera sabía que tenía uno. Sé que el famoso libro trata del cambio y cómo adaptarse a él. Para no dárselas de repetitivo el cambio podría alguna vez adaptarse a uno. El futuro es exigente, necesitamos ahorrar porque la previsión no será lo suficientemente grande como para cubrir nuestros gastos cuando seamos viejos y decadentes y ahora debemos preocuparnos de un ratón que se llevó un queso. Nunca he sabido que tengamos suficiente, nunca he sabido que el presente está tal cómo uno quiere. No he vivido ni un puto día en que haya encontrado el nirvana y dudo que mañana lo logre. No conozco ni una puta alma contenta con lo que tiene, ni un ser humano satisfecho. Y hagan lo que hagan, tomen todos los resguardos del caso, contraten seguros hasta por si se rasmillan un codo, la gente nunca, jamás, en su existencia, podrá estar enteramente tranquila y segura. Con quesos o sin quesos, con APV o sin ellos. No existe la seguridad de la misma manera en que no existe Dios. Cuando todo lo demás falla, siempre tendremos a Dios a quien elevar nuestras plegarias, pero es ilusión, es imaginación, es fantasía. No niego su utilidad como suavizante de la realidad. La mayoría de la gente se volvería loca si no creyera en Dios ya que la mayoría de la gente no tiene la fortaleza necesaria para aceptar que todo apunta a nada. Es necesario que exista, aunque cualquiera que ose llamarse un hombre racional no podría aceptar la existencia de Dios del mismo modo como ha de negar la influencia de las estrellas en la personalidad. Hay creyentes que se mofan de personas que leen el horóscopo. ¿Cómo puedes creer en eso?, dicen. Y yo les digo, bueno, ustedes creen en Dios y eso es tan infantil como creer en lo que dicen las cartas astrales. El hombre que quiera encontrar las instrucciones de la vida debe empezar por despojarse de Dios, que es placebo para las almas. La realidad, la verdad de todo, lo absolutamente desolador de la vida, es que estamos solos. Nacemos solos, morimos solos, aunque alguien esté a nuestro lado al momento de exhalar el último aliento. Cuando cruzamos la puerta estamos solos, y no hay ser vivo que nos pueda seguir. El misterio de la vida como el de la muerte son asuntos solitarios. Y lo que hay entre nacimiento y muerte es algo que lamentablemente viene sin instrucciones.

Los Rolling Stones suenan de fondo. Forty Licks, álbum doble recopilatorio del 2002 es lo que estoy escuchando. No había puesto atención a los Stones jamás. Banda súper famosa y yo no he escuchado un maldito álbum completo de ellos. Esta recopilación me está poniendo al día. Debo conseguirme los álbumes de estudio. Esto me está gustando. Me estoy convirtiendo en un fan de los Stones. Suena "Sympathy for the Devil". Conozco los temas, pero creo que nunca les había puesto atención. Se ha producido un cambio. Mi vida por momentos parece confusa y difusa, sin un norte claro, ni un sur, ni un este o este diáfanos. Mi nueva etapa, el haber pasado de la oficina a la casa, me ha hecho descubrir a los Stones. Era su momento. Fue el destino. Algo bueno ha sucedido y no tengo idea si le he robado el queso a nadie. Llámenlo efecto mariposa. Las situaciones de la vida son muy complejas. No entiendo nada. ¿Qué hay que entender? Hay que vivir. Prosigue "Mother´s Little Helper". ¡Que gran canción! Ahora estoy lamentando mucho no haber ido a ver a los Stones cuando vinieron a Chile. Es que en la época que vinieron yo no sabía. Tuvieron que pasar infinidad de cosas, buenas, malas, y otras no sujetas a categorización en uno u otro grupo para que finalmente se dieran las condiciones para que los Stones conquistaran mis oídos. Hay un tiempo para todo, eso dicen. También dicen que las cosas pasan por algo. "She´s a Rainbow". Ella es un arco iris. Otra hermosa canción.

16.

Sorpresa, sorpresa. Me llaman del banco. Tengo que ir a buscar un cheque por cuarenta mil pesos. Debo retirarlo en recepción. Es un reembolso médico. Que bueno. Cualquier entrada es buena. Podrían llegar cheques así, y más grandes, por no hacer nada. Esos llegaran al tiempo de jubilar. Una lástima. Al jubilar legalmente la juventud nos habrá abandonado hace rato, nuestros cuerpos no serán los mismos de antaño. La lozanía estará terriblemente marchitada, muerta, reflejando la muerte interna, la podredumbre de nuestro amargo pesar. Peor aún, seguramente gran parte de esa jubilación se la lleven las farmacias y los doctores. Toda una vida de sacrificio para llenar los bolsillos de los doctores. ¿De qué nos sirve el tiempo libre cuando somos viejos? Debería haber vacaciones de tres meses para los adultos, como era cuando íbamos al colegio. Es cosa de que todos los adultos se pongan de acuerdo. Es una idea loca, pero también lo es trabajar como un loco hasta los sesenta y cinco.

Sorpresa, sorpresa, es mi amigo González quien me da la noticia. Hubiera preferido haberlo sabido de otra persona. Detesto a este personaje, pero no tanto como a mi jefa. Está bien así, supongo.

Sorpresa, sorpresa. Otra llamada. De nuevo es del banco. Esta vez me saluda Alfonso. Buen chato Alfonso, a pesar de ser UDI. Incluso me cae bien. Yo no soy UDI, ni tampoco PPD. No pertenezco a ningún partido político. No soy de ninguna parte. Los argentinos La Renga lo dicen también en una de sus canciones, una oda al libre pensamiento. Me caen bien, al igual que Alfonso. Conversamos lo trivial. Le cuento de mis paseos en bicicleta a horas de oficina. Le digo que estoy bien. Luego me pasa a Viviana que quiere conversar conmigo. Con Viviana entro también en el típico parloteo de personas que se conocen sólo en la superficie. Que cómo estás, que si haz buscado otra cosa, etc, etc. Yo sé porqué quiso conversar conmigo. Sé que le gusto, o al menos le gusté en algún momento. Nunca me lo dijo, pero sus ojos la delataban. No puedo explicarme por qué nunca me animé a llegar a ella. Tengo su correo electrónico. Es cosa de querer lanzarse a la aventura. Es bonita, rubia, pero con evidente sobrepeso de la cintura hacia abajo. Un cuerpo extraño, sin duda, pero esas gigantescas caderas deben poseer algún oculto encanto. Si ella paga el motel... podría ser. "Let´s Spend the Night Together", pasemos la noche juntos, suena por los parlantes. Los Rolling Stones siguen en su marcha.

Tampoco entenderé jamás, a menos que le pregunte al respecto, por qué nunca me dijo nada de nada. Claro, sus ojos me decían mucho, pero siempre cabe la posibilidad de que lo que yo creía no era tal. Digamos que pude haber malinterpretado. ¿Y si me hubiera lanzado y no hubiera pasado nada? En una de esas me acusa de acoso sexual. Ahora comprendo que hubiera dado igual. Pienso que un despido por acoso hubiese estado mejor para mi mente y salud. Hubiese entendido claramente las razones de mi despido. Hoy, y creo que para siempre, nunca realmente comprenderé que fue lo que pasó exactamente. Una cosa es lo que te dicen y otra es lo que se guardan. No quiero hacer el papel de víctima, pero quizás fui una más del macabro destino.

Estas conversaciones con los viejos compañeros me han dejado con una extraña sensación. Todos parecieran estar espiritualmente muy lejos de mí. Es como si fueran fantasmas del pasado que vienen a penarme, a recordarme de todo lo que fue y de lo que ya no es. Sus vidas siguen igual que siempre, ellos siguen en el mismo barco y se preguntan si es que me he de ahogar o he de llegar a costa. Saben que lanzaron a alguien fuera de borda, le gritan desde arriba para animarlo, pero el barco avanza veloz y se va perdiendo en el horizonte mientras el polizonte descubierto patalea en el agua y trata de avanzar hacia la costa más cercana al mismo tiempo que dice a sus interlocutores a lo lejos que todo está bien. Pronto reina el silencio. El barco se ha ido. Estamos en la mitad del océano. ¿Hacia dónde empiezo a nadar? Por ahora, no se divisan tiburones, aunque no estoy del todo seguro de que existan tiburones en cualquiera de las mitades de cualquiera de los océanos. Con o sin tiburones, el fondo no se ve y no se siente. Hacia los lados, hasta donde alcanza la vista, ante mí, la inmensidad de las agitadas aguas de la confusión.

No hay más llamados por hoy.


17.

Hoy partí a buscar el cheque del reembolso médico al ex trabajo. Las mismas caras conocidas me saludan. Hola, hola, cómo estás, como te va, bla, bla, bla. "Hola idiotas todos" pienso para mis adentros.

Mientras iba para allá volví a pasar por la calle donde estaba la publicidad en un paradero de micro de una universidad que clamaba que el futuro se venía exigente. ¡Ah, se trataba de una universidad! Cuando di vuelta para mirar la primera vez no alcancé a percatarme quién me estaba aterrando con el futuro. Deduzco que si me inscribo en esa universidad estaré mejor capacitado para afrontar el difícil y complejo mundo que se viene a futuro. Me parece bien que estén haciendo algo al respecto. Qué sería de nuestras pobres vidas si alguien no hiciera algo con respecto a todas las dificultades que están esperándonos en ese oscuro y tenebroso futuro ignoto.

Recuerdo cuando escuchaba las promesas que a mi generación le hicieron cuando, hace tiempo, creíamos en un mundo mejor y en que no tardaríamos en ser todos millonarios. ¡Qué sentido hubiera tenido haber estudiado ingeniería comercial si no estaba en mente la idea de ser millonario! Todos seríamos gerentes, todos ganaríamos millones, todos dirigiríamos empresas, todos tendríamos cargos de gran responsabilidad. Todos íbamos a ganar. Hoy, entre otras cosas, debido a que la educación privada se ha masificado y ha podido ser de más fácil acceso al pueblo, los títulos profesionales no tienen el peso de antaño. Para eso se crearon los postgrados. Un MBA, Magister en Business Administration, por ejemplo. Yeah, yeah. La competencia lo demanda, aunque la obtención de títulos como ese no garantiza para nada que sea más fácil conseguir un trabajo a la altura de ellos. La educación me parece bien. Mejor tenerla que no, pero lo que puedas hacer con ella está magnificado atrozmente por ilusiones poco realistas sobre la vida. Las universidades son grandes vendedores de sueños. Así lo veo yo. Y para alcanzar esos sueños se hace preciso prepararse para el futuro que se viene muy exigente. No hay escape, estamos todos cagados. Para cada sueño hay una empresa, un vendedor dispuesto a venderte ese sueño. Esto es parte de una ilusión gigantesca sobre la vida. Los más viejos ya lo saben. Parte de la vida es desilusión, y lo mejor ya pasó. Desde que descubrimos nuestras necesidades nos hicimos esclavos de ellas y empezamos a competir como viles ratas que somos.

He recibido mi cheque. ¿Qué ilusión o ilusiones puedo comprar con él?

Estoy convencido de que la búsqueda simplona del camino nos llevará a conclusiones simplonas sobre la vida. El camino es uno y todos, y lo único cierto es que hay que caminar. Desde luego, se puede terminar de una vez con todo, ahora, en un abrir y cerrar de ojos. Dejar para siempre este plano existencial. Es una idea. No es una idea feliz, pero es una idea. No es la puerta que quisiera cruzar, pero es una puerta. No es una respuesta, pero sí un fin a las preguntas. No es la luz, pero sí un paso hacia la oscuridad, tan oscura, tan negra, que no existe allí ni siquiera el concepto de uno mismo.

Pensamientos lúgubres han poblado mi mente en varios momentos en mi vida. No tengo razón o motivo de tal contundencia que aleje para siempre de mí aquellos pensamientos que como moscas se acercan cada vez que mi mente y alma empiezan a pudrirse. He visto días grises que han podido opacar el poder del sol en pleno verano. He podido escapar, pero sólo he podido alejar las moscas por temporadas. He mantenido mi cerebro activo y mi cuerpo en movimiento pero no puedo decir que las moscas han sido vencidas. El tiempo hará lo que tiene que hacer y será quien decida si he ganado yo o las moscas. Me he podrido anteriormente. Es posible que vuelva a podrirme. No tengo asegurada mi supervivencia. No tengo asegurado nada. Por ahora, por ahora estoy venciendo, a duras penas. Por ahora, estoy Among the Living, o sea, entre los vivos, como dice Anthrax.

Suena el teléfono celular. Una antigua novia me llama. Para ahorrarse la tarjeta, sólo pincha mi número. Quiere que la llame a su hogar. Típico de ella. No quiere gastar los minutos del plan del celular. Me pregunto que querrá. No pasa nada con ella desde que terminamos. Anduvimos durante un tiempo en que yo y Sofía nos alejamos, cuando terminamos la primera vez. Seguramente sólo quiere saber de mí, saber cómo estoy. No sé para qué quiere saber esas cosas. Ya no estamos haciendo el amor. Su llamada me es inútil. No la llamaré de vuelta. De todas maneras a veces la extraño. Ha sido una de mis novias más hermosas. Rubia, de pelo largo, flaca. Me gustaba mucho. Cuando me paseaba con ella por las calles las mujeres me miraban seguramente preguntándose qué hacía esa hermosa mujer conmigo. Y los hombres la miraban a ella con lujuria y a mí con envidia. Me gustaba sentir esa envidia hacia mí. Me gusta estar con una mujer que los demás quisieran tener para ellos. Loreto. Tenía una hija. Me gustaba su pelo rubio y muy largo. No teníamos mucho en común. Ella gustaba de bailar. Tengo algunas fotos. Duramos un par de meses. Loreto. No he vuelto a conocer rubias.


18.

Lo predican en la calle los evangélicos, vienen a mi puerta a recordármelo de vez en cuando, se ve pegado en forma de calcomanía en los buses de la locomoción colectiva, e incluso se puede observar en un afiche gigante que da, como el colmo de la ironía, hacia unos miserables que viven debajo de un puente en una de las intersecciones de las concurridas autopistas que pasan por la cuidad. Es el predicamento de que Dios me ama. Jesús también. La Virgen María seguramente también me ama, pero su departamento de marketing no se ha empeñado demasiado en hacer saber de su amor hacia los mortales. Está claro. O es Dios, o Jesús, o ambos los que me aman. Es reconfortante saberlo. Es como si se tuviera un seguro espiritual que se paga con abnegación y humillación y que se compensa con la salvación del alma. ¿Salvarla de qué? me he preguntado infinidad de veces. No importa, da igual, porque lo importante es que Dios me ama. Eso es muy bueno. Me imagino qué pasaría si no me amara, si dejara de hacerlo. Y dicen que Dios ama a todo el mundo. Ama también a los niños que mueren en las guerras o quedan severamente mutilados de por vida a causa de los conflictos armados. También los ama a ellos. Menos mal, ya que si los odiara quizás que barbaridad inhumana desencadenaría sobre ellos. ¡Pero Dios me ama y me va ayudar a encontrar trabajo! Eso es lo importante ahora. Dios también ama a mi ex jefa. ¿Cómo resolverá Dios tal disyuntiva? Mmmm. Quizás haya grados de amor divino. Quizás Dios ama a todos, pero no a todos por igual. A mi me ama, no obstante ama más a mi ex jefa. Por eso la tipa está todavía con trabajo y yo con el drama de generarme un maldito ingreso. Dios nos ama a todos pero definitivamente es caprichoso con su amor. No sé qué le hice al desgraciado para que esté tan enojado conmigo. ¿Será porque le digo "desgraciado"? ¿Será porque escucho Slayer y Death? No quiero hacer la del chileno típico, siempre excusándose de sus fracasos aduciendo a la culpabilidad de factores externos, donde cabe todo el mundo excepto el afectado directo del fracaso. No le adjudico la culpa a Dios. A él lo he borrado de mi existencia, lo que no quita que juegue a veces con pretender en creer por un momento de que sí existe. Independiente de mi percepción, allá afuera en el mundo hay mucha gente que se lo toma muy en serio. Hay gente que mata por sus dioses. Curioso que estos dioses nos amen cuando todo lo que generan es proliferación de odio, intolerancia, sufrimiento y miseria. Dios me ama, pero amas a los ricos y poderosos por encima de todos los demás. Los ama tanto que les da de todo.


19.

¿Quién diablos soy yo? ¿Qué cresta hago en el mundo? ¿Cuál es la puta razón de que despierte todos los días y abra mis ojos? ¿Hay alguna finalidad en todo eso? Los gusanos que esperan para devorar mis miembros, mi carne, no están preocupados de aquello. Otro cadáver para devorar. ¿Quién fue este huevón en vida? Eso no importa a los gusanos. Pensándolo bien, a mucha gente tampoco le importará cuando llegue el momento de decir el último adiós. La muerte, silenciosa, oscura, impenetrable, un abismo infinito de desolación. La muerte, musa despiadada que tiene una cita con cada uno de los vivos, cada uno, sin excepción. La muerte. "Te visitará la muerte" dice la letra de Obus, famoso grupo de rock español.

¡Ah, pero yo quiero irme de este mundo como se extingue una presentación de fuegos artificiales! ¡Deslumbrar y encandilar aunque sea por unos cuantos minutos, luego desvanecerme para ser nunca más!

El desencanto, esa sensación agria de saber que la leche que bebemos ya está mala. Te puedes hartar hasta del sexo, hasta de comer langostas y otras exquisiteces todos los días. ¿Qué hay para almorzar hoy? ¿Otra vez jardín de mariscos? ¿Otra vez camarones ecuatorianos? Te puedes hartar de todo.

El sufrimiento del ayer, de cuando la juventud recién empezaba a abrir sus pétalos para ese sol benefactor, ese sufrimiento ya no existe. La solución para cada problema está a unos cuantos billetes de distancia. Todo se resuelve con dinero. La pasión, el amor, el encandilamiento del primer beso, de la primera mirada, del primer latido, del primer deseo de felicidad... eso ya no existe, ni siquiera en memorias, porque no recordamos qué se sentía, pero sí que lo sentimos. La locura que se apoderaba de nuestros corazones jóvenes y nos hacía soñar despiertos. Todo aquello se ve lejano, vivido en otra época, una época de ensoñación y delirio. Todo ha sucumbido a la racionalidad. Soluciones prácticas a problemas complejos. Para todo hay un gringo con una solución. Nosotros sólo tenemos que esperar que salga el libro que nos indique el camino.


20.

Sofía insiste en que debo encontrar trabajo ya. El tiempo le apremia. Lo que queremos hacer, lo que supuestamente queremos hacer, para aquello se necesita dinero.

- Sofía, lo que yo necesito, más que trabajar, es dinero, es sólo un maldito problema de dinero.

- ¿O sea que no quieres trabajar?

- Sí, debo hacerlo, pero el dinero es lo más importante ahora. Si tuviera doscientos millones podríamos vivir de los intereses que nos diera el banco.

De pronto, me quedo en silencio. Siento asco hacia mi persona. Siento náuseas. He tenido que aceptar mi condición de clase media, he tenido que ver la horrible cara de la realidad. Son mis sueños, los sueños de la clase media, supeditados al poder de los ricos. Los sueños de Sofía están entrelazados con los míos. Mi fracaso, es el suyo también. Y yo quisiera extender mis brazos para ofrecerle todo el oro del mundo. No hay oro en mi guarida, sólo tiempo y la siempre indigna sensación de estar por el suelo, tan lejos de los peldaños más próximos a la cima del éxito. ¡Ni siquiera estoy compitiendo! Soy una maldita estadística en las oficinas del gobierno. Soy parte de los desposeídos, de los que han cesado, parado. No soy parte del movimiento del mundo. Los autos pasan, pero no hay uno para mí. Las casas son bonitas pero yo no vivo en ellas. Mis manos hurgan en bolsillos vacíos. No hay nada, no hay oro. No encuentro nada. No hay nada hoy, no habrá nada mañana. ¿De qué cresta voy a vivir? No sé que va a pasar. Estoy vivo, no sé hasta cuando, y he de morir. Esas son las únicas tres cosas de las cuales estoy absoluta y completamente seguro. Todo, todo lo demás me es desconocido. No sé, Sofía, qué va a pasar. Dime dónde está el oro y empezaré a escarbar con mis propias uñas para construir nuestros sueños de opulencia, mis sueños de opulencia, de placer, de hedonismo exacerbado. Pero no, no, no, no. No hay oro... y mis uñas son inútiles... soy una persona de clase media, necesito trabajar para vivir. No soy rico, esa no ha sido mi suerte. Quisiera ser rico. Debo subyugarme ante un poder superior a mí. Debo hacer mis genuflexiones ante el soberbio poder del dinero. ¡Oh dinero todopoderoso! Todo mis sueños a ti subyugados. El amor de una mujer, la sensación de seguridad. Todo lo puedes comprar con dinero. A ratos quiero olvidarme de todo, de todos, incluyendo amigos, enemigos, novia, el ex trabajo, los trabajos anteriores, todas las cosas que he hecho en vida. A ratos quiero incluso despegarme de mis deseos. A ratos... a ratos no quiero nada... de nada. ¿Cómo llegué a esto? Ha sido un largo camino, con golpes y caídas, mi juventud, divino tesoro ¿quién dijo eso?, aún persiste en la persecución de locos sueños, y todo a mi alrededor pareciera confabular contra mis deseos. Me resisto, quisiera escapar, la realidad me asfixia. A ratos... quiero morir, para despertar nuevamente, sin recuerdos, sin memoria, un libro en blanco para volver a escribir en sangre. Es un juego, mi partida comenzó mal, el tiempo hay que recuperar, nacer de nuevo. Juventud, juventud, no te escapes de mis manos, no te vayas, no me dejes aquí a ser devorado por las circunstancias. No dejes que parte de mí muera cuando tenga que aceptar lo inevitable.


Siento la presión, y quiero zafarme, olvidarme, ¡mandar a todo este mundo a la cresta! Y el tiempo sigue su marcha. No presta atención a mis requerimientos. Se va caminando sin dar media vuelta. Se fue, se fue, el tiempo se fue, la desazón empieza a hacer su macabra tarea. ¿Era una competencia? ¿Todo esto era una competencia? ¿En qué lugar llegué? ¿A cuántos sobrepasé? ¿A cuántos gané?

"There’s no end for your pain, just as long as you fight it. Is it all just a game to see how long you can take it?"

Así dice la banda sueca Hypocrisy en Until the End. Yo me pregunto lo mismo. ¿Es todo esto un juego para ver hasta dónde aguantamos? Hasta el final, supongo que hay que seguir hasta el final, hasta que ya no demos más. Y Sofía, Sofía, Sofía, ¿eres realmente para mí? Es probable que el concepto de que una persona sea para otra esté errado. La vida humana quizás no sea para ser compartida. Cada uno solitariamente por su camino, uniendo los cuerpos para el placer. Mayores perspectivas, mayores anhelos, deseos que vayan más allá de lo carnal, suponen complicación. Nunca nos llevaremos bien, siempre nos agobiarán los problemas. Y solos, solos, solos, nadie ha de fastidiarnos.

Un vino. Abro un vino. Allí encontraré no la solución a nada, pero un escape hermoso lejos de la realidad. Hoy es vino, no cerveza, a pesar del calor de Octubre, mes de primavera, pero que ya se siente como verano. No hay cerveza hoy. Me hincha. He subido algunos kilos. Los asados del 18 de Septiembre, para las festividades de la patria. No habrá cerveza por un tiempo. No quiero engordar. Otro maldito problema. Tengo fuerza de voluntad. Hoy es día de vino y para olvidarme de mi mismo y soñar con un mañana dichoso. Con Sofía o sin ella, dichoso. A veces lamento haber nacido. A veces lamento que nuestras vidas se entrecruzaran. No quiero ser fuente de su desdicha. No quiero pensar más. El vino recién comienza a teñir mi esófago. Caroline Lavelle suena en mi equipo. Ya pasó el primer álbum de Amorphis. Las cosas no podrían ser más grises. Miento, ¡con My Dying Bride sí que lo pueden ser!

Yo y mis minúsculos cósmicamente insignificantes problemas, que son sino la nada misma. Voy a morir, voy a morir, voy a morir como todos. Lo cierto es que no hay nada cierto. Lo único seguro es la inseguridad y lo único que importa carece de importancia. No existe la realidad, del mismo modo como yo no existo, ni nada existe, ni nada importa, ni nada tiene relevancia. No hay nada más extraño que esta vida. Hasta ahora me han gustado los orgasmos. Pareciera ser lo único que nos mantiene aquí. Segundos de placer para poder tolerar horas infinitas de dolor. La vida es dolor, pero me estoy acostumbrando. "It´s alright to cry, it´s alright to hide". Así dice la canción de fondo. Devin Townsend sabe como nadie traducir la confusión del mundo a música. Hay gente que no lo comprende. Eso es porque no comprenden la vida. No comprenden su intrínseca locura. Esta bien llorar, esta bien esconderse y está bien mandar a todos a la cresta.

El agua es vida, pero el vino es inmortalidad. El que no bebe no trascenderá porque su vida será razón dentro de un mundo que carece de ella.

21.

Hay un santo para Chile. Canal 13, que en el cable es el 22, está dando noticias al respecto. No me interesa el asunto. Zapping. South Park en Mtv. Eso está mejor. Me estoy riendo. Esto va más conmigo, el programa, no tanto así reírme, pero me estoy riendo. No me reía hace rato. Nada personal, pero el Padre Hurtado no me interesa, ni me hace reír. Si tan sólo pudiese hacer algo por mí. Dar hasta que duela. Eso es lo que decía. Podría darme una manito, desde el cielo, con toda la mierda que puebla mi mente ahora. Vamos a comerciales. Ya vuelve South Park, esa serie americana vulgar y despiadada. Me encanta. La encuentro real, honesta. Del nuevo santo... no sé. No creo en divinidades. Un poco más allá, entre los canales que van del 48 al 52, están los canales de cine. La Pasión de Cristo acaba de terminar. No la he visto entera. Ya la han dado antes. En ese antes la estuve viendo como ahora, haciendo zapping y viendo la vida pasar inertemente. Larga la secuencia de azotes a Cristo. No me gustó. Detesto la sangre, detesto el sufrimiento humano. No me importa si se trata de Cristo. Soy ateo, pero no un sádico. No sé lo que le pasa a Mel Gibson. Haber querido hacer esa película. Mucha gente sabe que él se define como un católico muy devoto. No creo que hubiese sido necesaria tanta sangre. Es desgarrador, literalmente. Seguimos con el zapping. Autos antiguos, unos tipos arreglando una casa, noticias, algo de un huracán, más noticias, fútbol, videos musicales, realities, estilos de vida, comerciales, dibujos animados, documentales educativos. Empieza una película softcore. Nada muy explícito. Para nada como el canal Venus, de Argentina. Emmanuelle de nuevo, Princesa de la Galaxia, o algo así se llama. Ya la han dado. Se repiten las películas, como los días. Inerte, no hago más que cambiar de canal en canal. Recuerdo The Wall. Me falta el cigarrillo para completar el cuadro. En The Wall el protagonista es una estrella de rock caída en desgracia. Hace zapping igual que yo. Yo no soy estrella de rock. Mi zapping no es tan glamoroso. Tengo el diario a mi lado. Artes y Letras venía con algunos datos de trabajo medianamente interesantes. Ya lo revisé minuciosamente. También había algunas cosas interesantes en el resto de los cuerpos del mañanero dominguero. Debutaron unas micros nuevas en Santiago. Mañana salen a circular todas. El diario mencionaba que el chofer de una de ellas fue asaltado. Es la gran ciudad, es la vida cosmopolita. Son cosas que pasan. C.Q.C., siglas de "Caiga Quien Caiga", es un programa nacional y está en uno de los canales. Odio ese programa. Sus protagonistas, los noteros, los que, obviamente, hacen las notas, me caen mal. Se dicen irreverentes. No es cierto, sólo se burlan de la gente y no plantean nada revolucionario. No son sarcásticos, son timadores. Acidez y sorna a la chilena, a la ligera, sin rasgar demasiado la superficie. Y si no fuera un programa tan politiquero, quizá me gustaría. Seré honesto, hay cosas divertidas allí de todas maneras. Igual me río. Por momentos olvido que se trata de un show conducido por tipos con apellido cuico. Así es fácil ser irreverente. Hay un nuevo notero. Uno de ellos está siendo reemplazado. Parece que chocó su auto en estado de ebriedad. Eso escuché. Estará de vacaciones por un tiempo. Ah, que importa, que diablos me importa. Prosigue el zapping. Harta basura en la televisión. Hay algunas cosas interesantes, pero hoy todo me parece basura. Nada allí se acerca en lo más mínimo a mi vida real. Nada de allí me puede ayudar en algo ahora. Seré justo. No habría por qué haber en la televisión algo provechoso. Es sólo entretención. Para mí, un escape. Los Simpsons. Eso está muy bien. Amo a los Simpsons. Se ríen de la vida, como yo. Son una inspiración. Rescato a Los Simpsons. Puedo estar viéndolos por horas. Tengo un amigo que tiene una colección de videos con episodios de la serie. Me pregunto si seguirá grabando nuevos episodios.

Me aburrí con la televisión. Es hora de dormir. La pieza es un desastre. Me asusto un poco. Espero que este desorden no llame a las arañas de rincón. El otro día mate a una. Malditas arañas de rincón. No me gustan. Creo que a nadie. Una galaxia. Están dando un documental de astronomía. No es necesario que me rinda al sueño inmediatamente. Lo veré. Me gustan las estrellas, las galaxias, el espacio exterior. Me gustan esas cosas porque, en comparación, hacen ver a mis tribulaciones como infinitamente insignificantes. Sueño despierto en realizar un viaje a los confines del universo, o quizá, tan sólo hacia Próxima Centauri, la estrella más cercana a este mundo aparte del sol. González, que es de Puente Alto, no sabe esas cosas porque es un ignorante, y la que solía ser mi jefa tampoco sabe. Mis sueños me llevan lejos. En ciertos momentos el deseo de escapar es tal que me imagino lejos de La Tierra y de todos sus habitantes. Cierro mis ojos. Tres, dos, uno, liftoff. Una cárcel. Esta esfera es una cárcel. Es grande la cárcel, pero no deja de serlo a mérito de su tamaño. El espacio exterior. Nubes cósmicas, dimensiones paralelas, otros mundos. Es una cárcel más grande el universo. Olvido a esta por un rato. Comerciales. No me gustan los comerciales. De vuelta a la realidad. Aprovecho para seguir haciendo zapping. ¿Cuántos canales existen en el mundo? Me asalta la odiosa pregunta. Una tontera, como todo. Hacer zapping a todos los canales del mundo. Suena divertido... y muy idiota. Hace doscientos años atrás no había televisores. ¿Cómo lo hacía la gente para evadirse del mundo? Hoy existe el zapping. Se trata de ver televisión sin ver nada. En cierto modo se parece a la difícil tarea de vivir. Hacemos infinidad de cosas pero sin que ninguna de ellas apunte a ninguna parte en concreto. Vivir sin vivir. Respirar, comer, defecar, hacer el amor, hacer la guerra, hablar... ¿Qué importa todo? Quisiera dejar fijo el botón que cambia los canales. Quisiera que este aparato de control remoto no dejara de hacer zapping y cediera solamente frente al agotamiento de las baterías. Canal de zapping. Falta eso en el cable. Un canal que no fuese más que un continuo ir y venir de imágenes todas inconexas entre sí. De nuevo, otra notable alusión a la vida.


22.

Hace tiempo atrás volví a ver a una compañera de colegio de mi hermana que estaba un curso más abajo que yo. Su nombre era Rebeca. No recuerdo jamás haber puesto en Rebeca más atención que la que pude alguna vez haber puesto en las lecciones de historia o de matemáticas, que me fastidiaban. No es que ella me fastidiara, pero no recuerdo haberla mirado siquiera con el mínimo interés ansioso de deseo y pasión. Lo hacía con otras compañeras, otras mujeres que sí despertaban en mí febriles alucinaciones eróticas. Ha pasado el tiempo y Rebeca está hecha toda una mujer. Visiblemente más estilizada que antes, toda ella entera rezuma femineidad, invitando a la lujuria. No recordaba haberla encontrado tan hermosa jamás. La primera vez que la vi después de muchos años fue en casa de mi hermana. Celebrábamos no sé que cosa. Ella estaba allí. Yo había acudido a la reunión con una novia con la cual estaba saliendo hace un par de meses pero de la que no me encontraba ni remotamente enamorado. Conversé con Rebeca muy plácidamente. Me acordaba de su cara, me acordaba de que en el colegio era más gordita. Ahora estaba muy atractiva, más esbelta, con una sonrisa afable y cariñosa. Más aún, Rebeca tenía tema de conversación. Fascinada por la música, igual que yo, congeniamos al instante, charlando de cosas de las cuales sólo melómanos pueden entender a buenas y primeras sin entrar en grandes explicaciones. Conversaciones musicales, como las que tuve esa primera vez con ella, había experimentado sólo con amigos. Jamás había conocido mujer que supiera tanto de música. Siempre he considerado que las mujeres se preocupan de otras cosas, como tener hijos. Algunas consideran que lo único importante en la vida es procrear. Por ello, me sorprendía Rebeca, que no era de esas típicas minas con el vestido de novia en la cartera. Quedamos de intercambiar algunos discos compactos, pero no nos dimos los teléfonos ni los respectivos correos electrónicos. Todo quedó en nada.

Después del encuentro sorpresivo, y digo que de veras fue sorpresivo ya que nunca más pensé en volver a ver a Rebeca desde que salí del colegio y, debo admitirlo, considerando que me había quedado gustando, cierto halo de misterio y de ese no se qué que embarga el corazón y ciega los ojos permaneció conmigo hasta este fin de semana que recién pasó. Esta vez era la celebración del cumpleaños de mi cuñado. La fiesta la harían en una parcela cerca de Melipilla. Sin querer admitirlo deseaba que Rebeca estuviera allí. Yo acudía con Sofía.

Increíblemente, o estúpidamente, sentía que la extrañaba como un ángel que en sueño susurra al oído que todo saldrá bien y que las vicisitudes de la vida son pasajeras. Al despertar uno desea que vuelva el ángel y que lo acompañe por la vida a cada momento. Uno a veces desea que los ángeles estén con nosotros siempre. Rebeca era como un ángel.

Jamás se me pasó por la mente que me interesaría por aquella mujer, no con tantos años pasados ya desde que estábamos en el colegio y con tantas situaciones experimentadas en este andar silencioso pero agotador. ¡Que extrañas circunstancias tejen los destinos de ciertas personas!

Camino a la parcela pensaba en ella, y cuando llegué finalmente lo primero que hice fue buscarla con la vista. Me atrevería a decir que aquello fue incluso inconsciente. No tardamos en retomar la conversación que habíamos dejado tácitamente inconclusa la vez que nos habíamos encontrado después de tantos años en casa de mi hermana. Seguía hermosa. Y pretendiendo como si nada, mi animada conversación con Rebeca no pasó inadvertida para Sofía. No me hizo una escena, no me miró con fuego en su mirada, pero sentí que la atacaban los demonios de los celos. Nunca antes me había sucedido aquello con Sofía. Ella había conocido a su enemiga... y sabía que mi corazón podría fácilmente arrebujarse dentro de los pliegues del alma de una mujer con encanto suficiente para poder arrebatar a otra la fuente de su delirio. Esta vez no hubo problemas con los teléfonos.

¿Y ahora qué? No, no creo que pase nada. No, no quiero complicarme. Estoy bien con Sofía. Rebeca me gustó en un momento en que no estaba con Sofía, pero ya volví con ella, ya... no puedo... mucho drama. No, sería muy torcido. Diablos, no se pueden ganar todas las partidas. Quizá pueda convertirse en una buena amiga. Jaja. No lo creo. Sofía no me creería. Los hombres no tienen amigas atractivas, y si no son atractivas no las buscan como amigas. Parece que es cierto lo que dicen. Parece que hombres y mujeres pueden ser amantes, pero no amigos.

Además, el sólo recordar cuando me abocaba locamente en la persecución de amor... que tiempo peor empleado. ¡Tantos sueños de juventud perdidos en lontananza! ¡Cuánto sufrimiento inútil! Después, al pasar los años, al irse pudriendo mi alma, mi inocencia, mi candor, e ir al mismo tiempo cubriéndose mi alma con las llagas producto de terribles azotes sentimentales y tantas miserables batallas internas, supe y descubrí que a pesar de no ser posible el escape total desde los infiernos del sufrimiento, éste podía ser enfocado o vivido por añoranza del amor perdido, verdadero amor perdido. ¡Jamás una nueva persecución banal en pos de alguien que no se entregara en carne! Nunca más un amor platónico, ni un deseo decoroso, ni un sentimiento de paz y de amor puro y diáfano como agua cristalina de manantiales. He perdido la inocencia. Y me alegro. El sufrimiento ahora está mucho mejor enfocado. ¡Ni siquiera ansío amor! Cosa extraña. Siento que aquello no me falta y es esa misma convicción lo que me impide serle querido al sentimiento mas noble según dicen. Una vez que aprendes a jugar a las cartas y sientes que logras dominar el juego mejor que otros se pierde algo de interés en él. No me malinterpreten. Todavía siento la pasión, la locura de la carne, pero nada es ya platónico, ni inocente, ni puro.

Empero, debo lidiar con algunas situaciones desagradables que restan a mí ánimos en todos los frentes. Aquello que ayer parecía el colmo de la felicidad pareciera desvanecerse ante mis ojos y una nueva realidad lúgubre, gris y pestilente se forma pintando en mi horizonte trazos de luz con la sangre de mis heridas por encima de nubes tan negras como esas noches en que quise que el sueño me tragara para no despertar más. Busco cerrar todas las puertas, despojarme de toda influencia, permanecer en un estado catatónico de eterno mirar hacia allí donde no hay nada. ¿Qué ha dejado la estela de mi luz en el cielo de la vida? No importa, no importa. Nunca he pensado en la vida como exquisito regalo de dioses ni como miel exuberante para ser gozada. No creo en la felicidad. No creo en nada. Una cosa tras otra que se sucede con apática frecuencia. Eso es todo. Imágenes, situaciones, momentos que sumados todos no dan más que un cero. Podría conquistar a Rebeca o casarme con Sofía si logro mantenerla a mi lado a pesar de mi situación de podredumbre financiera. El amor, el amor. No es posible vivir del amor como no es posible vivir sin aire. No hay amor, pero sí acuerdos, pero sí una tácita conversación entre lo que conviene o no conviene. Ninguna mujer ama a un hombre por lo que es, sino por lo que es posible que él logre para ella, por lo que él pueda darle. Y si no es dinero es porque a ella le sobra. En la vida, en el amor, los hombres somos los que deben arrastrase por el mundo para lograr que la hembra abra sus alas. Puede ser que esté exagerando, puede ser, pero la realidad, la fastidiosa realidad me está acicalando y atenazando cruelmente de nuevo. Alrededor mío todo es espejismo y mis sueños tan sólo quimera de vacuidad y deshonra. Estoy mirando este laberinto de emociones con el peor de los prismas, con el de la decepción, la angustia, el miedo y la desolación. ¿Pero cómo no hacerlo si es el único que tengo a mano?

¿Cómo diablos meter a Rebeca en toda esta mierda? No, Sofía me ama. Me gusta pensar eso. Yo amo a Sofía. Nos vamos a casar. Viviremos felices. Si tan sólo pudiera generarme ingresos, porque la máquina no funciona si no le echan monedas. Rebeca, ella debe funcionar de igual forma. Y es justo. Es tan justo que a veces pienso que lo mejor que puede hacer Sofía es dejarme para que me pudra solo. ¿Para qué arrastrarla hacia mi vórtice de miseria?

Rebeca... Rebeca debe seguir su camino. ¿Volveré a verla algún día nuevamente?


23.

Este viernes debo ir a buscar finalmente el finiquito que me desvinculará del banco. Quiero que llegue el viernes ya. Faltan algunos días. No he podido dar vuelta la página aún. Debo hacerlo. Debo despedirme de todos esos malditos que dejo atrás, de toda esa gente que como gentes anteriores se han convertido en fantasmas de los cuales ahora ni siquiera recuerdo sus nombres. ¡Cuánto deseo sacar de mi mente todos los momentos vividos! Las veces que estaba resfriado y que no tomé licencia. ¡Que mal provecho! Debí haberles vaciado toda la sangre como parásito indolente. Ya es tarde. Debí haberles vaciado de su sangre. Hijos de puta. De nuevo, como siempre, me anima el siempre oportuno "No importa". Digo aquello muchas veces. No se me ocurre otra cosa que decir. Es la manera en que me zafo de las moscas molestosas que no dejan en paz mi carroña. Al final, todo termina en un montón de nada. Debo comenzar de nuevo. De nuevo debo empezar a construir el palacio de arena que la primera gran ola ha de destruir inexorablemente. Siento como si ahora estuviera buscando el cimiento en donde construir. Más adelante, otro ser, otra hormiga del mundo, una con más poder que yo decidirá sobre mi destino y me arrebatará de mi castillo. Así será, así es para todos aquellos cuya vida depende de otro. Estoy cansado de depender de otros. Estoy cansado de esta servidumbre de clase media. Y no puedo pedir ayuda a nadie porque todos los que están cerca son a la vez esclavos. Todos al servicio de la máquina. Los más, con caras sonrientes y falsa sencillez, agacharon el moño hace tiempo y lograron que la máquina no los destruyera. ¡Cómo no ven! ¡Cómo no ven! A nadie le importan sus patéticas y tristes vidas, y si continúan con ellas es gracias a que la máquina ha determinado que necesita de vuestra sangre, sudor, miseria, desencanto, fatiga, modorra por la vida. Mi vida entera he querido burlar lo que no se puede. Ahora entiendo que la niñez es la única etapa libre de las cadenas de la sumisión. Sumisos todos. Y tú eres esto, tú esto otro, tú aquello. Las etiquetas ya han sido estampadas en nuestros corazones, en nuestras almas, en nuestras mentes, en nuestras frentes. No hay escape. Todos esclavos, todos felices esclavos. He querido escapar de esta servidumbre, hacer mi propio camino, caminar por sendas inexploradas, hacer valer mi poca importancia, desprenderme de las cadenas que me agobian. He visto la realidad como pocos, al menos eso creo, no me he dejado cegar por las lindas vitrinas donde están los juguetes inútiles. Todo alrededor es una vitrina grande de cosas. Esas cosas colman nuestros sentidos con el vago anhelo de éxito. Consumo, progreso, patrañas. No quiero nada de este mundo.

Mañana es miércoles. No llega el viernes aún. Quiero sellar de una vez los vestigios de mi vida pasada y empezar a descubrir la podredumbre del lugar donde he sido lanzado. Prenderé una luz pequeña, buscaré alguna cara amiga en la desolación, buscaré algún camino dentro de los que haya allá abajo en la oscuridad. Emprenderé mi marcha silenciosa y buscaré la salida sabiendo muy bien que una vez que la encuentre las tinieblas no habrán sido vencidas. Quizás decida, finalmente, continuar en ellas, convencido de que es posible que mi casa siempre haya estado allí, en la desesperación de la vacuidad, de la nada, de lo indecible.


24.

Desde que me fui del banco he pasado por varias experiencias laborales, ninguna de ellas aptas para ser catalogadas de interesantes o dignas. Recuerdo haber ido a varias partes donde se prometía el cielo si se lograba vender cierta cantidad de seguros. ¡Vender seguros! ¡Uf! ¿Hay gente que realmente se dedique a eso? ¿Asegurar que cresta? La vida es inseguridad, desde que nacemos, hasta que morimos. ¿Se puede vender seguridad? No lo creo. En fin. Prosigo con la historia. Esa vez abandoné el edificio apenas me senté para escuchar una prédica que ya había escuchado antes. ¡Que manera de perder el tiempo! No, no quiero vender, no quiero vender, no quiero vender. Dicen que todo el mundo vende, que todos nos vendemos, que todo se trata de vender algo. Cierto, estoy de acuerdo, pero no quiero vender seguros. Eso no. Estoy bloqueado. Como dirían los profesionales de Recursos Humanos, tengo una "predisposición negativa hacia cierto tipo de desafíos". Basura. No todo el mundo sirve para los mismos trabajos. Conozco mis debilidades, conozco mis falencias, conozco donde no debo poner mis pies.

Siempre me he reído de los anuncios que salen en el diario o en algunas páginas de Internet donde parten con algo como lo que sigue:

"¿Quieres ser parte de un gran equipo? ¿Quieres emprender grandes desafíos? ¿Quieres alcanzar todas tus metas? Entonces ven y se parte de un equipo ganador".

Seguro que se trata de algún trabajo relacionado con ventas. Para vender se requiere subir el ánimo de la gente y hacerle creer que es más grande de lo que realmente es.

Una de las experiencias más nefastas que recuerdo, y que se relaciona con lo anterior, es la que viví durante casi un mes después de haber tenido la mala ocurrencia de postular a un puesto en un callcenter donde necesitaban gente que supiera hablar inglés. Gracias a haber vivido diez años en el extranjero, precisamente en Estados Unidos, pensé que aquello sería interesante. Al principio parecía así.

Nos reunieron en una sala, tomamos un par de pruebas sicológicas y los que estábamos bien de la cabeza seguimos el proceso. Me llaman por teléfono a los tres días y me dicen que tengo que presentarme en la Universidad de los Conocimientos Inservibles en la sala tanto tanto el día tanto tanto a la hora tanto tanto. Allí empezaría el curso de capacitación, que duraría un par de semanas.

"Ustedes van a estar hablando unas ocho horas al día, por tanto deben ejercitar la voz". Así nos decía una profesora. Ejercitamos la voz. "Ma, me, mi, mo, mu". Que idiotez. Cinco años de universidad estudiando ingeniería comercial para terminar diciendo "ma, me, mi, mo, mu". Ridículo. Entiendo, ejercicios para la voz. "Ma, me, mi, mo, mu". Entiendo perfectamente. Pero yo no me desangré cinco años ni boté cinco millones de pesos a la basura para terminar entonando ejercicios de voz para así trabajar bien como telefonista en un callcenter. No tiene sentido, ¿verdad? En su momento yo tomaba todo esto a la ligera. Además, yo y los demás creíamos que el trabajo consistía en llamar a Estados Unidos y hablar en inglés lo que hubiese que hablar en ese idioma. Nadie nos había dicho que tendríamos que vender en inglés algún producto y que el pago iba de la mano con la cantidad de artículos vendidos. Peor aún fue la noticia que nos dieron. ¡El famoso negocio que requería telefonistas bilingües se había pospuesto, quizá, indefinidamente! Nuestra razón de ser allí, ya no era tal. El curso ya llevaba un par de semanas. Muchos "ma, me, mi, mo, mu" de por medio. No era posible dejarnos en la calle. Se resolvió el asunto fácilmente al separar a los integrantes de este grupo bilingüe en tres partes. A cada una se le designaría un área de negocio distinta. A mi me tocó venta de seguros. ¡Otra vez los malditos seguros! Al final de cuentos, iba a ser telefonista de callcenter para vender seguros aquí en Chile. Nada de llamadas al extranjero. ¡Miren la huevada! Mi inglés no era necesario aunque a futuro podría serlo. Eso me dijeron. Basura. Ya estaba dentro. ¿Qué hacer? Consideré que era tarde para renunciar y seguí adelante.

Después del curso de entonación de voz y otras cosas relacionadas y ya dentro del recinto donde efectivamente iba a trabajar, me metieron en una sala donde un feo indio con sobrepeso y con evidentes rasgos mapuches me explicó a mí y a los demás cómo se vendían seguros por teléfono. "¿Este indio me va a decir a mí cómo cresta vender seguros por teléfono?", me decía para mis adentros. ¿Qué cresta estoy haciendo aquí? venía seguidito en mi pensamiento. ¡Que barriga más prominente tiene este indio repugnante!

Había una guía que había que aprenderse. Allí se explicaba paso a paso cómo vender.

También me llevaron a una sala donde se podían interceptar las llamadas y escuchar cómo se vendía. Las llamadas eran grabadas para la posteridad. Todas las llamadas. Aquello no me gustó para nada. ¿Y la privacidad dónde queda? Contaron una anécdota de un tipo que había pillado al posible cliente en la mitad de un fogoso interludio amoroso. El tipo había aceptado el producto. Lo importante era vender. Luego nos llevaron a las salas donde se tejían historias como la recién descrita. Eran amplias salas llenas de pequeños cubículos dispuestos como panel de abejas. Allí trabajaban las obreras. Las salas estaban adornadas con globos y colores brillantes. Todo aquello para generar un ambiente propicio para la venta. A mí me daban ganas de vomitar. Al recordar todo eso me dan ganas de vomitar ahora hasta que no quede nada dentro de mí. En una muralla estaba una lista con los nombres de los mejores vendedores. La idea era crear competencia, que los obreros se animaran y compitieran entre sí. Conocí al mejor de los vendedores. Un tipo flaco, colorín, desgarbado. Un idiota cualquiera. Él era el mejor. Todos lo sabían.

Llegó el día, el terrible día. Luego de conocer todo el tejemaneje de la nueva labor llegó el día en que efectivamente íbamos a poner sobre nuestras cabezas los auriculares, llamaríamos a personas y venderíamos. Lo curioso es que no había ni un teléfono. Todo funcionaba por computadores. Allí había bases de datos gigantescas y lo único que había que hacer era apretar un botón y el llamado se hacía automáticamente.


Algo sucedió mientras observaba la pantalla. Mi mente divagó hacia parajes que eran cualquier parte menos aquella donde yo estaba. ¿Cómo diablos llegué aquí? ¿Qué hago aquí? ¿Puede ser que esté tan re cagado? No quería llamar, no quería vender, ¡no quería ser una abeja dentro de un panal! Así me sentía, como una abeja obrera. Y no quería hacer el trabajo de la abeja obrera. Lo encontraba denigrante, no digno de mi persona. No podía caer tan bajo. Cualquier cosa era mejor, incluso no hacer nada.

De pronto me percato de que no iba a poder hacer la tarea encomendada. Me saqué los auriculares, escribí una nota donde explicaba que renunciaba. Salí del panel de abejas, bajé rápidamente, respiré hondo y me alegré de haber mandado a la cresta la idiotez de trabajo. Después supe que siguieron mi ejemplo varios más. A la larga no quedaron más de tres personas del total de veinte que componían el heterogéneo grupo. Yo me había dado cuenta de la farsa antes que todos y salté del bote antes que todos. Habíamos llegado allí gracias a poseer una habilidad concreta, saber inglés, y al final nos lanzaron con el resto de las abejas para hacer lo que ellas hacían, que era alimentar y cuidar a la reina. Nunca divisé a la reina.

Recordando esa experiencia se me vienen a la mente algunos personajes. Eran mis compañeros de labor. Idiotas como yo. El grupo era muy dispar... extraño. Me río. ¡Que conjunto más abigarrado de seres extraños! Había uno que era un absoluto y completo gay. Tenía cerca de cuarenta años, vestía con colores brillantes y siempre estaba sonriendo. No lo soportaba. ¡Quita esa maldita sonrisa de tu cara maricón de mierda! Y no, no es que tenga aversión a los maricas. No, no soy homofóbico, pero este maricón en especial era detestable. Había una niña. Una pendeja de no más de veinte. Era bonita y mitad chilena mitad americana. Era bisexual y gustaba mucho de la marihuana y del intercambio de fluidos con sus amigas. También fumaba comida para perros. Eso lo supe gracias a uno de los pocos tipos con quienes yo simpatizaba y que había fumado un pito de marihuana con ella. Ella le contó que era bisexual y todo lo demás. Es de suponer que decía la verdad. Y cómo olvidar a un tipo mitad holandés mitad francés, políglota, fanfarrón y mentiroso. ¡Todo un farsante! Estaba loco y parece que la policía internacional estaba tras su pista. Con un par de tragos se ponía audaz y estúpido. Podía hacer que cualquiera que estuviera con él en un momento determinado pasara un susto grande. Era de esos tipos siempre en problemas y esquizofrénico. Y según él, era especialista en "Power Talks", que son conversaciones motivacionales. Y lo decía con un perfecto acento a gringo siútico. ¡Métete tus Power Talks por ahí imbécil! ¡Que payaso de primera clase! Pero había una tipa que realmente detestaba. Era de esas que se creen superiores a los demás. Y fuera uno a discutirle algo. Es increíble lo que puede hacer la falta de sexo. Además era gorda y fea. Una estúpida como jamás haya conocido. ¡Y como olvidar a la linda india! Sí, una mapuche de tez blanca que era de chuparse los dedos. Parece que yo no le agradaba porque la devoraba con la vista. ¡India rica! Y cómo olvidar a ese estúpido que contó sobre su vida y lloró ante todo el resto en esas insulsas dinámicas que hacen en todos esos cursos de capacitación. ¡Tu padre no te quiere! ¡Púdrete pobre infeliz! Y había otros, pero no vale la pena siquiera recordarlos. Eran una tropa de perdedores todos. Y allí estaba yo, supongo que también un perdedor. Finalmente, pero no en último lugar, como olvidar a la profesora de técnicas de venta. Era brasilera y tenía el acento de tal. Era divertido escucharla hablar. Y exponía sus técnicas de venta. Los diferentes tipos de venta, los diferentes tipos de clientes, etc, etc. Y vimos una película. Se suponía que era motivacional. Supongo que todo era para mejor, pero no, en realidad todo era una gigantesca farsa. Éramos peces que habían mordido el anzuelo, aunque en realidad éramos abejas.

Todo ello es el pasado. No hay paneles de abejas ya, pero hace calor.

25.

Mientras esperaba a Sofía un día cualquiera para ir a comprar una cosa cualquiera a cualquiera de los malls de Santiago compré una Coca Cola y unas papas fritas. Dentro de las papas fritas venía un cupón. Al principio pensé que era una calcomanía, las típicas calcomanías. Resulta que se trataba de un CUPON GANADOR. Vaya, vaya. ¿Me habré ganado un viaje para dos personas al Caribe? ¿Un millón de dólares? No, no, nada de eso. El CUPON GANADOR me permitía canjear un lindo llavero. Venía una foto del llavero en cuestión. Ciertamente un lindo llavero. Pero a pesar de poseer un CUPON GANADOR, faltaba sumarle quinientos pesos para canjear el llavero. Y no, no venían quinientos pesos dentro del paquete. El cupón por si solo no valía nada. ¡Ah! y podía canjear el llavero sólo en los locales adheridos a la promoción. O sea que aparte de perder quinientos pesos por un llavero que seguramente no valía más de diez debía perder tiempo buscando algún local adherido. 623.000 eran los llaveros que estaban a disposición según rezaba la promoción. A quinientos pesos cada uno da algo así como un poco más de trescientos millones de pesos. No está mal la promoción, no está mal para la empresa que hace las papas fritas. Está mal para el resto de la humanidad. Si pudiera canjear el llavero con el cupón solamente, bien, pero de ahí a desembolsar quinientos pesos. Considero que de ahora en adelante este tipo de promociones debiera ir con el siguiente rótulo por fuera del envase: "Busca dentro tu CUPON PERDEDOR!" Así, sin punto de exclamación al comienzo, como suelen venir los avisos publicitarios hoy.

Boté el famoso CUPON GANADOR. Me sentí defraudado, asqueado. Yo no voy a canjear un llavero con quinientos pesos, sin embargo mucha gente sí lo hará.

Sofía no llega aún, la Coca Cola está vacía, las papas fritas en mi estómago, mi estúpido cupón en el basurero, mi mente divagando sobre insulsos concursos donde quien gana pierde. Siento que estoy perdiendo. Allí viene, con cara asustadiza, pero sonriente.


26.

No importa quien tiene la razón. Pero desde el momento que cedemos ante los demás nos convertimos en sus esclavos. Cada vez que fingimos ser lo que no somos, por ejemplo, para conseguir un empleo, estamos dejando de lado nuestra individualidad dando mayor importancia a lo que los demás piensan que debe ser la vida. Esto se llama subyugación. Pero no comienza en la etapa adulta de la vida, cuando debemos enfrentar al mundo despiadado. Comienza muy temprano. Los primeros tiranos son los padres, que asumen, vaya uno a saber por qué, que sus convicciones son las que hay que asumir como verdaderas y frente a las que hay que adscribirse. En el colegio proseguirá el moldeamiento. Los que fuimos a colegios católicos lo sabemos muy bien. Jesús es el camino, Jesús es la luz. Esa luz se apagó y ya no existe. No dudo en la genuina convicción de que se desea lo mejor para nosotros. Si tan sólo alguien alguna vez hubiese definido lo que era ese mejor. Mejor aún, no hubiese estado mal que nos preguntaran primero qué pensábamos nosotros sobre lo que era mejor para nosotros mismos.

27.

No, no hay nadie llevando la cuenta, quien gana, quien pierde. Nadie está llevando el ranking. No sé en qué lugar estoy yo. Algún lugar debo ocupar, aunque nadie sepa cual es. Se hace imperioso escapar nuevamente. Como en otras ocasiones parto con mi bicicleta a donde nadie me pueda encontrar. Dejo en celular en casa. Malditos aparatos. Estábamos bien sin ellos. Un par de lucas, para la bebida, el sándwich o lo que sea que compre para aplacar tanto sed o hambre. Quiero irme a la cresta, a la punta del cerro, literalmente. Es un lugar donde me han mandado antes. Resulta natural embarcarse hacia el cerro, hacia la punta del cerro, a pesar de no poder quedarme allí, a pesar de tener que regresar a la ciudad en algún momento. A la punta del cerro, lejos, tranquilo y sosegado.

Mi aventura, o desventura, dependiendo de cómo se mire, me llevó hacia cerca de San José de Maipo, a una localidad llamada El Manzano. Bajando por Avenida La Florida pasé por Las Vizcachas, La Obra y otras localidades. Son treinta kilómetros desde mi casa hasta El Manzano, pero unos veinte desde que se sale realmente de Santiago. Me hubiese encantado ir más lejos, llegar hasta San José de Maipo. Lo haré, lo haré en otra oportunidad. Debo salir más temprano, en la mañanita, para tener todo el día. No es fácil llegar hasta El Manzano. Hay que pedalear bastante. Y por cada momento en que la brisa refrescante golpea nuestra cara al bajar por las pendientes hay otro en que se debe subirlas trabajosamente, para volver a lanzarse en picada a unos cincuenta kilómetros por hora, que es lo que estimo alcanza la bicicleta, y volvemos a sentir la brisa encantadora. Hay que tener cuidado con los autos, al igual que en la ciudad, pero más allá del riesgo inherente del mundo no hay que tomar más precauciones que las obvias si se desea ir a pasear por los lugares que yo he frecuentado. Me gustó visitar el Cajón del Maipo en bicicleta. Lo conocía en auto, pero no es lo mismo. Se transpira más en bicicleta y se queman más calorías. Es un lugar precioso, rodeado por doquier por cerros y, a lo lejos, se divisan imponentes algunos picos con nieves que el calor de verano no sabe derretir como no sabe derretir mi vida la desdicha en el ir y venir de los agonizantes días de pobreza.

A la orilla del camino, descanso, contemplo, olvido. Toda esta vida maravillosa, ajena, inmutable ante los designios de mi destino. Aquí podría caer muerto y la tierra me tragaría, entre medio de los matorrales, al lado del río. Y ni el más portentoso de mis gritos podría acallar el ruido ensordecedor del silencio. Aquí, donde el hombre se ve pequeño, todo cobra otro sentido. Allá, no muy lejos de aquí, allá, donde se pudren las almas, donde los hombres son enemigos y donde se siente frío incluso en verano, allá, donde mueren los sueños antes de nacer y la vida pareciera ser no más que el triste avance a través de una línea de ensamblaje encubierta por las capas felices de la hipocresía, la falsedad, el miedo y el terror, avanza el progreso. Allá, no muy lejos de aquí está el mundo del cual he decidido desligarme hoy. Millones y millones de seres, demasiados como para sentirse uno a sus anchas. Es una suerte, un feliz acontecimiento, el hecho de tener la cordillera tan cerca. Aunque el escape no sea eterno, es posible vivirlo al menos de vez en cuando y sin mucho dinero. Esta es la manera en la que yo lidio con la inevitable verdad de la vida, aquella que nos condena a vagabundear por esta tierra sin rumbo fijo, sin direcciones, sin brújula. Algo falló en mí, algo no salió bien. No se suponía que tenía que descubrir que había una línea de ensamblaje donde los humanos eran moldeados, estructurados, manipulados, embrutecidos, empequeñecidos, despojados de su propia identidad y hechos a la medida de los parámetros de quien sabe quien. Miré para el lado, observé el verdor de extensas dehesas que se extendían hacia el infinito y que me separaban de las húmedas y frías murallas grises que siempre sentí me iban a aplastar. Llamé a varios. Allá afuera hay algo amigos, allá afuera está la libertad, allá afuera no hay reglas, no hay tareas embrutecedoras ni un sentido impuesto del deber. Allá afuera podremos correr como niños; cuando la vida era linda. Allá, allá, donde llegan los tibios rayos del sol e iluminan la extensión no contaminada por La Maquina. Me miraron extrañados. Y aunque no sentían apego por La Máquina, incluso, muchos la odiaban igual que yo, se sentían incapaces de desprenderse de ella puesto que ella ciertamente les exprimía la sangre a la vez que los alimentaba, sólo para mantenerlos vivos y así poder seguir exprimiendo su sangre. Y escuché, no una, sino mil veces, la voz de la cordura, de la templanza, de lo correcto, de lo sensato, de lo que no tiene pasión. La voz, representada en millares de seres, me atenazaba para que no osara saltar la muralla, para que no escapara de los seguros dominios de La Máquina. Allá afuera estaría solo. Y tenían razón. Se siente solo, se siente extraño, pero se siente libre.

Adosado al camino, contemplando la hermosura de la naturaleza, refrescándome con un mote con huesillos, bebida tan típica de nuestra tierra, contemplo extasiado el mundo infinito y sus extensos caminos que conducen muchos de ellos a lugares que están lejos de La Máquina. Sin embargo, mi escape es ilusión. El retorno a La Máquina es plausible. A menos que ya no me desee. Sé mucho ya. Mientras exista un día para vivir, y ese día pueda contemplarse aunque sea a escasos metros de las murallas pestilentes del mundo encapsulado en su torbellino de vicisitudes, sentiré que pude ganar, que al menos un día fue como quise, y que todo concluyó como quise.

Volví al Cajón del Maipo sólo dos días después de haber ido para allá en bicicleta. Esta vez con Sofía. Le había comentado de mi travesía y le propuse que fuéramos los dos en auto, a pasear por esos lados. También la animé para que se comprara una bicicleta y me acompañara en mis futuras aventuras.

No recordaba cuándo había sido la última vez que andábamos paseando. Años, seguramente, años de aquello. Extrañamente, todo parecía como antes. Ella manejando, yo viendo que compact poner, a pesar de que antes eran casetes. Hemos avanzado en tecnología. Al mismo tiempo que decido la música ya que siempre en nuestros paseos las hago de dj, voy viendo el Turistel. Justo el día que decidimos ir a pasear era Primero de Noviembre, día de los muertos. Feriado legal y día en que la gente acude a tropel a los cementerios. Como yo conocía el camino bien, propuse no avanzar por Avenida La Florida, sino avanzar por Vicuña Mackenna, sorteando así el cementerio que está por Avenida La Florida a la altura del paradero 24 o 25. Estimábamos que habría taco allí. Seguimos entonces por Vicuña hasta que salimos de Puente Alto, llegando a Pirque. Luego un giro a la izquierda y tomamos un hermoso camino, que no conocía, y que llegaba hasta San José de Maipo. Antes de llegar a esa localidad este camino tiene una bifurcación que conduce a otro camino, que es al cual se llega viajando por Avenida La Florida. Una vez allí, y habiendo sorteado por varios kilómetros el famoso cementerio, seguimos por la misma ruta que yo había conocido en bicicleta tan sólo dos días antes.

- Mira, por aquí andaba yo, le decía a Sofía.

- ¡Uf que te viniste lejos!

- Sí, y cuando lleguemos al Manzano te mostraré el lugar donde paré para empezar a volver.

- ¿Cuánto te demoraste?

- Tres horas desde que salí de mi casa.

- ¿Ida y vuelta?

- La pura ida

- ¿Y de vuelta?

- De vuelta me demoré como dos horas y media. Como es bajada, uno se demora menos y no cuesta tanto.

- Está súper bonito por aquí.

Llegamos hasta el pueblo de San José de Maipo. Empezaba ya a verse todo como a gran pueblo y no pintoresca localidad en la mitad de la nada que decidimos regresar. Esto se ve demasiado a ciudad. Regresemos. Queríamos campo y verdor, y aunque este pueblo está en medio de aquello, se siente en el aire un vago perfume a todas las cosas de las cuales escapábamos. Sacamos unas fotos en el regreso, al costado del camino, estacionados en una amplia berma. Compramos un charqui, algo de miel, y desde un puente contemplamos una caída de algo así como cien metros hacia el río que por debajo pasaba. Por vagos momentos pensaba en cómo sería lanzarse al vacío desde ese puente. Me dieron ganas de subirme a la estrecha baranda y que me sacaran una foto alzando los brazos mientras desafiaba la muerte. No expresé mi querer. No era algo imposible. El grosor de la baranda era de unos veinte centímetros. Sólo había que mantener el equilibrio, no marearse, no mirar hacia abajo y esperar que no pasara una ráfaga de viento que hiciera de todo aquello una desgracia. Lanzarse en benji era otra opción, aunque por supuesto no andaba con la indumentaria necesaria. Era sólo una idea loca. Daba para lanzarse en benji. No lo hecho nunca. No sé si me atrevería. Por ahora me contentaba con mirar al vacío y en pensar en cosas locas.

Cerca de La Obra pasamos a un lugar donde vendían kuchen y otros alimentos. Era en una casita que daba la impresión estuviera en un árbol, como la canción de Jorge González, el de Los Prisioneros. Daba esa impresión porque para llegar al punto de venta había que subir una escalinata estrecha. Al final de los peldaños nos esperaban un par de mesitas con sillas. Frente a ellas, estaba la casa, rosada, acogedora y rodeada por grandes árboles y un gomero gigante. No era un gomero cualquiera. Pedimos un kuchen de manzana con frutilla y un jugo de litro, también de manzana. Nos sentamos, y en medio del silencio, de los árboles, y del gomero gigante, planta que según tengo entendido puede ser considerado como árbol cuando ya es grandote, disfrutamos de nuestra merienda a eso de las cinco de la tarde, cuando los rayos de nuestra estrella amiga caían sobre nosotros más oblicuamente de lo que lo hacían tan sólo un par de horas atrás, entrando, tímida, pero juguetonamente, entre el ramaje frondoso de las copas de los árboles. Estaba rico el kuchen, se notaba la buena mano, y estaba rico el jugo, aunque era de fábrica. Besos, caricias, un momento de ensueño. Si hace dos días estaba solo disfrutando de un escape necesario, ahora hacía partícipe a mi novia de aquello que hubiese sido muy egoísta de mi parte dejar tan sólo para mí. Y soñamos, soñamos ambos con lo mejor de la vida. Una parcelita, no muy grande, pero linda, en medio de un bosque vasto, con hermosa vista a la cordillera, acompañados de un perro fiel, como en la canción “Me & You and a dog named Boo”, los dos lejos del mundo, alimentándonos de nuestro amor, sin necesidad más que de nosotros mismos. Así, en medio del verdor esperaríamos la muerte y abrazaríamos el infinito. Soñar, soñar, soñar. Ese día vivimos en un sueño, por un rato, casi lo podíamos palpar. Y si en mi alma hay días que hubiese querido jamás terminaran, ese era uno. Un día feliz, a pesar de todo.


28.

Hay que enfrentar cada día, cada glorioso día que se nos regala. Y no entiendo, ni nunca he entendido, y seguramente nunca entenderé, por qué hay de esos días en que sería mejor no vivir. Imposible desconectarse del todo, imposible hacer una pausa. Cada hora, minuto, segundo, vivido con sombrío entusiasmo. La única solución posible, la muerte, espera sin dar apenas vestigios de su acechanza. Por nuestra mano el camino hacia las tinieblas es uno de radical desconsuelo. La eliminación tanto de lo que achica y empobrece el alma destruye al mismo tiempo cada posible día de felicidad futura. Vivimos, creo yo, al menos en mi caso, como si lanzáramos dados al destino. Un siete, quiero un siete, que salga un siete hoy, mañana nadie sabe. Y entre escapes y vueltas a la realidad de la rutina y la costumbre tejemos la biografía triste, simplona, insignificante de nuestro devenir. Inevitablemente, la muerte espera.

Camino por el mar de gentío. Es tiempo de elecciones presidenciales, y de las otras. Senadores de aquí, diputados de allá, "corazones valientes", "gente de palabra", "gente que vale", "gente jugada”, "gente que quiere un mejor país". "Alas para todos", "confía en mí", caras sonrientes, políticos insidiosos, "ahora te toca a tí". Sí, tí con acento en la i. Lavín, el candidato de derecha, no sabe, al parecer, que la palabra ti nunca lleva acento. Aquello no impide que quiera darme alas para volar como un ángel idiota. Más empleo, más educación, menos delincuencia. "Juntos podemos", declama Hirsch, un tipo de izquierda, a pesar de tener cara de cuico. ¿Qué diablos podemos juntos? Irnos a la chucha, eso es lo que podemos hacer juntos. Palabrería insulsa, infantil, demagoga, inservible, diseñada para convencer al imbécil. Los carteles de la campaña publicitaria que más me dan risa son los que proclaman por el fin de la cesantía. Como si no hubiera trabajos debido a que los empresarios u otros demandantes de fuerza laboral fueran gente mala. El empleo no alcanza para todos. Esa es la verdad. Esa es la cruda verdad. Pero nadie la va a decir, nadie dirá jamás la verdad de las cosas. La verdad no aporta votos. Lo importante es llegar a la presidencia, o a cualquier otro lugar de privilegio político. Y no importa solucionar los problemas de la gente, importa ganar dinero con el asunto. Para eso se hace necesario vender ilusiones. A mí no me convence ninguna postura, ni la de los de allá ni la de los de acá, ni la de los que están en el centro de los que están tanto allá como acá. Simplemente no creo en la política, ni en los políticos, ni en toda esta gente que jura de guata y grita a los cuatro vientos que tiene la solución. No existe la solución. Nada ha cambiado, nada cambiará, todo seguirá igual. El rico será más rico, el pobre más pobre y la clase media que no es ni uno ni lo otro sostiene al sistema para que ricos y pobres sigan existiendo cada vez generando mayor brecha entre ambos. Habrá algún iluso que querrá cambiar el mundo, que querrá hacer algo por la humanidad. Adelante, es un basural gigantesco este mundo y tienes cinco continentes para experimentar nuevas ideas. No creo en las soluciones. La verdad, insisto, es más cruda que todos los males y terrores imaginables... como inimaginables. Cada vez más gente, cada vez más hambre, cada vez más locura. La solución, la única solución, tan solución como la muerte por la propia mano en el caso individual, es la extinción y obliteración de la raza humana a través de una guerra nuclear que nos pulverice a todos y mande a este mundo al mismo infierno de donde se gestó. Pesimista, ya lo sé, es pesimista. Pero es la naturaleza del hombre. No es cuestión de pensar positivamente. Positivamente nos vamos a ir a la cresta todos... de todas maneras, sí, más que seguro que sí. No entiendo tantas caras sonrientes, por todos lados. Me asaltan por todas partes, carteles, carteles y más carteles. Más allá, en una esquina un tipo flamea una bandera de una tal tipa que parece postula a diputada. ¿Cuánto le pagarán a ese compadre por hacer aquello? Está solo en la esquina haciendo el loco, el ridículo. Debe estar muy necesitado de dinero. Un poco más allá un grupo de jóvenes de unos veinte años en promedio, toma su almuerzo en una plaza. Están todos con poleras de otro candidato. No sé quién es. Da lo mismo. También deben flamear banderas. Es época de elecciones. La ciudad se ve infestada por miles y miles de pancartas políticas. Plaza Italia es un fenómeno. Todas estas caras sonrientes. No puedo evitar fruncir el seño. Pueden hacerlo, tienen el poder, pueden pegar y ubicar sus carteles por todos lados. Y no es sólo Santiago, también en otras ciudades, hasta en las localidades rurales. Este es mi Chile. Es noviembre, las elecciones son en diciembre, por supuesto, antes de la Navidad. Navidad, ya se siente el espíritu navideño. El viejito pascuero del norte, en su trineo para la nieve, que además vuela, ha de dejarse caer al sur del mundo mientras caen los patos asados. Las estanterías se llenarán de cosas para comprar y regalar. La gente se volverá loca comprando, aunque no tenga dinero. Empezará a pagar en marzo, gracias a las tarjetas de las casas comerciales. Nadie escapará. Cada ciudadano dejará su ofrenda a los pies del altar. Nadie dejará de entregar su ofrenda en las arcas repletas de oro de las casas comerciales. Es el cumpleaños de Jesús y hay que despilfarrar y celebrar la doctrina de pobreza, humildad y solidaridad... y hay que amar al prójimo comprando huevadas. Comprar, comprar, comprar, más y más y más hasta hacer reventar nuestras tripas repletas de consumo. Basta, basta, basta. ¿Hay algún pasaje para la luna?

Son días de felicidad los anteriores a Navidad. La fiesta de los niños, por definición. Todos felices. La familia se reúne, se visitan los parientes, esos que se ven únicamente en Navidad. Hola cómo estás. Bien, y tú. ¿Cómo va la pega? ¿Y, cuando te casai? Ya estaría bueno que te casaras ¿no? ¿Acaso no piensas tener hijos algún día? Un día al año, se come bien, no me quejo. Y se celebran algunos acontecimientos dignos de nombrar. Tal primo hizo tal cosa, como terminar una carrera universitaria. Tiene que ser universitaria, si no, no hay mención del título. Así es, al menos en algunas familias. Me han contado. No todos hemos hecho algo grande, interesante para los demás, aunque sea tremendamente interesante para nosotros. No importa, la generación anterior lleva la batuta en estas fiestas. Pasamos a la mesa. Cada uno se sirve. Hay pollo, hay carne, hay pavo, hay lechuga y hay coliflor. Hay vino, hay cerveza, hay papas y hay mayonesa. Los estómagos se hinchan, las sonrisas se hacen más amplias, las historias más entretenidas. Es la familia chilena reunida.

Recuerdo, como recuerdo tantas cosas insípidas, la última de esas reuniones. En diciembre se cumplen tres años de aquello. Llegué sin ganas. Estaba triste, por no decir deprimido. Sofía, mi novia, con la cual volví hace un par de meses, me había dejado en septiembre, más o menos como para el Día de la Independencia de Chile. Yo estaba muy triste, deprimido en realidad. En esa época estaba cesante, como ahora lo estoy de nuevo, y no andaba con ganas de reuniones familiares. Llegué sin ánimo al departamento de un tío, hermano de mi papá, que estrenaba su nuevo inmueble en Valparaíso. Lindo lugar, con vista al mar, enclavado en uno de los cerros de Valparaíso que dan más hacia Viña del Mar que para el puerto. Noté que no me sentía bien desde el principio. Nunca antes me había sentido así en reuniones familiares. Era como si presintiera que sería la última, o como si en mi fuero interno deseara que eso sucediera, que fuera la última de una larga serie de reuniones todas habiendo dejado ese sabor agridulce que tienen las cosas y situaciones que no están del todo bien a pesar de no estar del todo mal.

Estando todos ajenos a mí y a mi situación sentimental -al mismo tiempo que yo estaba ajeno a cada una de las vicisitudes de mis familiares, ya que, seré justo, nunca me han importado un miserable comino, a pesar de no tener claridad de por qué jamás les he cobrado genuino afecto- pretendí pasar inadvertido y sosegar el espíritu con algunos tragos. Antes de sentarnos a la mesa, mi padre, como suele hacerlo en situaciones similares, quiso expresar unas pocas palabras. Entre otras cosas exaltó a mi hermana que había publicado un paper en una revista científica en Estados Unidos. Siguieron, luego de finalizada la pequeña declamación, algunas otras palabras de algunos tíos y tías. No recuerdo que hayan hecho mención de algún logro importante de sus respectivos hijos. Lo que si recuerdo es que nadie mencionó nada sobre mí. Me sentí insignificante. No era envidia lo que sentía corroía mi espíritu, sino el saberme no publicado. Una revista científica. Interesante. Algún día me publicarán a mí en una revista, pensé en aquel momento. Sí, publicarán algo, no lo sé aún, pero algo publicarán, entonces, en otra reunión familiar, se mencionará el hecho. Pensaba así, pensaba mal, pensaba huevadas. Daba lo mismo. Sofía me había dejado, mi corazón sufría una enormidad, pensaba en pensamientos abstractos y lúgubres, pensaba en matarme, en terminar con todo, y a nadie le importaba un carajo. Nadie, por lo demás, podía leer en mis ojos, estos ojos que están acostumbrados a descubrir la miseria y fealdad detrás del velo de las hipocresías. Yo, por mi parte, nunca expresé gran cariño por toda esa gente a la cual estoy vinculado sanguínea y genéticamente. He sido frío, muy frío. Lo sé. Pero sólo he sido honesto. Mi corazón se abre sólo con las almas receptivas, sólo con aquellas experiencias de vida en las cuales descubro verdadera compenetración. Mi familia, todos, o casi todos, creo yo, o percibo yo, son de otro lugar. Está bien, está muy bien. Yo aquí, ellos allá. Así es y no quiero cambiar nada.

Dicen que cada uno recibe lo que se merece. Entonces yo no merezco nada, al menos de esa institución tan arraigada aquí en Chile que es la familia. No quiero reencuentros, no quiero nuevas veladas, nuevos momentos de convivencia, aunque la comida sea buena. Quiero, alguna vez, pronto, quizás esta Navidad, celebrar solo en una pieza alumbrada con velas. Mi novia, Sofía, querrá verme ese día, posiblemente. Yo y ella, y un par de amigos, esa es mi familia.


29.

Avanzando hacia el norte desde la comuna de Ñuñoa, por Avenida Américo Vespucio, esa maldita avenida que da la vuelta a Santiago y que lleva el nombre del navegante y cosmógrafo italiano, se llega a un lugar que se llama La Pirámide. Hay un cerro allí que se llama así también, todo en honor a una pequeña pirámide, un pequeño monumento de no más de dos o tres metros de altura a la memoria de un tal O´Brien. Leí la inscripción pero sólo recuerdo que se trataba de un tal O´Brien. No, no un Brian, ni un Brayan, ni tampoco un Briatan, ni Brayatan, como suelen los de clase baja llamar a algunos de sus hijos varones. ¡Brayatan anda comprar el pan cabro de porquería! Ya lo estoy escuchando. A la izquierda se puede avanzar por un camino que entra al Parque Metropolitano, del cual dicen que es el "verdadero pulmón verde de la capital chilena". A la derecha hay otro camino, uno que bordea el cerro La Pirámide, cerro que está a 773 metros sobre el nivel del mar según rezan los mapas. Más allá se divisan dos cerros claramente. Son Las Canteras y Del Carbón. De no haber buscado en un mapa de Santiago jamás hubiera dado con los nombres de estos accidentes geográficos. No son cerros anónimos, tienen nombre.

Avanzando por el camino que bordea los cerros se desciende a través de un hermoso paraje donde están construidas algunas adorables casitas, todas presuntamente de gente de dinero. A la izquierda, el sector de Huechuraba. Se ven algunos modernos edificios, algunas casas grandes. Me imagino que debe ser el sector más acomodado de Huechuraba. No tenía idea que existía uno. Al final del camino, que se recorre en no más de diez minutos y que va en bajada la mayor parte del tiempo, se sale a Avenida El Salto. Aquí ya no se ven lindas casas. Aquí ya no se ve nada lindo. Tampoco se trata de la cosa más horrible del mundo, pero las casas, las calles, las miradas de los transeúntes y básicamente todo lo que allí posee algún tipo de exhalación humana pareciera ser avieso o al menos desconfiado. Muchos Brayatans deben vivir por aquí. Atrás he dejado a Las Condes, la comuna rica de Santiago, de Chile; la comuna de la felicidad, de los pelos rubios, de los autos de lujo, de los ricachones, de los que mandan, de los que dejarán herencia. Dos mundos radicalmente distintos separan los cerros de la ciudad. Uno de opulencia, hermosura, tranquilidad y de sensación de seguridad y otro donde ya no se ven edificios altos, ni mansiones, ni niños rubios, ni turistas. Esta diferencia tan grande como la de la noche con respecto al día me produce una sensación extraña. Siendo yo de una clase social que está en la mitad entre ambos mundos me pregunto qué extraño juego del destino me liberó de lo que es mucho más fácil de ser en Chile y Sudamérica... un atorrante. Allá se ven algunos. Tienen cara de patos malos. Nada que temer. No ando vestido como cuico y mi pelo no es rubio. En cierta manera estoy también vestido como un atorrante. Mi buzo, gris, mi polera negra, no me delatan como un cuico de Las Condes. Y no lo soy. No creo que me asalten estos picantes. No creo que quieran mi bicicleta. Por precaución apago el personal estéreo. No, no es un pendrive ni un maldito iPod. Necesito tener todos mis sentidos en alerta, por si acaso sucediera alguna situación desagradable. Nadie se fija en mí. Debe ser porque mi mirada también es aviesa. Estoy perdido, pero al instante el cerro San Cristóbal me da la pauta. Sé hacia dónde tengo que ir pero no quiero ir acortando camino porque no conozco muy bien las calles, nuevas para mí, y no quiero llegar a ninguna población donde me puedan asaltar. Quiero salir a la avenida principal, con más movimiento. Recoleta, que nada tiene que ver con el barrio argentino del mismo nombre. Pregunto a una señora dónde está. Ocho cuadras para allá. Para allá avanzo. Recoleta finalmente a la vista. Ya no me asaltaron. Me dirijo hacia el centro, hacia donde empieza esta avenida. Estoy a la altura del tres mil. Tres kilómetros debo avanzar. Es muy fea esta avenida. Se ve vieja, curtida por el sol, miserable, huraña, como sus habitantes. Paso por el Cementerio General, lugar donde muchos santiaguinos van ir a parar una vez que dejen de exhalar el triste aire de la existencia fútil. Me paseo por el cementerio en bicicleta, definitivamente algo nuevo para mí. Hay mucha gente. Debe ser porque es domingo. Mucha gente acude a visitar a sus deudos. La mayoría es gente humilde. He estado aquí antes. He estado en otros días de la semana y con mucho menos gente. Hoy hay más gentío del que me gustaría. No creo que estén descansando los muertitos. Gente muerta, gente que ya no es, gente que no puede expresar de ninguna forma nada de nada. ¡Qué desconsuelo! Yo también estaré aquí o en otro cementerio al final del camino. Espero no me vayan a poner una maldita cruz encima. Ya no podré avanzar por entre los muertos, seré uno de ellos. ¿Avanzaré entre los vivos? La muerte, maldita y bastarda arpía sin corazón. Estoy vivo. Me alegra la sensación de saberlo tan bien. Este lugar me hace sentir vivo. Acudo seguido a los cementerios, especialmente a éste, el General. Cuando me siento agobiado por las inevitables vicisitudes de la existencia me gusta rodearme de las lápidas de todos aquellos que ya no tienen de qué sufrir. Siento un poco de envidia, pero no quiero hacerles compañía aún. Mis deudos. Nunca los visito. Mis dos abuelos y una abuela. Nunca los visito. Debiera hacerlo y preguntarles cómo lo hicieron para no volverse locos. Tengo que visitarlos. Probablemente este deseo quede sólo en eso, en deseo, como tantas otras cosas que se dicen pero que nunca se hacen. Los políticos saben mucho de eso.

Salí del cementerio por la entrada principal, la que da a Avenida La Paz y donde se encuentra el Servicio Médico Legal, frío lugar dónde se investiga, por general, todo tipo de atrocidades, desde suicidios hasta agresiones sexuales. Sexología Forense señala una flecha. El sólo nombre da escalofríos.


30.

Es un hecho que algunas de mis reacciones sean consideradas algo irracionales, por no decir que totalmente irracionales. Ni siquiera yo comprendo muy bien los mecanismos internos en juego que desencadenan la secuencia de malentendidos y franco desentendimiento entre mi persona y ciertas otras. La situación es la siguiente. De un día para otro quedo sin trabajo, mi familia achaca la culpa en mí, se ofrece ayuda y ese gesto despierta en mí un odio tan profundo y una violencia interna tan radical que me dan ganas de romper cosas. Hay cosas que me revientan. La supuesta ayuda, los consejos, cosas que lamentablemente vienen sin previo aviso y sin ser solicitadas... no me agradan. Y menos ayuda resulta que otros establezcan a priori cómo es el estado de ánimo de uno. El colmo es la palabra condescendiente. "Es que estamos preocupados por ti". Me enferma. Lo que detesto más que nada es que refrieguen en tu cara que no estás en posición de "ponerte choro" y que "no debieras picar la mano que te alimenta". Odio la sensación de estar en posición de subyugación frente a esta gente que supuestamente nos quiere ayudar. Su mejor ayuda no es ninguna y su mejor presencia es la lejanía. Me enferma todo esto, y ciertamente me siento enfermo y asqueado con tener que vivir estas humillantes situaciones. Todas las desavenencias y malos entendidos, todas las conversaciones que parten como tales y terminan en discusiones, todas las situaciones que agitan mi corazón y realzan mi odio a niveles que en verdad me asustan porque no ha sido mi elección odiar, sino más bien considero que me han embobado la mente en demasía, tienen su raíz en la infancia. Es entendible el desentendimiento actual ya que no es más que una consecuencia de antiguas rencillas y cicatrices que jamás han de cerrar.

No hay nada más humillante para un hombre que el consejo no solicitado. Este, más que apuntar a alguna solución sobre lo que sea que sea el problema en cuestión, sitúa a una parte por encima de la otra, menoscabando al que se le considera débil.

Me siento asqueado. Asqueado por tener que vivir estas humillantes situaciones. Asqueado y con deseos de vomitar. Tengo que salir a orearme un rato. Necesito aire y necesito despejar mi mente.

Tengo que salir.

El aire, el sol, el mundo, por un rato, son mis amigos.




Las buenas intenciones, aquellas que pueblan el camino al infierno saltan en mi camino personal hacia él. El problema no es fracasar, el problema no es caer, el problema no es retorcerse en la desesperación y la angustia. El problema son todos aquellos que están allí para recordarnos que somos nada. Y es la verdad. Yo ya la sé y no necesito que me la recuerden. Si fuera alguien no estaría aquí en esta posición de subyugación despreciativa. Se me exige respeto, se me exige respeto. Ese maldito respeto amparado en el miedo. Obedece las reglas, acepta tu condición de allegado, ten miedo y respeta o si no voy a exigir que te vayas. ¿Irme dónde? Irme a la calle. Esta conversación la he tenido antes. Esta situación la he vivido antes. Es la historia que se repite. Y ni siquiera la hermosura del día resplandeciente que se indigna en presenciar el desmoronamiento moral de seres despreciables puede salvar el vacío que deja mi soledad.

Un día estoy trabajando, me pagan dinero, buen dinero, puedo vivir, puedo comprarme la cerveza. Al otro ya no estoy trabajando, se pierde el dinero, se pierde el poder. Se vivía subyugado, pero se pagaba bien la subyugación. Hoy ya no hay dinero, la jefa ya no molesta, ya no puede molestar, pero aparecen nuevos actores, que son los mismos de siempre, pero que habían estado silenciosos. La familia, la maldita familia, que por entregar una cama, un techo y comida se cree con el derecho a fastidiar. Y nadie me está pagando nada por soportar tanta humillación. Estaba mejor antes. Debí haberlo meditado mejor. Volver a casa y tener que ver a los padres, tener que dar explicaciones, tener que soportar toda su mierda. Alcancé a volar, pero no lo suficientemente alto. Estoy en el hogar de los padres porque no tengo a dónde ir. Con suerte saldré de aquí de nuevo dejando para siempre estas murallas traicioneras y este mundo en podredumbre. Con suerte ya no tendré que escuchar más la voz impetuosa de quienes quisiera callar. No puedo, no puedo. Ya no tengo el poder. Soy un pedazo de mierda. Y todo esto es una mierda. Hoy definitivamente debiera salir a andar en bicicleta. Hoy definitivamente quisiera irme más lejos que nunca antes. La rueda trasera está pinchada. Todo mal, como lunes. Hoy es lunes, y el día es una mierda.


31.

Una pequeña muerte, un viaje a cualquier parte. La siesta repara mis cansados miembros empero más lo hace con mi mente, liberada por unas cuantas horas de su pesada e inútil carga. Se desconectan los sensores, se deja atrás cada malsano pensamiento, cada confusa idiotez. Al despertar nada habrá cambiado, a pesar de que puede ser que el corazón esté más apaciguado. Es posible que eso en realidad haya sido un cambio para mejor. La realidad circundante mantiene su mirada torva. Por el momento hay silencio y nadie a quien odiar directamente. Hora de zapping, mientras observo la cordillera que aún no se deshace de todas sus nieves, situación que inexorablemente ha de ocurrir en la medida que muera la primavera y llegue el verano con su calor infernal. Más allá, donde no alcanza mi visión, están las nieves eternas. Pero estos cerros más cercanos no poseen la altura necesaria para cubrirse con nieves eternas. Como algunos seres de la especie humana, carecen de suficiente poder como para mantener sus posesiones intactas, como yo, incapaz de mantener un flujo de dinero constante. Yo soy como esas montañas altas pero no tan altas, las que tienen nieve en primavera pero no en verano, insignificantes frente a los verdaderamente imponentes macizos cordilleranos.

32.

Existe la fe debido a que la realidad es tan asquerosa, tan plagada de miserables momentos que de algo hay que aferrarse. Muchos traducen la inherente desesperación humana a través de la creación de un Dios y de un lugar paradisíaco que espera sin importar lo tortuosa que haya sido la vida terrenal. Mucha gente necesita creer en aquello. Es el placebo de las masas, el cuento infantil para los grandes. Aquí estoy, sentado, asqueado, vacío. ¡Si todo el universo conocido no es más que vacío salpicado aquí y allá por polvo cósmico, planetas, estrellas, cometas, meteoritos, todo un conjunto de materia bailando en un mar infinito de espacio vacío! Los astrónomos seguramente me corregirían y dirían que el espacio no está vacío, sino que está lleno de fotones, todos emanados de las estrellas. ¿Por qué las vidas humanas habrían de escapar del destino de la materia? ¿Un Dios piadoso encargado de guiar nuestras vidas? No lo creo.


33.

Al acallar la horrísona canción de lo externo queda en el aire no más que nuestra propia melodía, la única que en muchas ocasiones queremos escuchar. Alrededor, la bulla ensordece.

34.

Yo vivo cerca, muy cerca, extremadamente cerca, a menos de una cuadra, de mi antiguo colegio. Allí estuve tres años, los últimos de la enseñanza media. Desde mi balcón se escucha el sonido característico de niños jugando. Es la hora del recreo, se escucha música, es el grupo argentino Miranda! Es lo que está de moda en el año 2005. Mi último año de colegio fue 1989. Han pasado dieciséis angustiosos años desde que dejé el colegio, desde que salí del lugar que supuestamente me había preparado para enfrentar el mundo. Parece que no hicieron bien su trabajo los profesores que allí enseñaban. Quizás, al igual que yo, eran lisiados y no podían enfrentar el mundo tampoco. No, no creo que me hayan preparado. ¡Ya me di cuenta que mi panoplia es débil! No, no, no, en esta guerra no tengo ni un fusil. 1989, eso parece como si fuera hace mil años. En 1989 no existía Miranda!, escuchábamos rock latino y música anglosajona que ahora se la considera clásicos de los ochenta. A las muchachas les gustaba INXS, lo recuerdo. Y los muchachos escuchaban GIT o GTR. Yo no escuchaba esas bandas. Prefería Slayer y Metallica, aunque también DRI y SOD Vaya con las bandas de siglas. Festival de rock y pop con INXS, GIT, GTR, DRI y SOD. ¡Que idiotez!

Hoy el colegio está donde siempre, y mi balcón también. Y yo estoy donde siempre, de dónde escapé por un rato, sólo para volver. Podría haber salido del colegio ayer, da igual. Dieciséis años, dieciséis años de tortuoso andar. Estoy más viejo, más curtido, más marchito, con esos casi treinta y cinco años que lo único que hacen es recordarme sobre mi mortalidad, sobre mi fracaso, sobre mi inutilidad. Me imagino yendo al colegio ahora para conversar con los alumnos, los más grandes, los que ya conocen de desventuras, con los alumnos de la enseñanza media. Me gustaría decirles que lo que les espera allá afuera no será muy lindo y que sólo unos cuantos harán de sus vidas algo de importancia, algo que trascienda. ¿Todo lo importante debe trascender? La mayoría no logrará más que respirar, defecar, procrear y morir. Aunque debo reconocer que hay mucha gente que no quiere hacer más que eso. Supongo que son como los caracoles en el acuario en la casa de la amiga de Sofía. No, definitivamente muchos jamás se harán preguntas sobre nada y comprarán Las Últimas Noticias para saber sobre la farándula chilena y verán los programas idiotas de la mañana en que hablan sobre lo que pasó en la teleserie de la noche anterior. Todos perseguirán la felicidad, aunque sean idiotas muchos de ellos. Muchos no la encontrarán jamás, cayendo rendidos antes de tiempo. Algunos se suicidarán, algunos sufrirán terribles designios, algunos en dieciséis años más mirarán al igual que yo el mundo pasar. Estos niños son los hijos de alguien. Me imagino que alguien los querrá. No entiendo por qué lo harán. Se acabó Miranda!. Se oye la voz de un adulto a través de un altoparlante. Pareciera que más que un recreo se trata de algún tipo de celebración. Celebran, quizá, inopinadamente, el fin de la inocencia, el fin de la felicidad, el fin de la paz. Sólo los niños son felices, aunque no todos. El mundo es un hervidero de amarguras, una cantera de desilusiones que pesan toneladas sobre nuestras frágiles espaldas. Se acaba la infancia, hay que ir a la cantera y cargar con nuestro pesar.

35.

Paseando por los canales de televisión del cable, entre las paradas en Los Simpsons (que en Chile el canal Fox, que transmite la serie, ha suprimido la "s" final para quedar simplemente en Los Simpson) y otras series, documentales y una que otra cosa medianamente interesante, incluyendo las noticias nacionales, me detengo, no por primera vez, puesto que esta debe ser la enésima vez que dan la película, en The Naked Gun, o La Pistola Desnuda en castellano, o ¿Y Dónde está el Policía? también. Este último nombre es por el cual se conoce la película al menos en Chile. Aquel nombre nace de otra película muy divertida y famosa que en inglés se llama Airplane!, pero que se conoce, nuevamente en Chile, como ¿Y Dónde Está el Piloto? Parte del equipo directivo de esa película participa en The Naked Gun, de ahí la brillante idea de haber promocionado la película aludiendo a esa divertidísima comedia, considerada, no sin fundamento, como una de las diez mejores películas de humor de la historia. Estoy de acuerdo. The Naked Gun no se queda atrás. A mí me gusta mucho. Y cada vez que la veo, aunque no sea desde el principio, me río siempre. Me hace reír incluso en momentos tristes. Y la canción de Randy Newman, "I Love L.A.", que aparece en la cinta durante el partido de béisbol, me produce una extraña sensación de bienestar. Es una película estupenda, para "cagarse" de la risa, como diríamos en buen chileno. Uno se olvida de las complicaciones, por un rato. Bueno, eso es lo que hacen las películas. Alex de la Iglesia, el director español, lo ha dicho: "La gente va al cine para olvidarse del mundo por dos horas". No sé si lo dijo exactamente así, pero la idea era esa, la de evadirse. Siempre hay cine, siempre hay películas. La necesidad de evasión mundial debe ser muy grande. ¿Podrá medirse tal cosa? Se puede medir cuántas calorías consume un pueblo, ¿podrán medir el nivel de evasión que existe por país? ¿Nos evadiremos más los chilenos que los argentinos? Son preguntas. No tengo idea si alguien ha de responderlas algún día. Al menos yo no me sumaré a la causa de averiguar. Yo hago las preguntas, pero no doy respuestas, ¡como los políticos que tampoco dan ninguna solución! Que decepción. Al menos ellos tienen dinero. Yo soy una pobre rata.

La película ha terminado. Son las diez de la noche. De aquí a dormir quedan al menos cuatro horas. ¿Que hacer? Todavía no escucho los mp3 de Voivod. Me los grabó una amiga, son como siete álbumes. Nunca estoy de ánimo para Voivod. ¡Es que es una banda tan densa! ¿Quién cresta cachará Voivod? Podría hacerme del ánimo y escuchar un par de álbumes, o podría salir, un rato, a caminar, mientras escucho Voivod en el personal cd. Dormí siesta en la tarde y ya no tengo ganas de dormir. Esta podría ser una noche larga.

¡A comer! OK, bajo a cenar. Bien tarde que estamos cenando hoy. ¿Tarde para qué? Mañana no me espera ningún jefe en la pega. Tarde, temprano... da igual. Nadie espera en ninguna parte... no, espera Sofía. Ella es la única que espera... y no hay nadie más. Mis padres morirán probablemente antes que yo y quedaré incluso más solo de lo que ya estoy... y... ¡mierda! ¡Ah, no quiero pensar!

Están ricos los mariscos. Al igual que la película, me han subido el ánimo. También el vino. Los mariscos llegaron de sorpresa. Harto limón, cilantro, cebollita. Sin mayonesa. No está mal. Pero no me gusta el silencio. No es el silencio de día, que aprecio, es el silencio de la noche que indica que están pasando mil cosas entretenidas en millones de lugares todos ellos muy lejos de donde yo estoy. Antes acostumbraba a salir los días de semana con mucha más frecuencia que ahora. Llegaba a casa, descansaba, me cambiaba de ropa y salía. Nunca fui a ninguna parte con chaqueta y pantalón de vestir. Esa era la ropa de trabajo, de esclavo, de sirviente, de peón, ¡de servicial eunuco!, no de carrete, no de la diversión. Recuerdo las veces que después de un día inusualmente duro, se cambiaba el prisma en que se miraba la vida después de un par de cervezas. Daba lo mismo si se encontraban conocidos en mi local favorito. Conocía a los dueños, un matrimonio joven. No éramos precisamente grandes amigos, pero existía una recíproca simpatía que hacía que nunca me sintiera solo en aquél lugar. Incluso les prestaba música y muchas veces hasta podía elegir parte del repertorio en una noche particular. No recuerdo que les haya prestado Voivod. Al parecer Voivod no es cool. Lo pasaba muy bien y olvidaba el mundo. Con dinero en los bolsillos, había cerveza y había comida. No es que sirvieran mucha comida, pero preparaban allí una tabla de queso muy apetecible. No era gran cosa, pero llenaba el estómago de grasa y hacía que las cervezas, o los vinos, dependiendo de la ocasión, dependiendo de la estación, del frío o del calor, no se fueran a la cabeza demasiado rápido, logrando así la sensación de embriaguez paulatinamente. Admitiré que varias veces salí de aquel local bueno para nada aunque siempre supe llegar a casa, no sé cómo. Era como si quedara en mi cerebro siempre al menos una neurona desintoxicada y lúcida capaz de tomar las decisiones correctas luego de que todas las demás se habían puesto de acuerdo en tomar las incorrectas. Vacilante, desconcertado, tambaleante, de todas maneras siempre llegué a casa. Y como con las películas, nuevamente olvidaba el fastidio de lo común, del día a día, de la vulgar, patética y escasamente glamorosa existencia. Un consuelo... no era el único con una vulgar, patética y poco glamorosa existencia. Consuelo de muchos. Es una suerte.


36.

Si consideramos que estamos en una carrera hemos de dar por sentado que el hecho de correr necesariamente implica que podamos quedar a la zaga y perder. Frente a lo inevitablemente gris de la historia, de esta carrera de ratas, the rat race, como dicen los gringos, también podemos parar y salirnos del camino. No competir. Así se dejan de lado todas las grandes aspiraciones de la esforzada clase media, que es la que corre, que compite. Una familia, un hogar, la casa propia y todas esas patéticas ilusiones impuestas por los ricos para darnos un sentido para la vida. Debido a que se nos necesita para el trabajo, la clase media debe tener ilusiones. Gran cosa el departamento comprado en veinte años. Motivo de orgullo. ¡Ah! ¡Si con esfuerzo, tenacidad y fe todo se puede! ¡Vamos que se puede! Así decía un comentarista deportivo por la televisión mientras jugaba el Nico Massú, el tenista, el que ganó la medalla de oro en las olimpiadas. El pudo. Quizá debí haber tomado una raqueta. ¡Vamos que se puede! Estoy harto de estas ilusiones, de estas imposiciones, de estos sueños postizos, de toda la sangre que se exprime y de todas las caras felices. Caras felices en todas partes.

Los folletos de cada posible estupidez vienen con caras felices; los suplementos de las grandes tiendas, los informativos de la Isapre, de la AFP, los folletos de los departamentos nuevos. ¡Y observen los grandes avisos al aire libre que claman lugares donde se construyen sueños! Ahora resulta que uno compra un departamento y la felicidad le cae encima aplastándolo. No se venden departamentos, se vende felicidad. Y todos ríen y son felices en los folletos de viviendas nuevas, especialmente en esos. Los modelos recrear una familia, pero se trata de una familia inexistente. ¿Cuándo diablos se ha visto un padre de dos niños con todos los músculos del estómago marcados y con una esposa rubia espectacular? Falso. Esa familia no existe, pero se vende una idea para convencer a los idiotas de que merecen ser felices. Hasta donde sé el modelo podría ser homosexual, la esposa lesbiana y los niños adoptados. Es un afiche, con fotos de gente riendo recreando una ilusoria, a la vez irrisoria, visión de cosas que no son. Entiendo que se haga todo esto para vender, pero me enferma el hecho de vivir en un mundo de ilusiones, en un mundo de hipocresías, de falsedades y absoluta locura. Odio las caras sonrientes, las odio porque están en todos lados y porque lo que menos hay en este mundo son sonrisas reales de gente real, de carne y hueso. Allí, en lo real, en lo que podemos palpar con nuestras manos y notar que exhala moribundo vaho, sólo hay miseria, desolación, angustia. Los avisos siguen sonrientes, y al girar para mirar hacia otro lado, siento como si por detrás se rieran de mi estupidez y en los rictus plasmaran agriamente la verdadera malicia de este mundo. De todas maneras me compraría un departamento si pudiese, pero por favor, vayan con sus caras felices a sonreírles a vuestras abuelitas.


37.

Hay un lugar privilegiado donde las miserias de la pobreza, la falta de previsión, la descarnada realidad de la inmunda clase media, y los problemas mundanos, triviales, sosos, no se sienten más que como el clamor de una ola lejana eternamente empeñada en socavar los cimientos de las rocas contra las cuales irrumpe con fuerza devoradora e inmisericorde. Me acerco a la ola y la veo venir, de nuevo, como siempre, me alejo, no la quiero ver. Conozco muy bien su impetuosidad, todas sus mañas, y como a fin de cuentas siempre consigue, aunque sea con penosa lentitud, destruir todo en su marcha. Me alejo, me alejo de su brutalidad, me escondo en el único lugar donde los sueños se pueden hacer realidad y las pesadillas destruir. Me falta esto y aquello. Yo estoy allí para los demás, los demás no están allí para mí. Yo soy la roca que se convierte en arena. Estoy cansado de este mar macabro, ansío la quietud del desierto, donde puedo ser arena sin haber sido jamás roca. Todo está en su maldito y exasperante lugar. El sol, la cordillera, el mar, el viento que no se ve pero que se siente como el sollozo de las almas atrapadas en el limbo, la disposición de las cosas, de todo lo que envuelve mi paraíso terrenal, mi infierno privado, todo está allí. Sin embargo descubro un lugar donde se confunde la realidad con la fantasía. Cierro mis ojos y sueño.

38.

Anoche, luego de comer en un Pizza Hut con Sofía, pasé a mi sucucho cervecero de costumbre, al bar de mis amigos, el lugar donde se adormece la mente y se baña en alcohol las venas que la mayor parte del tiempo transportan la sangre envenenada producto de mil tragos amargos. Era relativamente temprano. Las diez de la noche. Un amigo en la barra me saluda y me informa que otro amigo había pasado al local preguntando por mí, que se había ido pero que volvería. Me andaba buscando. Seguramente, pensé yo, para ir a beber a otro lado, seguramente a otro sucucho de mala muerte, uno que conozco muy bien y donde este tipo gusta ir con frecuencia y dónde lo conocen como si fuera parte del inventario. He ido allí con él antes. Seguro que me andaba buscando para ir para allá de nuevo.

Pedí una cerveza, me quedé en la barra, conversando con mi amigo, el que me había dicho que otro amigo me buscaba. Llamemos a este el amigo X y al que me buscaba el amigo W.

Al lado de X estaba una niña que conocía. La había visto antes, varias veces. Trabaja en otro pub, y en su tiempo libre acude a este otro para relajarse. Divertido. Es como si uno trabajara, digamos, en una oficina contable y en el tiempo libre se fuera a divertir a otra oficina contable. ¡Y claro, con lo entretenido que son los contables y sus oficinas! Muy atractiva, pero sin nombre, ni siquiera un sobrenombre, la saludo. No sé como se llama, a pesar de haberla saludado con anterioridad. Da igual. Una de las cosas lindas de los lugares de distensión es que no importa como cresta se llama cada uno, sino el hecho de estar allí todos para olvidarnos del mundo por un rato, como dice la canción de Billy Joel en Piano Man, aunque en este bar no tocan Billy Joel y jamás lo tocarán. Aquí Billy no es cool. Ni siquiera lo es durante los jueves ochenteros. Aún en esos días no hay Billy Joel, pero sí Cyndi Lauper. La gorda Luciana estaría feliz, esa, la de mi ex pega, la del trasero más grande que un portaaviones. ¿Cuántos aviones habrán aterrizado allí?

La niña esta, que llamaremos Z, conversaba con los dueños, un joven matrimonio, sobre unos tragos que podrían empezar a ofrecer e incluir en la carta. Al poco rato llega W. Nos saludamos. Me dice que como he estado y qué me había hecho, y por qué no me veía hace rato en el sucucho, etc, etc. Incluso me dijo que me había extrañado. Me pareció curioso. ¡Alguien me extrañaba! ¿Podía ser aquello sincero? Aquello me produjo cierta satisfacción. Era como si mi existencia le importara algo a alguien más allá del círculo de la familia directa, de los amigos más cercanos, de la novia. Efectivamente quería ir a beber a otro lado. Obvio. Claro, quería ir a beber al bar K. Quería ir para allá y andaba buscando a un socio para que lo acompañara. Yo pensaba: "¿Y qué malo tiene este bar donde estamos ahora?" Pero no, el tipo quería ir al bar K como si allá lo esperaran siete conejitas de Playboy para acostarse con él.

Antes de partir nos tomamos unos combinados de ron, para subir un poco el veneno que tan suave viene en la cerveza. A eso llegaron unos tipos con unos carteles. Eran promotores y querían dejar en el local afiches de una banda que iba a tocar en Santiago en diciembre. No ubicaba a la banda. No me importaba tampoco. Tantas bandas, una más, una menos, daba igual. Así pensaba al menos esa noche, que no quiere decir que piense así siempre. Además, al preguntar sobre ellos, los tipos promotores me dijeron que tipo de música tocaban y en realidad no me interesé en lo más mínimo. Estos tipos conocían a W. Uno de ellos era gordo, y tenía la típica cara de promotor de bandas de rock o de manager. Empezó a contar historias de un viaje que hizo a un lugar cerca de España. Una isla. Lo había pasado muy bien. La conversa se puso entretenida y pasó al menos una hora antes de que finalmente partiéramos yo y W en los asientos traseros del auto del gordo hacia el famoso local o pub, o lugar de mala muerte K. Nos pasaría a dejar ya que el bar quedaba en la dirección hacia su casa. Buena onda.

K es un lugar entretenido, mucho más grande que el bar de mis amigos donde suelo pasar mis veladas de olvido. En K hay más luz, más espacio y un circo más colorido de personajes que vaya a saber uno de qué cresta viven ya que por aspecto dan la impresión de salir a la luz del día sólo cuando esta ya empieza a ceder. Tipos tatuados, chascones, otros con gafas, otro allá con una ridícula jardinera dándoselas de especial con una rubia regordeta de barrio cuico que seguramente viene aquí sólo para dárselas de rebelde. Cervezas por todos lados. La bebida del pueblo. Nada muy fino se está bebiendo, aunque en la barra hay gran diversidad de tragos. Pido una cerveza. La próxima la ha de pedir W. Nos acercamos a una mesa donde lo espera un amigo. Ya lo han saludado al menos cinco personas. Es conocido el tipo, y yo, bueno, para nada, pero no me importa. Sabiendo que cuando empieza a llover cada uno se refugia en su propia guarida, he valorado con el tiempo mucho más las amistades que perduran más allá de un litro de cerveza. Una cosa son los amigos y otra los conocidos. Y tiene muchos conocidos este tal W. Me alegro por él.

Finalmente nos sentamos en una mesa donde están varios amigos de W. Uno de ellos es un rucio con pinta semejante a la del vocalista de Metallica, James Hetfield, con cierta aura de buena onda. Hay también un pelado chascón, de esos que tienen amplia frente pero el cabello largo atrás. Lo tiene en un moño y luce unos tatuajes amplios de cosas tenebrosas que recorren ambos brazos. No me simpatiza. Es de esos tipos que de buenas a primeras no simpatizan para nada. Algo de malicia reflejan sus ojos, su semblante. Podría ser un asesino en serie hasta donde yo sé. Me lo imagino degollando a una mujer y luego violándosela. Sus ojos son de psicópata. No me agrada, definitivamente. Hay otro chascón. Tiene la cara con un dejo de idiotez evidente. De pequeños ojos, no muy distantes unos de otros, de estúpida sonrisa, todo en él refleja pequeñez, tanto de espíritu como de intelecto. No me cae mal, pero es un idiota. Reconozco inmediatamente su idiotez. Habría que ser un idiota como él, un simpleton, como dirían los gringos o un siútico, para no percatarse de la más que evidente falta de luces de aquel pequeño pedazo de mierda en forma de humano que bebe cerveza y conversa con los otros amigos y con las dos damas presentes. Estas no me conceden siquiera una mirada de reconocimiento. Da igual puesto que no son muy atractivas. Me pregunto qué diablos pensarán de mí, el extraño que trajo W. Y yo no entiendo por qué W quería venir aquí conmigo si conoce a medio mundo. Claramente no me necesitaba para hacerle compañía. Quizás me necesitaba para hacer del viaje en taxi más barato. ¡Pero si llegamos en el auto del gordo! Bueno, seguramente, de haber sabido W no me hubiera buscado. Da igual. En realidad da exactamente lo mismo.

Una de las niñas es gorda, pero con cierto atractivo en la cara. Tiene la mirada perdida, como esperando que pasara algo divertido, como preguntándose por qué pierde tiempo con los idiotas. La otra niña es una flacuchenta escuálida, hética, no muy linda, blanca como pantruca, sin gracia, vulgar, una cualquiera.

Esta muy aburrida la cuestión. No entro en onda, no me interesa entrar en onda. Esta gente no me agradó mucho. Hay algo tremendamente vulgar repetido en sus rostros, y aunque Ptah-Hotep, gran visir en tiempo del faraón Isirá dijo que un buen consejo puede llegar incluso de la esclava de un molinero, no creo, sinceramente, que ninguno de los idiotas presentes me ilumine con nada más que una sonrisa falsa. Definitivamente el bar de mis amigos estaba mejor. Para más remate luego debo irme en taxi y gastar dos lucas. Mierda. En fin. Yo sabía a lo que iba. Pero jugando al destino pensé también en ir a ver que diablos pasaba en K.

En otras mesas se repetía el espectáculo pintado en la nuestra variando sólo algunos matices. Gente, hombres y mujeres, entre veinte y treinta años, bebiendo cerveza, hablando estupideces, o quizás no. En una tarima hay un televisor, asumo, que para dar efecto multimedia a ya un variopinto espectáculo de decadencia y vulgaridad. Están pasando la película Top Gun. Nunca la vi. No sé si la voy a ver algún día. Recuerdo la canción "Take My Breath Away", del grupo Berlin, igual que la capital alemana, igual a esos pastelillos que vendían en el colegio y que sólo los compañeros que venían de las mejores familias podían costear. Yo compraba Super 8. No me alcanzaba para los berlines. Por supuesto que la película que están pasando por la tele en un canal del cable nada tiene que ver con la música de fondo. Guns ´N Roses, Paradise City, del Appetite for Destruction. Luego Girls, Girls, Girls, de Mötley Crüe. Suenan añejos, suenan de otra época, pasados de moda. Al rato Incubus, más moderno. ¿Qué es esta huevada? reclama el rucio con cara de vocalista de Metallica. No cacha Incubus. Yo no quiero hacerlo salir de su desconocimiento. No le gusta Incubus. A mí no me matan, pero al menos sé que es esa "huevada" que están tocando. No me siento tan viejo. Eso es bueno. Se acaba la cerveza compartida. Es hora de que W vaya a comprar una ahora. Se acerca a la barra, no vuelve, me aburro, los idiotas que me circundan me tienen verdaderamente aburrido. Me acerco a la barra. Allí está W conversando con otros tipos, otros conocidos, otros huevones, estos, por suerte, con algo de cara de ser más avispados. ¿Compraste la chela? No, pero la compro al tiro. Y compra la cerveza. Pido un nuevo vaso. Y me escancia la cerveza. Bebemos, al rato ya no quiero más. Me aburrí. Me quiero ir. Me despido de W, de los tipos con los cuales conversa, y me retiro. Suficiente por hoy. Camino un rato antes de tomar el taxi, que busco y que encuentro solamente en una calle principal. El taxista es todo un personaje. Estudia ingeniería en informática pero tiene la carrera congelada. Es bueno para hablar. No para de hacerlo. Me cuenta de su vida, de cómo tiene que trabajar el taxi para pagar dos meses de carrera que debe. Me cuesta creer que sea un estudiante universitario, porque habla como un roto, como un lanza, como un picante cualquiera de la calle. Pero es avispado el tipo y se le nota que es de inteligencia aguda. Seguramente habla como habla porque tiene que hacerse el malo en la noche trabajando como taxista. Me habla de hackear correos electrónicos y cómo con diez lucas puede hackear cualquier correo electrónico. Me dice que puede averiguar si mi polola me engaña. Cosa de pasarle diez mil pesos y el averigua la clave del correo electrónico de la novia. Pienso que no quiero saber si me engañan. Siempre he pensado que hay cosas que es mejor no saberlas. No quiero saber si Sofía me engaña. ¿Qué saco? No soy un paranoico esquizofrénico. El pelado chascón lo es seguramente. Él pagaría las 10 lucas. Si han de engañarme, bueno, que lo hagan. Hay ciertas cosas que no se pueden controlar, y es mejor no saber de ellas.

Llego a casa cansado. En mi cama pienso en todo lo que pasó durante la noche que acaba. La pizza, Sofía, el bar de mis amigos, el otro bar, los amigos, los conocidos, los idiotas bebedores de cerveza del bar K, el taxista, sus mañas computacionales, su acento vulgar y de la calle. El sueño se apodera de mis sentidos, me acoge, me abriga, me sosiega y me hace olvidar. Mañana es otro día. Mañana es otro día.




39.

Como suave tortura de agonizante encanto un día con Sofía calma los demonios internos ahuyentando los temores, terrores, errores y demás desavenencias propias del existir. Juntos en esta gran ciudad, avanzando por las avenidas, por el Parque Forestal, hacia Providencia, hasta donde está la pileta nueva y la escultura moderna erguida en honor a la Aviación de Chile, paseamos yo y Sofía cada uno en su respectivo vehículo a dos ruedas. La brisa es dulce, y se siente como millones de agujas de agua coquetean por el cuerpo refrescando y aplacando el calor circundante de este verano que se viene encima. Es el agua de la pileta que el viento mece. Tomamos un refresco... y un descanso. Dejamos las bicicletas recostadas. La mía luce algunos embates, es como su dueño, la de Sofía es nueva.

Sofía se ha cansado. No está acostumbrada a pedalear mucho. Debe acostumbrarse primero a la nueva entretención. Un poco de práctica y ya iremos más lejos, muy lejos, los dos, a través del mar de indiferencia, a través de los espinosos cercos de la frialdad, a través de las murallas que se leen en los semblantes agrios y las miradas aviesas, en todo aquello que es inmundicia y malsano. Un trago de elixir milagroso es un paseo con Sofía, mi amor, mi ensueño, mi tortura, mi aliento, mi carne, mi mente, mi vida, mi muerte, mi cielo, mi infierno, mi eternidad, mi e t e r n i d a d...

En aquellos momentos en que puedo honestamente decir que soy feliz y que reconozco la felicidad como tal, hasta los demonios de las preocupaciones diarias, de lo inevitablemente urgente que es el poder del dinero, tanto como el deseo de éxito y de prosperidad, mueren en un instante y puedo respirar sin sentir que me falte el aire. No, no soy asmático, sin embargo de todas maneras puedo sentir no pocas veces cómo me ahogo. Tantas variables que considerar, tantos problemas por resolver, tantas cosas en la mente, tanto ir y venir a tontas y locas. De pronto todo desaparece, y la sensación embriagadora de sentirse amado y en compañía llena el corazón de esa cosa llamada felicidad que tantas veces he considerado esquiva y desgraciada conmigo por no visitar la puerta de mi espíritu con la frecuencia que me gustaría. Como perro que se persigue la cola sin jamás alcanzarla, ciegos vamos tras un arco iris que no existe más que en el pensamiento. A veces sin querer encontramos momentos felices, inmaculados, puros, sin siquiera un leve roce de vicisitud. No todo es malo. No todos los días son grises y definitivamente el sol aparece tarde o temprano, y olvidamos todas las veces que las grises murallas de nuestras prisiones mentales se han estrechado, limitando nuestro espacio, como si quisieran hacernos creer que no existe más que lo que ellas contienen atrapadas en su miserable pequeño y recóndito lugar. No todo es gris, y esos momentos de felicidad deben ser atesorados como preciosas gemas de valor incalculable. Yo guardo mis gemas preciosas en una caja de recuerdos hermosos. No es tan grande como la otra caja, la que está repleta de malos momentos, aunque admito que a veces me gusta exagerar sus reales dimensiones. Mi pequeña caja de hermosos recuerdos está guardada en un lugar que morirá conmigo. Yo sólo he revelado que existe. Sofía abarca no pocos momentos dulces que han sido atesorados para servir como alimento para el alma cuando caiga la noche y muera el sol. Y he estado muerto de hambre, de esa hambre que únicamente puede aplacar y mitigar el recuerdo de tiempos mejores.

Volvemos a casa de Sofía, lugar desde dónde empezamos nuestro paseo de algo así como diez kilómetros. Descansamos un rato y partimos a comprar algo para el almuerzo. Está antojada con pollo asado. No está mal. Acompañamos con ensalada. Luego, el infaltable café, para combatir el deseo de dormir siesta, aunque ninguno de los dos está con ganas de aquello. Nuestro próximo compromiso es con una película que nos espera. Arrendamos El Pianista, de Roman Polanski. Mientras hacemos la cama y arreglamos la pieza para que sirva como verdadera sala de cine comento a Sofía que Roman Polanski no puede ingresar a Estados Unidos porque pende sobre él un arresto por supuestamente haber abusado de una menor de trece años y que estuvo casado con Sharon Tate, una mujer que fue brutalmente asesinada por Charles Manson y algunos cómplices en un ritual satánico y que más encima Tate estaba embarazada cuando fue asesinada. ¿En serio? me replica Sofía, y yo le digo que sí, que es verdad, a la vez que me quedo dubitativo y pensando en por qué diablos sé todos esos detalles sobre la vida de personas célebres, sean cineastas o asesinos. Quiero seguir con mi declamación, contándole a Sofía que Charles Manson está vivo y en la cárcel cumpliendo cadena perpetua, pero me reprimo. No necesita saber más, la cama está hecha, el DVD está empezando.

Nos acostamos y arrebujamos con una frazada de otra cama, para no desordenar la que ya está hecha. La película es larga, deprimente, triste, pero magistral. Definitivamente buen cine. A pesar de lo terrible de la historia esta tiene un final feliz. ¿Tendrá la historia de Sofía y yo un final feliz? Curiosamente yo y Sofía seguimos dentro de nuestro ensueño. Una película triste no ha logrado socavar nuestros cimientos de felicidad. Es como si diera lo mismo lo que viéramos. El amor, me imagino que es así, como un velo de felicidad que no permite ver la fealdad del mundo, al menos por un rato.

Son las seis y media de la tarde y debo volver a casa, a mi casa. Es domingo, tengo que llegar a casa a revisar los avisos de El Mercurio para ver si hay alguna "pega", algún lugar o dirección dónde mandar mi currículum con la secreta esperanza de que alguien me contrate para hacer vaya a saber uno quizás que cosa. Pienso que no me importa, que mientras me paguen, poco o nada me importa el rubro de la empresa. Amaría hacer algo que realmente gustase de hacer. Es difícil conciliar las dos variables en juego, por un lado la necesidad real y apremiante de tener dinero, y por otro el deseo de trabajar en algo que guste. La mayor parte del tiempo ocurre que se hacen cosas que no nos entusiasman mucho tan sólo por tener dinero. Mucha gente debe trabajar exclusivamente por el dinero. ¿Cuánta gente trabajará feliz con lo que hace? ¿Qué proporción de la fuerza laboral está en lo que realmente quiere estar? Da lo mismo, pienso, pues mi misión es sobrevivir, y pienso a la vez que da lo mismo lo que haga mientras pague más o menos bien y no sea degradante. Concuerdo con que hay que definir qué entendemos por degradante. Trabajar en un mall, o centro comercial, que es como en verdad debiéramos nombrar a aquellos lugares inventados por los gringos, por ejemplo, es algo que encuentro denigrante y degradante. Es cosa de gustos, de definiciones. No quiero trabajar en un mall. Lo hice una vez, por un mes. Fue un desastre. Y no fue hace tanto.

Necesitaban gente para la temporada de Navidad en una de las casas comerciales. Al parecer necesitaban mucha gente porque conseguí el trabajo sin gran esfuerzo. Iba a trabajar como vendedor en la parte de electrónica en el barrio alto, barrio que se le dice alto porque está más cerca de la cordillera -por ende, a más altura sobre el nivel del mar que los barrios bajos- y no porque allí viva la gente de más altos ingresos. Que en el barrio alto estén las familias de mayores ingresos ha sido una casualidad. En fin. El trabajo era de lunes a sábado en horario de mall. Tenía que estar todo el día parado. Y tenía que vender. No era de los mejores. Los demás competían. Yo no me calentaba la cabeza, además, por aquella época llevaba tres meses sin Sofía, que me había dejado, y estaba profundamente deprimido. Estuvimos separados algo más de un año. Con gran empeño lograba dibujar una sonrisa. Me iba al baño como diez veces al día simplemente para descansar de los estímulos de tantas luces y colores propios de un mall. Siempre me he cansado en ellos. Más de dos horas dentro de uno y mi mente empieza a atontarse. Mis ojos no dejan de percibir los colores de multiplicidad de productos, de cosas, y me empiezo a asquear y quiero salir y recostarme en el pasto de un parque, un lugar gratis que no se vende y no se compra, que simplemente se disfruta. Pero trataba de vender. No vendía mucho, pero vendía algo. Y no hubiera sido tan terrible si no hubiese estado a cargo del sector un tipo viejo pelado canoso desgarbado, muy histérico y evidentemente homosexual. Trataba a los empleados como la mierda. Yo no le aguantaba nada. Una vez me mandó a limpiar los equipos estéreo porque tenían polvo. Y lo hubiera hecho si no me lo hubiese pedido en la forma en que lo hizo. "Oye tú, limpia aquí", me dijo, mientras me pasaba un paño. Yo lo miré y le dije: "¿perdón? yo no voy a limpiar nada". Me miró con cara de inquietud, sorprendido por mi desafiante actitud. ¿Que no vas a limpiar? Bueno, ya verás. Y partió a informar a sus superiores. Seguramente les comentó que un tipo con dignidad estaba trabajando como vendedor y que no entendía como era posible aquello. Mis compañeros se sorprendieron de mi "dignidad". Yo me asqueaba de mi mismo sólo por el hecho de haber experimentado tal humillación a mi persona. Duré un mes en el trabajo. Y aunque era por un mes el contrato, si uno era bueno para vender podía ser extendido indefinidamente. A mí ciertamente lo único que me extendieron fue una patada en la raja. Si alguna vez vuelvo a ver a ese tipo canoso le voy a decir que es un concha de su madre. Ojalá esté muerto.

La hora de colación no era tal porque duraba sólo cuarenta y cinco minutos. Cada uno tenía que llevar almuerzo. Algunos almorzaban en el casino, otros salían y almorzaban "por ahí", en algún local de comida rápida, en un parque aledaño. Recuerdo haber almorzado con una niña, vendedora, cerca del mall. Era bonita, pero excesivamente gorda para mi gusto. Y si no hubiese estado deprimido la hubiera invitado a salir, pero en esa época yo era un verdadero desperdicio humano. Me abrí con ella y le conté mi historia. Las mujeres son buenas para escuchar historias. Le dije que estaba pensando en matarme, en terminar con todo. ¡Estaba muy deprimido! ¿Qué diablos será de ella? Lo que me agradaba de ella era que tenía algún grado de educación. Muchos, la mayoría, de los vendedores y promotores y promotoras que trabajaban en el mall eran imbéciles e ignorantes, probablemente no por elección, sin embargo aquello no les hacía menos despreciables.

Y llegaba la gente a comprar regalos de navidad. ¿El niño se cree músico y quiere una guitarra? Yo les vendía la guitarra a los papis chochos ABC1. ¿Un teclado? ¿Una batería? Yo les vendía. Y no faltaba el pendejo chico que empezaba a hueviar con la batería sumando más bulla a la ya insoportable que se siente en los malls, especialmente en la parte de electrónica. Más allá un vendedor resalta las bondades de un estéreo. Sube el volumen de la radio. Más bulla. Llega más gente, y más. Un vendedor experimentado dice que no hay tanta como el año pasado, que las ventas van bajas. Observo. Todo el mundo corre. Me es fácil pasar inadvertido. En un mostrador una promotora de teléfonos celulares se cree Miss Universo. Es una rota de población. Habla como poblacional pero tiene cara y cuerpo ABC1. Me resulta atractiva, pero vulgar.

Durante todo ese mes que estuve allí haciendo el loco, sollozando internamente por la partida de Sofía, sin que se me pasara por la mente que volvería después, y sintiéndome empequeñecido y empobrecido, sólo esperaba que no pasara por ahí nadie conocido, nadie que me mirara con desdén. "Mira, allí está este huevón, no es más que un vendedor de mall". Nunca me topé con nadie, por suerte, aunque mirando en retrospectiva estoy convencido de que nadie siquiera hubiese pensado que era un pobre huevón. Yo creo que nadie hubiera pensado nada de mí porque simplemente yo no existo para esa gente. Que hubiesen pensado sobre mí hubiese significado un gasto neuronal. ¡Ni siquiera existo para ser mirado en menos!

Un buen día llegó una promotora que claramente y a todas luces era distinta a las demás. Era extraordinariamente hermosa, alta, joven, de cuerpo proporcionado, de amplia sonrisa, amplias caderas, morena, de tez blanca y pelo castaño oscuro y ojos en los que era imposible no perderse en un arrebato de pasión ridícula. Además, tenía en su semblante algo que reflejaba ese dominio que algunos seres tienen sobre el mundo. Era perfecta. Iluminó mi día ese día en que llegó. Hablaba inglés porque había vivido en Estados Unidos, al igual que yo. Ni tonto ni perezoso, le hablé. No sé de dónde saqué las ganas. Conversamos. Cuando llegaba me saludaba y cuando se iba se despedía de mí. No era una promotora cualquiera. Al parecer era hija de uno de los jefes, y estaba allí para "hacer algo en diciembre". No era que necesitara trabajar. Obviamente no lo necesitaba. Estaba allí de puro placer.

Vestida completamente de negro promocionaba un perfume, creo, parece, no me acuerdo. ¡Qué diablos importa el producto! Ella era la promotora cuica y si no hubiese estado enamorado de Sofía y sufriendo terriblemente su partida hubiese hecho algo por conquistarla. Trabajó solamente diciembre, como yo, aunque a mí me despidieron por ser mal vendedor, tener dignidad y no querer limpiar. ¿Qué diablos será de ella? Ni siquiera estoy seguro de poder reconocerla en la calle. Ni siquiera sé su nombre. La recuerdo hermosa y que iluminaba mis días de penuria.


Las salidas eran tristes. Las luces empezaban a apagarse y mientras salía me fijaba en las caras, especialmente en la de las mujeres, a quienes el training de mall parece afectar más. Vi muchas arrugas en semblantes jóvenes, en mujeres envejecidas antes de tiempo. Se veían mal. Volverían a sus casas en los buses de acercamiento, porque vivían lejos, en las comunas pobres. Trabajaban para los ricachones, no podían comprar las cosas que vendían y vivían lejos. Los buses estaban disponibles las veces en que el mall, y por ende la tienda, cerraban pasado las once de la noche. Y esto ocurría desde más o menos una semana antes de Navidad. Los últimos días eran de locos. El mall lleno, la tienda llena, la gente comprando como loca, como si no hubiera otra cosa que hacer en la vida, y allí nosotros, los vendedores, tratando de no perder la calma. Un idiota devuelve un producto, hay que cambiarlo. Hay que ir a bodega. No quedan en stock. El cliente se impacienta y se desquita con uno. Malos ratos, caras feas, muecas de disgusto. Yo sólo trabajo aquí caballero, no soy el dueño. Vaya a reclamarle a los dueños. Y se iban. Después de haberse descargado con nosotros parecen aliviados, como si hubieran tenido sexo y nosotros fuéramos sus miserables putas. ¡Que asco!

Debo partir ya, Sofía. Un beso, sin una flor, porque no tengo ninguna, quedando perplejo Nino Bravo desde el más allá. Otro día Nino, otro día habrá un despido con un beso y una flor. En casa me espera Artes y Letras, no soledad. Paloma San Basilio se enoja. Otro día me esperará soledad. Curioso me parece que casi todos los avisos de ofertas de trabajo vengan en el cuerpo de las artes y de las letras. Vaya uno a saber que oscuras conspiraciones han jugado a favor para que los desempleados de Chile se concentren en el cuerpo de las artes y letras del diario más importante del país. Es como un insulto, como si las artes, las letras y los desempleados estuvieran bajo el mismo alero protector. Ser artista, ser hombre de letras y ser cesante dan la impresión de ser la misma cosa.

Vuelvo a casa. Son cuarenta minutos más o menos los que me separan en bicicleta desde la casa de Sofía. Me alejo, ella se hace pequeñita mientras avanzo volteando mi cabeza un par de veces antes de llegar a la esquina, donde su imagen desaparecerá. Siento un vacío extraño. Me gustaría quedarme con ella hoy, no volver donde los padres, comenzar desde cero nuevamente pero desde su casa, no la mía. Avanzo, mi corazón no me sigue, anclado a Sofía y todo aquello que representa. Es una buena mujer. Pienso que no la merezco, pero este pensamiento se va desvaneciendo a medida que el viento vuelve a refrescar en esta tarde de primavera. Me concentro en el camino, trato de disfrutar lo que queda de este domingo maravilloso, esperando que anime los días que siguen, días como mañana, en que saldré al mundo a tratar de convencer a alguien que no sería mala idea darme dinero. Espero no encontrar nuevamente un trabajo en un mall.

Sofía y yo por un lado, y el mundo despiadado por el otro.


40.

Es posible ver a casi todos los individuos que viven en Santiago con tan sólo quedarse sentado por un mes completo en una banca en, digamos, la más concurrida de las calles del centro de la cuidad. Tarde o temprano todo el mundo debe ir al centro, tarde o temprano aparecen las caras conocidas y nos topamos tanto con amigos como con enemigos y gente que no está en ninguna de las dos categorías. Estos últimos son los peores, porque siendo ni lo uno ni lo otro es difícil tratarlos con esta o aquella estrategia.

No he estado un mes completo en el centro esperando ver a todo el mundo que conozco, pero he estado esperando, sentado, en el centro, descansando de tanto caminar, del calor, de ese horrible calor sofocante de Santiago, a la sombra, viendo pasar a la gente. Vaya que hay personas. Por todos lados, circulan como hormigas. Hombres, mujeres, niños, pobres, ricos, lindos y feos, orgullosos y humildes. Toda una simpática fauna o circo de seres que hacen en su conjunto un espantoso lienzo abigarrado de escaso valor intrínsico. Poca gente linda. De vez en cuando alguien que destaca del promedio, del montón. Se ve de todo. Rostros como si cargaran las preocupaciones del mundo, otros que han perdido todo indicio de humanidad convirtiéndose en horribles figuras con cuencas vacías en los ojos, mano en celular, otra en maletín, hablando, pendientes de cosas importantes. Hombres de traje, mujeres con tacos altos, escolares a mal traer, punks criollos pidiendo limosna, una madre con dos niños en el suelo, implorando una moneda, una miserable moneda. Hay quioscos, tiendas, vitrinas, mil lugares, mil rincones, como mil caras y mil historias que se tejen y que se siguen tejiendo en este mar de humanos, mar de preocupaciones humanas, de ir y venir. ¿Para dónde? Nadie sabe, pero todos saben que hay que ir y venir. Yo he ido y venido, he caminado como uno más de los mortales, paseando, vitrineando, haciendo trámites, yendo y viniendo del trabajo. Ahora, sentado, haciendo no más que ver pasar a la gente, contemplo a los seres. Mi misión es ninguna. Contemplo, como debe contemplar Dios, si es que existe tal cosa, su insana y enfermiza creación. Contemplo, observo, descuartizo la humanidad. Los nombro, añado palabras a cada persona que pasa. Idiota, ricachón, pobre diablo, maraca, cuica, cuico, punga, rasca, flayte. Hay de todo. Al poco rato me aburro. Esta contemplación es obligada. Hago tiempo. El cheque tuvo problemas. Lo están viendo. Quince a veinte minutos debo esperar. Y espero, espero en la calle, en un banquillo, descansando del sol, observando a la humanidad, a parte de la humanidad que hoy se ha dejado caer por el centro. Y a través del aire, una melodía. Ponen música en el centro. Diviso los parlantes. Vaya, interesante. Primero una versión instrumental de una canción de Mike Oldfield, luego algo de Patrick O´Hearn. No escuchaba esos temas hace tiempo. ¿Por qué diablos conozco esos temas? ¿Los idiotas que pasan sabrán aquello también? Calculo la hora midiendo la cantidad de canciones que pasan. Cinco canciones de tres minutos hacen quince minutos. Ya es hora de volver a entrar al banco, es hora de retirar la plata. Me quedo escuchando la canción de O´Hearn, que me trae recuerdos de tiempos hermosos. Al otro lado de la vereda hay alguien conocido. Me ha visto. Está a unos quince metros de distancia. No tengo ni el más mínimo interés en ir a saludar al personaje. Compañero de universidad. Está con otro personaje. De pronto agarra el celular y comienza a moverse como león atrapado en una jaula, conversando sobre las que supongo yo son graves y complejas situaciones de hombre de negocios. Al menos reconozco ese desplante, o esa manera de hacer ver a los demás que se es importante. El tipo me reconoce, pero no se acerca. Eso es bueno. Entiende que mi deseo no es empezar una de esas odiosas conversaciones con gente de la cual se sabe poco y sobre las cuales se desearía saber incluso menos. Que bueno, no se va a producir el insulso, inútil, patético y bochornoso intercambio de palabrería vacía, tan insípido como slogan de campaña política. Y este tipejo es de los peores. Es de los que se despiden ofreciéndote trabajo. "Hola cómo estás, pucha que lata, pero llámame, toma mi tarjeta, mándame un currículum, veremos que podemos hacer". "Veremos que podemos hacer". Eso le he escuchado antes de boca de gente que aparenta las mejores intenciones pero que en el fondo le importa un bledo el destino de uno. Hay tanta gente que está "viendo lo que podemos hacer". Pucha, si en ver lo que podemos hacer cabe la espera del mundo. No, yo no espero que alguien vea lo que pueda hacer conmigo y mi situación. Necesito que alguien me diga: "Pásame un currículum y yo hablaré con los jefes para que te den una oportunidad", o "no te preocupes, yo te conseguiré algo". No, yo sólo conozco gente que se devana los sesos viendo que hacer. ¿Que vamos a hacer? Vamos a ver lo que podemos hacer. ¡Que mierda! Y uno sabe que toda la palabrería y la falsa modestia y peor aún, la mentira del deseo de ayuda, es parte de la rutina de los que necesitan saberse mejores que los demás, arriba de pedestales labrados en oro, relucientes, y desde donde lanzan su mirada hipócrita y bondadosa a los más desposeídos.

Antes de volver a entrar al banco desvío la mirada nuevamente hacia donde está el tipejo. No está, se ha ido. Que bueno. Espero no volverlo a ver nunca más, que se lo trague la tierra, a él y a todo su mundo de éxitos pequeños amplificados por la lupa de la mentira que hace ver todas sus acciones como monumentales proezas. Entro al banco de nuevo. Retiro mi dinero. Camino por las calles de vuelta a tomar el bus de regreso a casa. Miles de caras me esperan aún. Están por todos lados. Miles de caras, miles de historias, como la mía, una más entre millones, una más de un ir y venir que no apunta a absolutamente nada concreto.


41.

Para la once me he preparado unos huevos revueltos. Busco las sal, la de la tapa azul. Mierda, no está por ninguna parte. Finalmente encuentro una de tapa verde. Mmmm, debe ser una sal ecológica. Biosal dice el envase. ¿Qué chucha es biosal? Bio = vida, sal = sal. Sal de vida. Interesante. La otra debe ser sal de la muerte. ¡Necrosal! Cincuenta por ciento menos sodio. Pregunto a mi madre cuánto pago por aquella ridiculez. Casi mil pesos. Casi mil pesos para un producto básico de inherente bajo precio. Sal hay en todas partes, pero no esta sal, con menos sodio, y de tapa verde. De esta sal ecológica no hay tanta, por eso el precio. ¡Que mierda!

Supongo que efectivamente esta sal tiene menos sodio y que aquello es bueno que sea así para la salud humana. OK, asumamos que el producto no miente. Bien. Lo que no dice el envase por ninguna parte es si a la misma cantidad de sal, esta sal ecológica, saludable, de la nueva era, da a las comidas el mismo grado de salinidad que la sal común, ordinaria, fea, anti ecológica, anti saludable, anti nueva era. En otras palabras, ¿es esta sal tan salada como la sal común? Parece que no, porque he esparcido en los huevos revueltos más sal que de costumbre. Me pregunto si los huevos han notado alguna diferencia. Supongamos que esta sal es el doble de menos salada que la sal común, lo que implicaría que necesitaríamos esparcir en las comidas dos veces la cantidad normal para obtener el nivel de salinidad fácilmente obtenible con sal común. Interesante. Veamos. Pago mil pesos por una sal, que si fuese común costaría diez veces menos, o, seamos justos, tres veces menos. Ya, tres veces más cara que la sal común, pero debo esparcir el doble de ella para dejar las comidas con la salinidad que deseo, por tanto recupero el cincuenta por ciento de sodio perdido, dejando los manjares con la salinidad de siempre y con el sodio de siempre. Estoy perdiendo plata. Está claro. Pero yo soy new age, yo soy moderno, yo cuido mi salud y compro Biosal. Vuelvo a lo mismo pero pago tres veces más que de costumbre. De eso trata el marketing, de que paguemos más por los mismos productos.

Están ricos los huevos revueltos. Se nota que Biosal les ha dado un sabor inconfundible, ese sabor que adquieren las comidas aliñadas con cincuenta por ciento menos sodio. ¿Cómo sacarán el sodio extra, malo, nefasto, anti ecológico, anti saludable y anti nueva era? ¿Quién decidirá que sodio se queda y que sodio se va? ¿Habrá un equipo de refugiados del tercer mundo sacando el sodio malo de cada uno de los granos de sal?

No creo que vuelva a probar Biosal, creo que volveré a la sal común, sal con gusto a sal y con el sodio que tiene la sal. La nueva sal, la ecológica, me deja muy perplejo, me hace aflorar demasiadas preguntas. La sal común es simplemente sal y se usa para dar a las comidas un sabor salado. Eso es todo. No va a salvar al planeta, ni ayudará a que el hoyo en la capa de ozono deje de agrandarse, ni hará que animales en vía de extinción dejen de estarlo, pero dejará las comidas con el sabor justo. La otra sal, es como algunas personas, como los políticos. Llenos de promesas. Para más remate, como no, vuelven a aparecer las odiosas caras felices. Incluso hasta en un producto básico como la sal logran plasmarse. Allí están, papi, mami, un niño, una niña, la familia. Vende la familia. La sal antigua no recuerdo haya venido con tanto marketing. ¡Pero ésta! Todo un estudio de mercado detrás de su lanzamiento. Algún ingeniero comercial analizó el mercado y descubrió que afuera en el mundo había suficientes bobos a quienes venderles sal con menos sodio. Debe ser el mismo mercado que compra agua mineral sin gas, con extra oxígeno o con cualquier otra cosa que la distinga de la triste, fea, horrible y espantosa agua de la llave. Sí, porque esa agua lleva microbios y no es saludable y no viene de fuentes vírgenes, ni de la montaña. Los huevos me dan sed, me sirvo un café, con cafeína, hecho con agua de la llave. Luego me sirvo un vaso de agua, sí, de la llave. No sé si mi vida se acortará por no estar tomando agua con extra oxígeno. Estoy preocupado. ¡Oh santo dios! ¿Qué será de mí si no bebo agua mineral con extra oxígeno?

42.

Un fin de semana en la playa ayuda a reponer energías, a descansar, a salir de la rutina del día a día. Estuve cerca de Algarrobo, yo, Sofía, un amigo y su polola. Carrete en la playa. Apoyando mi cabeza en el regazo de Sofía contemplo el atardecer. Esperamos la caída del sol. Juego con la arena, una arena poco fina, gruesa, que se cuela por entre mis dedos como los sueños de juventud se esfuman y desaparecen. Si vendieran arena, esta no sería muy apreciada. No sería extra fina. Me imagino que a la gente le ha de gustar la arena extra fina. A pocos pasos una gaviota camina torpemente. Tiene un ala quebrada. Ya no vuela, pero camina. Me da pena la pobre gaviota. Para ella el no poder volar debe ser el equivalente humano de no poder caminar, aunque caminemos hacia cualquier parte o ninguna. Un poco más lejos está el perro callejero que nos ha seguido desde que mi amigo le hizo cariño. No se desprende de nosotros. Mueve la cola, camina con nosotros, se quiere unir a nuestro grupo. Quiere que alguien lo quiera. Pobre perro. Al igual que la gaviota, también me da pena. Y me causa gran asombro comprender que me sensibilizan los animales. Me simpatizan estos animales. Debe ser porque no molestan, debe ser porque no se entra en conflicto con ellos, o quizás se deba a que no hablan, por tanto no pueden destruirnos con sus palabras, con sus comentarios, con sus ideas sobre la vida. No nos van a decir que hemos cometido errores, y no nos harán sentir ridículos si les expresamos todos nuestros sueños locos.

La arena sigue pasando por entre mis dedos, el sol baja, se esconde entre las nubes, vuelve, aparece de nuevo entre ellas, en los espacios vacíos, en el cielo azul, y se esconde nuevamente. Las olas rugen, caen desordenadamente, provocan gran estruendo contra las rocas. Finísimas gotas de mar caen en mi rostro como la más suave de las caricias. Las olas son peligrosas, no es un buen lugar para bañarse, pero eso no me importa. Me maravilla la escena. Las olas, las rocas, la arena, el sol, las nubes, el cielo y el viento que refresca. Todo esto ha estado aquí desde hace millones de años. Ni un día han dejado de rugir las olas. Yo he estado aquí hace tres décadas, y siento que me queda poco.


Y el paraíso cede. El ir y venir de la locura de los seres, pequeña grandeza basada en lo que ha de perecer. Dioses, demonios, miedos, terrores, toda la locura del hombre, cada pensamiento de cada ser desde que hay seres pensantes no ha podido acallar el rugir de las olas. Allí están, y no ceden, no escuchan, ni siquiera saben de nuestra existencia. No quiero dejarlas atrás. Quisiera perpetuar este momento, estos segundos en que la vida de la ciudad no parece más que la visión enferma de un dios traidor. No he alcanzado el paraíso, pero conozco algunos de sus repliegues, algo de su candor y su misterio. El ayer, el futuro, estancados en un momento de gloria. Pero esto ha de morir, como cada momento feliz, como cada momento miserable. Y he volver a lo usual, esperando un nuevo escape.

En la ciudad espera otro mundo, pero yo seguiré contemplado el atardecer. La arena no es fina, pero escurre entre mis dedos. Es un montón de nada, como todas las cosas, como todo aquello que nos dijeron que era importante. Uno montón de nada, eso es lo que son los problemas del mundo. Un montón de nada es lo que escurre por mis dedos. Esta arena, esta arena tan insignificante como cada ser humano que puebla la tierra, escurre por mis dedos.

El sol baja y baja. Cada vez cuesta menos mirarlo de frente. Su fuerza, su poder, disminuidos, como la vejez que apoca al anciano. Va a oscurecer pronto. Yo me quedaría aquí a morir y convertirme en la arena que escurre por mis dedos.

43.

-No te cases- Claudia no quiere que me case. Mejor dicho, simplemente me dice que no lo haga. Le he dicho que mi novia Sofía quiere casarse conmigo. No te cases replica. Claudia tiene veintiún años, estudia una carrera universitaria y es la polola o algo así de un amigo mío que más que amigo me resulta más bien un buen y cordial conocido. Su nombre es Carlos. Carlos y Claudia llevan juntos algún tiempo. Me acerqué a ellos luego de aburrirme de mi solitaria cerveza. Anteriormente me había acercado a X, el mismo tipo que hace un par de semanas me notificara que otro amigo me buscaba. Esta vez estaba con una niña, una ex. Parece que estaban reconciliándose. Así supe. No me interesó. Yo quería beber cerveza con alguien y hoy X estaba más preocupado de su novia que de beber. No me importó. Llegaría Carlos, que celebraba su cumpleaños. Lo sabía y por eso me dejé caer al bar de mis penurias. Llegó Carlos con su hermosa novia, o polola, o concubina, a eso de las once de la noche. Lo saludaron varios amigos que esperaban su arribo. Me divisó y se acercó a saludarme. Luego se fue a sentar con X, hoy más gilipolludo que nunca antes, transformado por la arpía que regresaba. Al menos eso imaginaba. Se agruparon tres parejas, bebían, conversaban. Yo seguía con mi cerveza. No me invitaron a la tertulia. Me invité sólo, aduciendo a un asunto de unas fotos que tenía de un recital donde aparecía el tal Carlos. Hace tiempo se las había prometido al amigo y andaba con ellas. De ahí a sentarme, pedir un combinado, y sutilmente imbuirme del jolgorio general no pasaron más de cinco minutos. Pronto era parte de la noche, compartiendo la bebida, mucho mejor que bebiendo solo, como vuelve a decir la canción de Billy Joel, Piano Man, canción de los eternos perdedores, de los alcohólicos empedernidos, de todo aquel que conoce únicamente la felicidad ajena. Hoy, como antes, como siempre, Billy es solamente parte de la música que puebla mi mente. El cumpleañero tiene problemas para articular las ideas. Siempre he notado ese pequeño y crucial defecto en él. Y no se trata del alcohol, más bien de toda la marihuana que consume. Tiene el letargo típico de todos los volados. Pero me simpatiza, es un buen chato, superficial y parrandero, pero buen chato, además de tener una novia, o polola, o concubina, o lo que sea, que animaría a cualquier hombre.

¿Quién es él?, preguntó Claudia, al minuto en que me acerqué a ellos. Carlos le dijo que yo era un amigo del carrete, del bar. Muy cierto. No pude resistir mirar a Claudia. No muy hermosa, pero de juvenil rostro, ojos vivaces, cabellera negra y dócil, flaca y de imponentes caderas, seducía con su mirar. Y el roce de su piel, que sentí cuando se sentó al lado mío, durante un momento en que Carlos accedía a la barra por otro trago, y sus preguntas inteligentes, y su evidente interés en mí, extrañada de los casi treinta y cinco años que no se me notaban, calaban en mí las más ardientes visiones.

Un amigo de Carlos sacó un pito. Me invitaron a fumar, afuera, ya que no se puede dentro del bar. Caminamos. No quise fumar. Los acompañé. Yo, Carlos y su novia, el tipo del pito con la suya y yo. No me gusta la marihuana. Me retrae, me pone melancólico. Yo los miraba. Miraba más aún a Claudia. Me percataba de que me había gustado. Pensé en lo feo que sería traicionar a mi amigo, pero luego me convencí de que no era mi amigo, sino más bien un buen conocido. De todas maneras me contuve. No hice nada. No podía hacer nada. No quise hacer nada. La contemplaba, la admiraba, y me preguntaba que diablos veía en el volado de Carlos. Quizá ella también era una volada. Yo miraba solamente, con mi vaso aún a medio camino del final. Ellos fumando marihuana en la calle. Yo con un vaso de gin con gin. Todos a unos veinte metros del bar.

No te cases. No te cases. No olvidaré jamás lo que me dijo Claudia. Joven y pletórica de lozanía, buscaría el consuelo de muchos brazos masculinos. Terminaría con Carlos invariablemente. De pronto trato de imaginarme a esta mujer con el correr de los años. ¿Qué será de ella? ¿Volveré a verla? Probablemente vuelva con su novio en otra oportunidad.

Volvemos al bar. Estamos todos más silenciosos. Parece que la marihuana ha aplacado el ímpetu. Hablamos. A Claudia le gusta pelear. Discute amistosamente con el hombre del pito. Su novia, al lado, de pronto, rompe el silencio, su silencio. Ha hablado. Habla. No lo había hecho con anterioridad. Quizá la marihuana le ayudó a sacar sus demonios. La conversación se torna inconexa. Me aburro. Me gustaría no conocer a Carlos, o mejor, que no estuviera, y así tomaría a Claudia y me la llevaría a un motel. Es lo que pienso dentro de mi mente adormecida por el gin. Claudia se quedará donde su novio. Vive lejos y no tiene locomoción a las dos de la mañana. La conversación pasa de una cosa a otra. No recuerdo muy bien. Pero se trataba de sandeces, de esas cosas en las que lo que se hace es tratar de convencer al otro que está equivocado. Yo no entro en el juego. Ya he estado allí. He dejado de tratar de arreglar el mundo. Ahora contemplo y dejo que cada idota crea que tiene la razón. He salido a beber, a olvidar, no a encontrar una solución a nada. Divago, pienso en el mañana. Nada ha cambiado. Sigo sin pega, Sofía se empieza a desesperar, mi familia me va perdiendo la fe. He aquí yo, la oveja negra. ¡Mírenme! ¡Soy la oveja negra! Nada ha cambiado. Mis sueños, a la deriva, mi futuro, incierto, mi vaso, vacío. Otro, otro gin con gin. Está bueno el trago y por un vago instante hay calma dentro de la tormenta. No me quiero ir. Quisiera que Carlos desapareciera para poder estar a solas con Claudia, que me simpatiza. Y pienso en Sofía. No me quiero complicar. Al igual que con Rebeca, encuentro un millón de razones para no complicarme. Y dejo ir la ilusión de un nuevo amor, de una nueva aventura, a morir lejos de mí sin que siquiera haya nacido. Vuelvo a mirar al hombre del pito y su novia. No sé quienes son. No sé sus nombres. Me da lo mismo lo que pase con ellos. Pero son todos "buena gente". Yo no sé si lo seré para ellos. Creo que sí. Hemos compartido, bebido. Por un leve lapso de tiempo las cadenas que me oprimen parecen ser livianas.

La noche avanza. La gente se empieza a retirar. No somos de los últimos en partir cada uno a su miserable cueva, como tampoco somos los primeros. Y una combinación de sueño, hastío, letargo o qué se yo, nos indica a todos que es hora de concluir la velada. Carlos tiene que trabajar y se hace tarde. Su novia, de seguro tiene que ir a la universidad. Estudia publicidad. Yo la pondría en un aviso gigante. Partimos. En la calle nos separamos. Tomo un taxi. Esta vez el que habla soy yo. No sé lo que hablo. Da lo mismo. Palabrerías de borracho. Quiero dormir, aunque no en mi cama. Quiero llegar a casa, pero no a mi casa, y quiero perderme en un sueño profundo donde todo es más dulce, más agradable, más bondadoso, más cálido que todo lo que conozco.

¿Y si nada cambia? Otro carrete, otro trago, otra conversación insulsa. No me quejo. Esta es la vida. Esta es la vida que me ha tocado vivir. Esta es la vida que he elegido, conciente o inconscientemente. Estoy cansado. Muere un nuevo día. Matamos el tiempo, ese tiempo precioso. Un nuevo día muere.


44.

No he sabido más de la gente de mi ex trabajo. No me interesa saber tampoco. Tampoco he sabido más de nadie que conmigo comienza una historia pero no la termina. No he sabido más de Rebeca, la amiga de mi hermana, la del colegio, tampoco he sabido mucho de los amigos. Y no he sabido nada de la niña del aseo. Ya no está viniendo. Mi madre me dijo que estaba enferma. ¿Que tendrá? Nadie sabe. A veces la extraño. Después de todo es linda. Es el tipo de mujer que se ha de extrañar. Por leves momentos creí sentir por ella algo especial. Nunca le dije. Mi madre me dice que está bastante grave. ¿Y si se muere? No sé por qué nunca le dije nada. Sofía, sí, creo que fue por Sofía. No quise complicaciones. Callar, simplemente callar, para así no armar ningún escándalo, no complicar la vida de nadie. Los sentimientos de afecto son como dardos venenosos que saben a miel. Y no todos quieren probarlos. Pero tengo a Sofía. Allí confluyen todas las complicaciones, allí están concentrados los dardos.

A veces no me dan ganas de salir de mi habitación. A veces me encierro voluntariamente, como queriendo escapar del mundo, un mundo hostil, bestial, inmisericorde y lleno de toda la podredumbre de la humanidad. A veces no quiero salir. Salir ¿a qué? Vivo, a pesar de todo. Un día a la vez. Días buenos, días malos, días en que se desearía no vivirlos. Vivo. No sé para qué ni con que fin, pero vivo. He pensado en volarme los sesos. Lo he pensado muchas veces. A pesar de todo nunca he podido tomar la decisión. Hasta para morir carezco de voluntad. Lo he pensado, lo he estudiado, lo he imaginado, pero he persistido en vivir, como gran masoquista, como criatura amante de los sufrimientos. Habiendo sobrevivido a los impulsos de alcanzar el más allá, me he anclado a la vida, al más acá, aceptando toda su inmundicia y esos pequeños momentos en que nos muestra su cara más noble.

Nadie al teléfono. Tengo el mundo a mi disposición en mi computador pero nadie llama. ¡La paradoja del ser! ¡Comunicado con el mundo pero incomunicado! No quiero salir. Hoy no quiero salir. Siento como si a mi espalda llevara una tonelada de ladrillos, que me doblan, quiebran, paralizan.


45.

No ha llegado respuesta a ninguno de los currículum que mandé. Supongo que debo esperar. Sofía se quiere casar, tener un bebé, ser feliz. Todas las mujeres quieren ser felices. Me siento débil, asqueado de mi mismo por se incapaz de cumplir el sueño de Sofía. Nadie sabe de esto, nadie sabe de nuestros planes, nadie tiene que saber. Quizá si mi familia supiera podrían darme una mano. Pero no puedo acudir a ellos, por orgullo, por no darles el placer de verme derrotado, incapaz. He aprendido a odiarlos, a despreciarlos, a mirarlos con profunda aversión. Jamás habiendo ellos aportado un ladrillo en la construcción de mis sueños he aprendido a guardármelos para mí. Estoy solo. Sofía no sabe lo realmente solo que estoy. Todos saben que estoy cesante. Nadie me tiende una mano. A nadie le importa un maldito comino. Eso es bueno. Sé ahora quienes son en realidad.

46.

Ha pasado el tiempo. Un mes... dos. Pasó el tiempo como suele pasar, subrepticiamente, silenciosamente, sin preguntar, sin chistar, sin un amago de intención. Año Nuevo. Es Año Nuevo. Las presidenciales ya pasaron. No ganó Bachelet en primera vuelta. Lavín no pasó a segunda. El 15 de enero se define todo. Otra vez a votar. Pero falta para eso. Hoy, al menos hoy, mis recuerdos me llevan cerca, muy cerca. Ayer, tan sólo ayer, la playa, los fuegos artificiales, la botella de champaña, el jolgorio que como cuchillo rebana la ciudad de Valparaíso como mantequilla. Por todos lados gente, mucho alcohol, movimiento, música, algaraza de punta a punta. Suenan las cumbias, y todo es baile, y fiesta, y alcohol como dulce miel entibiando las venas y apagando por unos instantes el incansable ajetreo de la mente que busca y busca respuestas una y otra vez durante 364 días sin parar, dejando uno para adormecer el ir y venir de ideas, de situaciones, de pensamientos no siempre entendibles, no siempre ejemplares. Se vive, de eso no hay duda. Se vive, intensamente o no, pero se vive, y no se sabe nada de nada, excepto, que todo el bullicio ha de cesar algún día. Nada es tan malo, ni tan bueno. Los días pasan. Un día más, y otro. Por una noche de locura, olvidamos, sí, olvidamos, olvidamos que hay situaciones que resolver, heridas que curar, conciencia que redimir, tierra que no hay que volver a violentar. Y estoy feliz. Sofía, unos amigos, un cerro, un paseo, Valparaíso, los fuegos artificiales, sí, de esos que he visto tantas veces antes. Esta vez se ven más luminosos que otras veces, esta vez se ven más hermosos. Los sin familia. Mi amigo Juan Pablo dice que somos los sin familia. Lo dice en un tono divertido, riéndose. Todos nos reímos. "Si po, porque típico que la gente sale de sus casas después de las doce, después de los abrazos con la familia, y nosotros vamos al carrete ahora, que faltan veinte minutos para las doce, y nuestras familias están en casa. Somos los sin familia, como todos los demás personajes que a esta hora están haciendo lo mismo que nosotros". Mi amigo Juan Pablo... eso es lo que dice. Más allá, medio en serio, medio en broma, medio en verdad y medio en mentira, le digo que no es cierto que somos los sin familia. Lo que pasa es que nosotros somos familia. Recuerdo lo que una vez me dijo otro amigo. "La familia es más que la sangre, es lo que tu decides que es".

Somos los sin familia. Me río, por lo de verdad que hay en cada una de las intervenciones de Juan Pablo, un tipo divertido, claramente chistoso, con la talla a flor de labios, irreverente y locuaz.

Así, los sin familia celebramos arriba de un cerro, en el Paseo Yugoslavo. ¿Qué hora es? Cinco para las doce de la noche dice mi reloj. Pero el de mi amigo dice que faltan tres. Más allá la hora es otra. ¿Serán las doce en punto cuando aparezca el primer destello de luz en el cielo? Nadie sabe nada. Parece que son las doce. La gente empieza a abrazarse. Bien, parece que ya empezó el Año Nuevo. El cielo se ilumina, la gente se abraza, champañas se descorchan. Un tipo agita su botella y nos baña en alcohol. En cualquier otro momento esto hubiese sido un desatino. Hoy estamos de mejor humor. Los fuegos no cesan. Llevan veinte minutos. Durarán media hora. Las botellas pasan de aquí para allá y de allá para acá y poco a poco vaciamos las dos botellas de champaña. Queda el ron. Otro amigo tiene la botella. Horror. No se dio cuenta y vació al menos la mitad de la botella. ¡Puta la huevada! Cosas que pasan en Año Nuevo. Queda algo de ron, por suerte. Lo vaciamos en un envase de Coca Cola al que le queda la mitad de bebida. Comienza la noche, comienza la festividad, ahora de verdad, porque el ambiente viene festivo desde antes de Navidad. Hoy es el clímax. Mañana la ciudad estará dormida, con un mar de alcohol apaciguando el pesar de los porteños y sus visitas, pero ahora, ahora... ahora nadie quiere pensar en dormir.

Despertamos al otro día con la típica resaca. No ha sido muy severa, por suerte. Comimos bien el día anterior y eso nos ayudó. El día está hermoso y caluroso. ¡Vamos a la playa! Partimos a la playa. Muchos autos por todos lados. Tenemos suerte y encontramos estacionamiento. Caminamos por Avenida Perú, en Viña. No me gusta el color del mar. Está verde, muy verde, pero no de ese verde cristalino, puro, sino de un verde de mal aspecto. No me metería a ese mar aunque me pagaran. Hay gente bañándose, niños y adultos. Parece no importarles que el mar esté feo. Primera vez que veo el mar tan asqueroso. Pienso que alguien debiera limpiarlo. Desde lejos, como por ejemplo, desde Agua Santa, que une a Viña con Santiago, se ve todo hermoso, como de postal turística, pero en el detalle, al acercarnos, notamos todas las falencias de este supuesto paraíso de sol y playa. Está feo, y con mucha gente. El gentío no me importa, pero me entristece el mar. Me pregunto si más allá estará igual, si ese verdor poco amistoso se extenderá hasta Reñaca o Playa Amarilla. No me gusta ese verdor. Nunca antes lo había visto. A la gente pareciera no importarle. Eso, mis amigos, no es un color natural para el mar. Mis amigos están de acuerdo. Hay que limpiar ese mar.


Yo quería bañarme, aunque mi idea era ir hasta Playa Amarilla, lugar que asumía ciegamente estaría apto para un chapuzón. No fuimos hasta tan lejos porque el taco de autos era de locos y había que volver a Santiago a más tardar a las ocho de la tarde. No hubo baño de mar. Y de veras que lo extrañé, tanto como esas veces, hace más de veinte años atrás, cuando vivía en Viña, e iba a Las Salinas con los amigos. Esa era una playa exquisita, con grandes olas y no muy peligrosa. Allí me bañaba siempre. Allí me bañé hace un par de años atrás de nuevo, y aunque el agua estaba limpia como en los tiempos de mi primera juventud, el gentío dejaba mucho que desear. Ya no era lo mismo. Ya nada pareciera ser lo mismo. Y ese mar bondadoso y peligroso que refrescó mi carne y limpió mis heridas se encuentra sólo en mi recuerdo, como el recuerdo de esa vez en el norte de Chile, en una playa larga y desierta, donde me bañé con Sofía. Estábamos los dos solos, en una playa infinita, de blanca arena. Y estaba limpio el mar, o al menos así se veía.

Era importante para mí bañarme en el mar este Año Nuevo, como para limpiarme y sanarme de todas las máculas infecciosas. Habrá, espero, otra oportunidad para ello. Otra oportunidad como ojalá la haya en el resto de las situaciones de la vida, de esa vida, que como el mar, a veces no tiene el aspecto que nos seduce.

No estaba contaminado, el mar. Eso dijeron en la tele. Algo de un fenómeno nunca antes visto... proliferación de un tipo de alga... no dañinas. Por eso el color verde. Eso dijeron. Un fenómeno que podría durar meses. Bien, eso es bueno... y malo. El mar volverá a tener su color azul verdoso normal. Que bueno, en realidad eso es muy bueno. Y siento una sensación extraña al respecto. Como la de aquel a quien se le diagnostica un cáncer un día viernes para saber que no tiene nada el lunes. ¡Mi mar volverá a tener su color! Digo mi mar, porque es mío... y de todos, pero mío también. A veces hace bien ver las noticias. ¡Tanta cosa por un montón de agua!, pero claro, uno aprende a valorar las cosas gratis de la vida cuando todo lo que cuesta parece fuera de nuestro alcance.


47.

He ido a varias entrevistas de trabajo. Esta semana, ésta, la primerísima semana del año 2006 ha sido una de bastante ajetreo. Nada concreto aún, pero al menos he estado saliendo de la casa con terno, bien peinado y con la fe alzada como pájaros que se liberan y que se espera vuelvan con noticias del edén. Los pájaros aún no vuelven. Estoy a la espera. Algunos ya fueron derribados... apenas alcanzaron a abrir sus alas. Cuatro han sido las entrevistas, y espero noticias de la última. La primera entrevista fue divertida. Allí estábamos, idiotas varios, gente de trabajo, almas ilusas, hombres y mujeres, todos relativamente jóvenes, esperando, pacientemente, sin hablar, sin mirarnos. Nos hicieron pasar a una sala en un segundo piso. Llegó una tipa, sicóloga, luego un tipo. Era el jefe. Trabajaríamos para él, los que quedáramos. Yo no quedé. El tipo eligió a cuatro mujeres y a dos hombres. Si hubiera podido hubiera elegido a seis mujeres. Se notó que era un huevón caliente. De hecho se quedó con una tipa bastante atractiva de veintiún años que incluso había llegado atrasada. Yo no entendí nada. O sea, me imaginé que podría haber quedado. Mi presentación, creo, no estuvo mala, sin embargo no me eligieron. Lo más sorprendente fue el hecho que el tipo que elegía, el verdugo, se quedó con un compadre que ni siquiera había sido capaz de contestar una pregunta simple. Al momento de su intervención yo me decía a mi mismo que jamás quedaría un huevón tan idiota. Y quedó. Parece que necesitaban idiotas para el puesto. Porque al menos ese tipo con que se quedaron era bajo cualquier premisa, un idiota. Ese día no desperté lo suficientemente idiota y no quedé. Pero esto era tan sólo el principio. Al otro día fui a una nueva entrevista, y al día siguiente a otra, y finalmente, también a otra. Cuatro entrevistas en total. Dos eran para trabajos bastante mediocres, y los otros dos para trabajos mejor remunerados y con más clase. De estos dos últimos uno era para ventas, y el otro para un tipo de trabajo operativo del tipo al que yo ya estaba acostumbrado. Cuatro entrevistas, cuatro posibilidades, cuatro cartas en mi partida, y la fe, mi deseo, el problema básico, el dinero, en juego. Espero una respuesta aún. Veremos que pasa, veremos que pasa. Y cansa, cansa dar entrevistas. Uno trata de hacerse el lindo y no embarrarla. A veces me va bien, otras no tanto. Pero al menos me he estado moviendo en el mundillo laboral. Gente me ha entrevistado. Ahora espero respuestas. Pero cansa. No estoy trabajando, pero la búsqueda de un trabajo es un trabajo en sí. Y nadie me está pagando nada. Me queda algo de dinero, algo, un poco, para vivir. No quiero pensar en ello. No quiero pensar en nada. Espero que me llamen.

Veremos que pasa... así es mi vida ahora... un continúo esperar, por algo mejor, por la tan ansiada e inasible seguridad económica. Soy un idiota más dentro de la máquina del dinero, y mis sueños, a la espera, a la espera, a la espera. Veremos que pasa. ¡Ja! No va a pasar nada.

Sofía está nerviosa. Me pregunta como me fue en las entrevistas. También tiene la fe colgada del cuello de pájaros traicioneros. No te pongas nerviosa, le digo. Nuestros planes dependen de mi trabajo. Si me va bien a mí, le va bien a ella. Un trabajo, un miserable trabajo, un par de billetes, un jefe, un puesto, un almuerzo, una chaqueta, una camisa, una corbata, mover unas teclas, mirar una pantalla de computador, ver las noticias en Internet. Día tras día, hacer una pega. Y esperar un mes, y recibir un pago, y llegar a casa con algo bajo el brazo, el pan, el pan de cada día, el pan que nos da nuestro señor Jesucristo, el muy desgraciado. Eso dicen, eso dicen. Jesús no me está ayudando. Jesús no me quiere. Está bien. Yo no lo quiero a él. Despertar, siete y media, un reloj, una alarma, una micro, un vendedor ambulante, gente fea que no mira, que no ve, que no aspira a nada, que no le importa nada, que sube al bus, como yo, a pudrirse a las oficinas. Pasa un mes, y tengo dinero, y puedo comprar cosas, y puedo invitar a Sofía a comer, y somos felices, y podemos "proyectarnos", y tener una familia, e ir al Líder para llenar un carro con cosas para comer, y ver televisión, y salir los fines de semana, y ser alguien, y poder vivir más o menos holgadamente. Un trabajo, para ser parte del engranaje. No me importa. Es un sistema despiadado. No me importa. ¿Dónde está el dinero? No es fácil. ¿Dónde está el dinero?

Tomo algo de ese dinero escaso. Salgo a la calle. A las inhóspitas calles. Camino, camino, camino. Voy a mi bar favorito, el de mis amigos, el de incontables litros de cerveza, y allí, allí bebo. Solo, o en compañía, no importa cómo, pero bebo, y olvido. ¿Me llamarán de las pegas? Me estoy vendiendo. Lo sé. Vendiendo al mejor postor. No importa. Nadie me está regalando la cerveza. Yo, el sistema, el dinero, la novia, un posible hijo, una casa, un sueño, un invento. No sé nada de nada, pero mi cerveza está helada. Quisiera borrarme. La cerveza está muy helada. Así me gusta. Hoy puedo beber mi cerveza. Mañana. ¡Mañana no existe! ¡Mañana no existe! ¡Mañana no existe!


48.

No te eches a morir. Una amiga me dice que no me preocupe. No, no estamos en el bar de mis amigos. Es otro día. Y he vuelto a salir. Y no tengo dinero. Mi amiga Carolina invita. Es una buena amiga. Ella también está cesante, pero tiene doce años menos que yo y sigue estudiando. No es lo mismo. Y me invita la cerveza. Es una buena amiga. No te preocupes, tarde o temprano encontrarás algo, eso me dice. Y yo quiero creerle. Sí, quiero creerle. Espero que me llamen. Bebemos. Le doy gracias por rajarse. No todo el mundo lo hace, ni siquiera una sola vez, como si un par de lucas fueran cruciales para el futuro. Mi amiga no es judía. Y se lo agradezco. No espero que me invite siempre. "Sabes, apenas encuentre trabajo de nuevo te pagaré estas cervezas". No te preocupes, me dice, hoy puedes ser mi cafiche. Me río. ¡Qué más da! ¡Qué más da todo!

Sofía no conoce a Carolina. Nadie la conoce. La conozco hace un año. Fue extraño como empezó todo. Para variar fue en el bar de mis penurias. Sí, un día jueves cualquiera. Carolina fue una de las cuatro novias que tuve durante el periodo de tiempo en que Sofía estaba alejada, en esa primera ruptura dolorosa. Hoy las hace de amante, amiga, consejera y acompañante.

Ese día jueves partí como si nada y esperando nada. El dj tocaba su repertorio en los famosos jueves ochenteros. Carolina era amiga del dj, a quién yo conocía someramente. Ella estaba con su pololo, un tipo con el corte de pelo muy parecido a Büchi, el político chileno. Aquello me causaba risa. Todavía lo hace. Y no recuerdo cómo fue, pero de pronto estaba sentado con Carolina en la mesa donde compartía con su pololo una cerveza de litro. Propuse, luego de intercambiar algunas palabras, que compráramos un vino. Hacía algo de frío. Y pasamos de la cerveza al vino, más ad-hoc al tiempo. Hablamos, sobre muchas cosas.

Inmediatamente me había simpatizado Carolina y supongo que yo también le había simpatizado porque de pronto mi mano izquierda se entrelazaba con su derecha debajo de la mesa mientras que el pololo ignoraba todo. Ella conversaba con él como si nada. Yo estaba en el medio, y ellos de frente. Me hacía el tonto, y trataba de impedir por todos los medios que el novio se diera cuenta. No recuerdo si alguien lo habrá hecho, porque estaba muy oscuro, como suele estar el local todos los días. De pronto las cosas empiezan a cobrar un tinte más osado. Mi mano se desliza primero por las piernas de Carolina y luego por entre medio de ellas. Al rato, le abro el cierre del pantalón e introduzco mi mano primero por encima de su calzón y luego por debajo de él. Empiezo a jugar con su triángulo de amor. La miro. Sigue conversando con el pololo. Es buena cosa que las mesas no sean de vidrio. Ella me mira. Le gusta que la toque. En realidad estoy masturbándola, tratando de volverla loca. Y ella me mira y se retuerce de placer dentro de si misma, aguantando lo mejor que puede su deseo. Si pudiera gritar gritaría, pero está el pololo. ¡Que bueno que no me quedé en casa ese día jueves! Lo estoy pasando muy bien y por dentro pienso en por qué no me suceden estas situaciones con más frecuencia. Todos los días no estaría mal. Carolina es linda, al menos ante mis ojos, de pelo largo, rojizo, ojos café almendrados, de mirada inteligente y con el par de labios más seductores e incitantes que jamás haya visto. Su sonrisa es preciosa y sus senos son voluminosos, característica siempre apreciada por los hombres. Apenas tiene veintidós años. Es algo gordita, pero su juventud la excusa de ese pecado. No me importa su novio. No es mi amigo. Eso es bueno. No me siento mal por él, porque no lo conozco, no es mi amigo y no me interesa llegar a serlo. Mi mano izquierda está jugando con la vagina de Carolina, el vino sabe bien, la música está buena y estoy sintiéndome extremadamente bien. Seguramente a esta niña, pienso para mis adentros, le excita la idea de estar haciendo esta locura bajo las narices de su novio. No me gustaría estar en su lugar. Me pregunto si alguna novia me habrá engañado antes, si anteriormente se produjeron situaciones como esta y yo era el hazmerreír. Aunque disfruto de lo lindo, trato de pensar en que ninguna novia me engañará así jamás. Los líquidos alcoholizados hacen su efecto. Carolina parte al baño. A los diez segundos parto yo. Nos besamos apasionadamente en el pasillo. ¡Bien! ¡Parece que tengo carne fresca! ¡Una nueva mujer con quien acostarme! Nos dimos los teléfonos. Al otro día nos juntamos. Hicimos el amor. Al tiempo terminaría con su novio. Luego volvió con él, luego terminó de nuevo. Un día ya no me quiso ver más. Y se fue, desapareció. Pasaron seis meses o siete, no sé. Me manda un correo electrónico. Quiere verme. Nos juntamos de nuevo. Volvemos a hacer el amor. No sé qué hacer con ella puesto que en ese momento estaba saliendo con otra niña, y al poco tiempo volvería con Sofía. Nos convertimos en amantes, y en amigos. Sofía volvería, pero no dejaría de ver a Carolina, quien lamentablemente, con el tiempo, se fue retrayendo, olvidándome.

Seguimos bebiendo con mi amiga. Mi mente vuelve al presente. Acaricio su pelo, su cara. La beso. Las cosas no están bien con Sofía. Siento que en cualquier momento todo se va a ir a la cresta. Carolina apacigua mi dolor. No sé por qué no pololeo con ella. De nuevo, como siempre, pienso que es para no complicarme. Si no tuviera a Sofía las cosas serían distintas. Carolina está sin novio, aunque no sé si realmente me gustaría ser su novio. Tengo malos antecedentes sobre ella. Después de todo, no fue muy decorosa con su antiguo pololo esa noche en el bar. ¿No me haría a mí las mismas cosas y peores? Por eso creo que la prefiero como amante, como amiga. Pero quién sabe, quizás mañana piense distinto.

La cerveza se acaba. Pedimos otra.


49.

Sirvió para pasear y ver caras. Eso es lo que me dice Sofía. No ama la música electrónica. Yo tampoco soy un entusiasta de la causa, pero habiendo asistido al primer Love Parade que se había hecho en Chile en el 2005, copiado del original alemán, no quise perderme la segunda fiesta. Esta vez la fiesta... la fiesta. ¡Qué importa la fiesta! ¿Festejar? Estaba allí por el jolgorio, por el carrete. Sofía aprovechó para vitrinear. Yo también. Muchas mujeres, mucha onda, mucha gente, y de todo tipo. Maricones, travestis, lesbianas y, por supuesto, un grueso de gente común y corriente. Ciertamente una postal abigarrada con multicolores trazos en un revuelo loco de un pintor esquizofrénico. Divertido. La música está regular. No es que no guste de la música electrónica. Simplemente no soy muy dado a música tan repetitiva y minimalista. No hay grandes matices, ni melodías. Y sé que no toda la música electrónica es tan vacua. Al menos aquí no escucho nada memorable. El año pasado la música estuvo mejor. Y me paseo por los carros, con Sofía, entre la multitud, a empujones. Desde los edificios circundantes gente lanza agua, incluso en bolsas. Más allá hay gente bailando arriba de los baños químicos, y sobre los techos de algunos edificios. Una muchacha muestra sus senos. Y la gente bebe. Agua mineral, bebidas, cerveza, vino. Las calles estaban cerradas y no se podía ingresar con alcohol, pero el chileno se las ingenia. Algunos locales aprovecharon el evento para expender alcohol. Así dice un papel de cuaderno pegado en una vitrina. Aquí, cerveza a mil. La música sigue, sin parar. El evento partió a las doce del día. Terminará a las once de la noche. Sin parar, la música ha seguido todo el día. Divertido, aunque reconozco haber disfrutado mejor la primera vez. Como en todo, o como en casi todo, no hay nada como la primera vez de cualquier cosa. No importa. Me da igual. Quiero una cerveza, para entrar en onda. Sofía quiere irse. Carolina anda por ahí también. Pienso que debí haber salido con ella mejor. Algunos amigos también andan por ahí. No tengo cómo contactarme con ellos. No puedo llamarlos por celular porque no he comprado una tarjeta telefónica. Y mis amigos son pobres igual que yo y no van a llamar. Nos vamos. Caminamos con Sofía hacia las salidas. Hay carabineros por todas partes. Escucho que un par de veces llaman mi nombre. Allí están. Son mis amigos. No son amantes de la música electrónica tampoco, pero sí de la cerveza, las multitudes, la diversión y de la vida fácil. Me parece increíble que nos hayamos topado en este mar de gente. Sofía se incomoda. No quiere acompañarnos. No sé que hacer. Sofía no calza en el cuadro. Toma un taxi y se va para la casa. Yo me quedo con mis amigos, volvemos a la fiesta, nos acercamos al escenario principal. Está divertido. Muy divertido. Hemos comprado cerveza en los alrededores. Logramos pasar los envases por entre las rejas. Fue fácil. Los carabineros no podían con tanta gente. Considero que hay mucha luz. En el primer Love Parade estaba más oscuro. Y la música no está muy buena. No hay feeling. No importa, sigue siendo divertido. Bebo mi cerveza y pienso en Sofía. Se fue enojada. La entiendo. Tuve que elegir entre mis amigos y ella, y me fui con mis amigos. Mañana me regañará. No, ya lo ha hecho. Me manda un mensaje al celular. Lo leo. Y luego trato de olvidar. Mañana lo arreglaré. Eso espero. ¡Bah! Si siempre ha sido así, y yo no soy el primero en sufrir los típicos problemas de parejas. La mujer siempre yendo más lento, más calmada, más reposada, más madura, y el hombre pensando en la diversión. Pero lo arreglaré.

En casa, de vuelta más temprano de lo esperado debido a que no tenía más dinero para seguir carreteando, llamo a Sofía. Tenemos una de esas conversaciones en que uno se siente culpable de todas las miserias del mundo. Acepto que no estuvo del todo correcto dejarla por mis amigos. Sofía llora, como suelen llorar las mujeres, que siempre tienen ese recurso para ablandar nuestro corazón. Entiendo su postura. Ella trata de entender la mía. Pero más allá de eso he aprendido que las cosas de la vida hay que guardarlas en cajones distintos. La novia por un lado, los amigos por otro. Y así es la cosa.

Es temprano. No son ni la una de la mañana. Sin embargo no quiero más por hoy. Estoy cansado. No sólo fui a la famosa fiesta electrónica, sino que anduve también en bicicleta en la mañana. Me acuesto. Sofía está apaciguada. Gracias a eso duermo placidamente. Se enojó, pero me ha perdonado. El próximo año, si es que se hace el evento de nuevo iré con los amigos. Sofía es de un jolgorio distinto, más refinado, más estructurado. ¿Estaré con Sofía el próximo año?

En las noticias del día domingo dijeron que la fiesta logró congregar a más de doscientas mil personas. Hubo algunos desmanes, pero en general la velada había sido pacífica. Unos idiotas saquearon una oficina. Eso fue lo más grave, además de la enorme cantidad de basura dejada por todos lados. Algo, creo yo, esperable.

No estuvo mal. En una semana más hay que ir a votar, de nuevo. Bachelet y Pineña en segunda vuelta. Por un lado los de izquierda, por otro los de derecha. Y la mitad de un país a favor de uno, y la otra mitad a favor del otro. ¿Por qué no dividen el país en dos? Podría haber un Chile del Norte y un Chile del Sur. Es una idea. Yo voy a votar nulo. Ningún candidato me representa muy bien. Porque no creo en los políticos. Ni en los de acá ni en los de allá. Claro, puedo ser más proclive a sentir simpatías por un grupo en particular, pero eso no quiere decir que me abandere por algún partido. No, la política no es lo mío. Votaré nulo. ¡Ah pero que importa! Tengo otros problemas. Sigo buscando trabajo, Sofía no congenia con mis amigos, y escasea el dinero para cerveza. ¡Esos son mis problemas! No me importa quien diablos salga elegido. Aunque... pensándolo bien, sea quien sea que llegue, ojalá no suspendan futuras Love Parades, porque aunque no soy un ferviente entusiasta de la música electrónica, sí lo soy de las congregaciones masivas, de la música, de la diversión. La vida es dura, y hay que divertirse. Los gusanos esperan, mi carne han de comer. Me llorarán un rato, algunos, luego nada más. No hay que tomarse nada muy en serio.


50.

- ¿No te han vuelto a llamar?

- No Sofía, no me han vuelto a llamar.

- Pucha que pena. No importa. Ten paciencia, pero más que nada ten esperanza.

- Eso trato, eso trato.

¿Que más puedo hacer sino tener paciencia y esperanza? Las cosas mejorarán. Me lo juré para el Año Nuevo. A veces flaqueo. Me da pena Sofía. No es que la compadezca, pero no me gusta que sufra por mi culpa. Si estuviera solo y mi vida no importara a nadie, todo lo que yo hiciera o no hiciera daría lo mismo. Pero tengo a Sofía y me siento responsable por parte de su felicidad si es que no toda.

El teléfono no suena. Es un lunes, como tantos otros lunes. Otro día libre, pero otro día sin dinero. Sólo los ricos pueden darse el lujo de no trabajar. Los odio, pero por envidia. Paciencia... y esperanza. No debo perder aquellas cosas. ¿Alguna puerta de salida? Un fin, la muerte, solución que no soluciona nada pero que lo soluciona todo. No, no puedo empezar a dejarme llevar por las tinieblas. He estado allí, y por periodos prolongados. No es fácil. Dinero, dinero, dinero. No es más que un maldito problema de dinero.

Reviso el diario, busco, busco, busco. Se necesitan vendedores. Por todos lados se necesitan vendedores. Vendedores es lo que más se pide en los diarios. Me causa risa. Pareciera haber un déficit de vendedores. Yo creo que más que déficit lo que ocurre es que hay alta rotación de vendedores y continuamente deben estar buscando gente nueva. Telemarketing, vendedores por teléfono. Todo el día llamando. Enfermante. Sigo buscando. Cierro el diario. Debe haber otro camino.


51.

Un día caminamos orgullosos por los senderos de la aparente alegría. Unas variables se mueven a nuestro favor y la dicha parece eterna. De pronto todo cambia. No más alegría. Viene el recuerdo, el recuerdo de lo nefasto, de la onerosa situación. Los castillos que se construyen en la delgada arena de la playa tienen sus días contados. Vienen las olas, no queda nada, y por entre mis manos se deshace toda ilusión. Tengo un nudo en la garganta. Un vacío infinito llena mi inmensa recámara de desilusiones. Un día y ya nada es más. Y volvemos a caminar, ahora no orgullosos, sino con hondo pesar. Ya no podemos mirar a la cara a nadie. Y ya no quieres molestar. Absorto en uno, acallando el silencio que recuerda el fracaso, hasta que llega el día, ese día en que ya no volvemos a ver los espejos, y nos sentimos imposibilitados de creer ya que el mundo es nuestro. Vivimos así despojados de todo orgullo, vacilantes y temerosos, a sabiendas del triste final que espera. Desvalido, cierras las cortinas del templo de miserias, allí donde escasos hilos de luz hienden la oscuridad que circunda nuestra llama que poco a poco se apaga, se pierde, se destruye y muere al nacer el alba majestuoso que sonríe para los jugadores con las cartas buenas.

Cansado. Estoy cansado. Demasiado cansado para seguir. Un trago, uno más, olvidar, olvidar, olvidar. Un suicidio lento en reemplazo de algo más radical. No pretenderé morir. ¿Cómo hacerlo si ya estoy muerto?

Mis manos lánguidas y mi cuerpo enjuto, esperando la muerte. Mi cama huele a muerte pero mis ojos volverán a abrirse. ¿Qué es toda esta porquería que llamamos vida? No lo sé. Otro vaso, otro recuerdo, otro obstáculo, y nada puede hacer brillar el sol aquí donde reina la muerte suprema.


52.

Es extraño sentir en el transcurso de un sólo día emociones contradictorias, profundamente contradictorias, y no saber realmente que hacer con ellas. No todos los días mando a la cresta a todo el mundo. Hoy lo hice. Fue algo cruel, quizás inopinado y atropellado, sin ton ni son, un exabrupto hostil, al fin y al cabo, una explosión de mi alma. No todos los días les dices a tus cercanos que tu gran sueño a corto plazo es escapar de su yugo y no volverlos a ver nunca más. No todos los días reniegas de parientes, primos, sobrinos, cada uno de los personajes que componen una determinada familia. No tiene que haber una explicación lógica para lo ocurrido. Empezar a explicar conllevaría a un sinfín de palabras que en su totalidad no podrían explicar el meollo del asunto. Todo el mundo tiene problemas con los "suyos", pero en mi caso las emociones parecieran ser absolutamente extremas y encaminadas hacia le repulsión de todo aquello que me rodea. Considero que soy parte de un experimento, que he sido hecho en función de un esquema y que soy el producto de algo tenebroso. Y lo que a fin de cuentas al parecer soy, es un cúmulo de odio visceral que explota en violencia verbal al menor indicio de ataque hacia mi persona. ¿Cómo empieza todo esto? Da lo mismo. Con mi padre no conversamos, no discutimos, sino que nos lanzamos recriminaciones. Hoy, en un acto desesperado quise dejar en claro mi posición, y como odiar al padre podría ser considerado algo posiblemente demasiado "infantil" o demasiado "facilista", es que lancé mis dardos venenosos a cada uno de esos seres que dicen ser mi familia. Me autoexilié, me marginé de todo para llegar a mí, mi ser, despojándome así de toda la malsana influencia de "la familia", esa cosa amorfa y sobrevalorada de la sociedad chilena. "Quiero irme de esta casa y no volver a saber de ustedes ni de nadie que sea parte de la familia, desde la tía tanto, hasta el sobrino tanto". "Quiero olvidarme de todos ustedes, quiero estar solo, tranquilo, y empezar de nuevo, como si nada de esto hubiese existido". Mi padre ya no habló más, y con la mirada perdida seguramente trataba de encontrar en el pasado alguna razón que explicara el horrible espectáculo del presente. No todos los días mandas el mundo a la cresta, y hoy lo hice. El cariño, el amor, el respeto y la compasión no se compran. Y si he cambiado esas cosas por desdén y odio debe existir un motivo que no puede ser completamente atribuido a mi persona. Uno no nace odiando a los suyos. Esto se va generando con el tiempo, con el veneno inyectado en las venas con el tiempo. Me he marginado. En mi soledad encuentro armonía.

Me ducho, me visto, camino a tomar la micro que me llevará a Sofía. Ella me abre la puerta de su casa con una sonrisa que enternece mi corazón. Es una sonrisa que me invita a descubrir las razones de su ser, del porqué de la sonrisa. Esa sonrisa no fue puesta ahí por casualidad, fue producto de todo lo que envidio en ella, pero con una envidia no malsana, si es que puede existir tal cosa. En su casa, en cada rincón de la gigante construcción emplazada en un viejo barrio céntrico, se respira un aire de tranquilidad que mece y acaricia mi espíritu. Sus paredes no se ven amenazantes ni siento un peso asfixiante de una tonelada de ladrillos que se me vienen encima y me trituran, despedazan, hacen mierda, despojando de mi piel hasta el último lamento agonizante que sólo puede hacerse entender a través de palabras llenas de violencia y desdén. Aprendí entre gritos, y sólo a gritos pareciera poder defenderme. Pero en la casa de Sofía me siento bien. Justo hoy está sola. Su madre fue a la playa con uno de sus hijos para ver un asunto con una propiedad que tienen allá en Algarrobo. La familia de Sofía tiene propiedades. Yo voy a heredar una mochila cargada de amarguras. Hacemos el amor. Al principio no tengo ganas. Todavía estoy algo tenso. Salir de mi hogar, que es como un infierno, y llegar a casa de Sofía que es como el cielo, produce en mí sensaciones extrañas. El cuadro global, el lienzo de mi vida parece cada vez más un cuadro de Jackson Pollock, el gran maestro de la pintura abstracta, con ataque de Impresionismo, donde una escena bucólica pareciera querer hacerse presente entre la maraña inexpugnable de los trazos sangrientos de un mundo que como un cáncer, pareciera comerme vivo por dentro. Estoy con Sofía y la vida parece linda... estoy en cualquier parte y ya no estoy tan seguro de cómo identificar o darle nombres a los lienzos.

Sofía prende la tele después de la siesta, esa típica siesta después del amor. Han pasado cerca de tres horas. ¡Tres horas de siesta! Mi mente libre por tres horas, al fin, allí, donde no se escucha el clamor del mundo malicioso.

Javiera y los Imposibles. Luego Kudai, y de ahí Pedro Aznar con Congreso como banda de soporte. Es la fiesta por el cambio de mando. Se va Lagos, llega Bachelet. Lavín con sus "Alas para todos" y Piñera con... con... con... No me acuerdo con qué se promocionaba Piñera. Al final salió elegida Bachelet. Y no, yo no estaba allí en la televisión flameando banderas rojas, ni con una polera del Che Guevara. No soy de esa onda. La política no es lo mío, y no me abandero por nadie. Tengo mis preferencias, pero sólo son eso, preferencias.

Salimos a comprar algo para la once. Unos panes, un par de paltas. Nada muy glamoroso. Acompañamos el pan con palta con dos tazas de té para cada uno. Seguimos viendo la fiesta por el cambio de mando. Finalizada la once le digo a Sofía que debo irme. Camino hacia donde está el jaleo, el alboroto, acompañado de mi personal estéreo, esas cosas que están pasadas de moda porque ahora todos usan Ipod, pendrives, y otras formas de entretención digital. Yo sigo análogo, más por circunstancia que por anhelo, y escuchando radio, porque la casetera no funciona. Tengo las radios programadas, al menos eso es moderno, y me paseo a través de todo el dial. Camino, camino lento, lento, lento como si no quisiera llegar a destino, a ese destino que es como el infierno. ¿Habrá alguien que quiera llegar a aquel lugar con presteza? No, no lo creo. Camino lento porque no quiero llegar. Y me confundo en la multitud que se apiña desordenadamente frente al Palacio de Moneda. De la casa de Sofía hasta allí hay unas diez cuadras, quizá menos. Trato de avanzar entre la gente, pero hay demasiada. No puedo ver el escenario con exactitud. Inti-Illimani está tocando. No me siento a gusto. Demasiada parafernalia política para mi gusto. Me retiro, indignado, como me retiro de casi todos los lugares, y sigo mi camino. Por la radio alcanzo a pillar el dial donde están transmitiendo la velada musical politiquera. Bachelet va a hablar. La escucho. Veamos que tiene que decir. Bonitas palabras, bonitos ideales, un discurso simple y directo lleno de utopías de hermandad, de que Chile aquí y Chile allá. Ni siquiera Jesús pudo hermanar pueblos. No creo que lo haga Bachelet, la primera "presidenta" de Chile. ¡Bah! Palabras lindas las dice cualquiera, por eso yo declamo fealdad, cosa que no hace cualquiera. ¡Si yo fuera presidente! Hubiera invitado a Criminal y a Slayer para que tocaran para el pueblo. Sigo caminado. Por las calles, febril agitación. Mucha gente que poco a poco empieza a abandonar el jolgorio. La presidenta ya habló, y mañana la vida sigue igual para todos. Los ricos se levantarán sabiéndose ricos, los pobres, sabiéndose pobres, y la clase media sabiendo que está toda cagada entre medio de una poderosa minoría y una apabullante mayoría. De todos los presentes en la "fiesta" gran porcentaje camina hacia el Oeste, donde está el Chile Feo. Otro gran porcentaje camina hacia el Sur, donde viven los ilusos que creen que comprando a 36 cuotas en el Mall Plaza Vespucio son parte del Chile Progresista. Quizás lo sean. Y otro porcentaje camina hacia el Norte, donde viven otros atorrantes. Un ínfimo porcentaje camina hacia el oriente, donde están los Dueños de Chile. Yo camino en la misma dirección suponiendo por un instante que debo estar equivocado. Poco a poco el fulgurante clamor ciudadano se va apagando. Cada vez empieza a verse menos gente. Una vez ya en Irarrázaval no queda nada de nada. Sigo caminando, y no paro hasta llegar a mi casa. He caminado cerca de diez kilómetros. Quería caminar, en gran parte para olvidar mi destierro. Y vi mil caras, y en ninguna me pude reflejar. Caminando olvidaba, pero al girar la llave sabía ya que estaba de regreso al infierno, del cual, por suerte, puedo escapar, aunque sea por momentos. Pero siempre está allí, el infierno, y al entrar en mi pieza sé que las murallas pronto volverán a aplastarme. Mañana es otro día, y será parte del día a día, de ese maldito día a día que cansa, aburre, apabulla y asfixia con su constante bullicio.

53.

Desde el Cerro San Cristóbal la cuidad se ve hermosa. Empieza a oscurecer y luces por todas partes se encienden como luciérnagas inmóviles. Santiago despide al sol, y yo me despido del cerro. He subido el cerro ya varias veces, pero esta ha sido la primera vez que lo he hecho con la tarde ya entrando en noche. Paseamos junto a Sofía a una amiga de mi hermana, gringa de nacimiento, que conoció a mi hermana en un congreso hecho en Houston sobre no se qué diablos de orden científico. Está de paso por Chile por corto tiempo, de vacaciones, solazándose por estos lugares de los cuales no pretende perderse el sur. De hecho en Santiago estará tan sólo un par de días. La llevamos, yo, Sofía y mi hermana, al Cerro San Cristóbal. No hacerlo sería como estar en Francia y no visitar la Torre Eiffel. Todos los gringos y demás extranjeros que pasan por Chile visitan el cerro. Wendy no iba ser excluida de tal paseo. Wendy es una rubia alta de pelo lacio pero brillante, de amplias caderas, voluminosos pechos y algo entradita en carnes sin llegar a ser gorda. A Wendy le queda bien el nombre. Se ve como una Wendy, respirando como tal. Wendy no calza con los chilenos, me refiero al nombre. Aquello no lo entienden muchas chilenas que creen que es de lo más chic nombrar a sus hijos con nombres americanos, nombres que calzan bien a los del norte pero claramente desdibujan la caricatura chilensis. Wendy, Jennifer, Sharon, Wendilyn, Jerry, no pegan. "Oye Sharon pásame un huaipe pa´ limpiar la shicha que el saco huea del Bryan botó y que manchó la shaleca y el shalón". No, definitivamente no pegan los nombres gringos en nuestra idiosincrasia de indios pelusones.


Wendy hace preguntas, nosotros respondemos, tal guías de turismo. Mi mente repentinamente empieza a divagar. De pronto recuerdo que el Parque Intercomunal de la Reina ya no se llama más así. Hace muy poco le cambiaron el nombre a Parque Padre Hurtado. Me pregunto cuál es el afán de nombrar tantas cosas con nombres de gente santa. ¿Acaso los grandes pecadores no merecen una plaza, un cerro, una maldita calle, un insignificante pasaje? Los colegios o son fiscales o son religiosos. No hay colegios para hijos de librepensadores. Todos se dicen católicos, pero se comportan como herejes. Aquí en Chile todo el mundo es bueno, al parecer. Las figuras religiosas son parte importante de nuestra cultura. Como indios que éramos cuando llegaron los españoles adoptamos su credo. Y ahí está la virgen, mirando incólume el desplazamiento de sus súbditos. Hace calor aún. El verano no termina. Nos refrescamos con unos motes con huesillo. Subimos a la virgen. Algunos se persignan. Pero Jesús no viene na. Lo leí en la polera de un hippie, de esos que venden artesanía en una feria que hay en el centro. Jesús no viene na. Sin embargo hay gente orando. "Caballero, señora, disculpe, no sabe que Jesús no viene na. Guárdese sus plegarias que el hueón no está ni ahí". Me imagino el infarto que provocaría en más de un viejito o viejita piadosa si me acercara a decirles algo así. Pero bueno, allá ellos con sus plegarias y sus rezos y sus buenas intenciones.

Tanta iluminación espiritual abre mis deseos básicos y sugiero que vayamos a comer algo y a tomarnos un schop a Bellavista para que Wendy conozca aquel barrio que está justo en la delgada línea que separa lo pintoresco de lo rasca. Al llegar a nivel de calle ya está oscuro.

Con Wendy hablamos de Chile y de Estados Unidos. Tratamos de establecer las diferencias. Yo le digo que aquí en Chile la gente se rompe la espalda por menos de mil dólares mensuales y que pasa todo el día en el trabajo y que no tiene vida. Ella me mira asombrada. Bueno, ella es de un país desarrollado y nosotros somos de uno que no lo es en muchos aspectos. Recuerdo al imbécil de González, uno de mis compañeros de trabajo. Es sábado, debe estar en su casa viendo tele o arreglando el jardín. Posiblemente está en un mall.

Le explico a Wendy que no somos tan indios y que mucha gente busca trabajo a través de Internet. Le digo que cuando me preguntan cuales son sus pretensiones de renta yo respondo: "¿Cuánto ofrecen?". Detesto los avisos de trabajo que salen en Internet donde no dicen cuánto pagan, sino que le preguntan a uno en cuánto se vende. Si uno responde que las aspiraciones son de 200 lucas, los empleadores pueden pensar que uno se valora poco, si uno pide 500 lucas pueden pensar que uno pide mucho. "Me levanto en las mañanas y les voy a hacer su mugre de trabajo desde 250 lucas". Me carga que los empleadores tengan tanto control. Y pasamos luego a hablar de política, de la Bachelet, de esto, de esto otro y de eso también. Yo pido un pitcher de cerveza para todos. Hay algo de dinero. Wendy se marcha al sur al día siguiente, temprano en la mañana en un bus que la llevará a Pucón. Luego pretende visitar Puerto Montt. Y partirá a Chiloé. Me pregunto si la volveré a ver algún día. Desaparecerá y será olvidada, como todo.


54.

Un amigo me dice que me vaya a Australia. "Mira hueón, aquí estai cagado", me dice con un semblante entre serio y para la chacota. Y sigue. "Vos te manejai bien cuando las cosas son de verdad. Mira a mi me gusta el rock, a mi también, buena onda, vamos a tomarnos una chela. Vos te manejai bien con eso, pero como las hueas cuando tenis que fingir y adecuarte a los códigos invisibles de los chilenos. Y lo peor de todo hueón es que aquí todos los hueones son unos hipócritas. Ni siquiera cínicos". Y me explica una interesante teoría. "Mira, los hueones cínicos son mentirosos pero saben que lo son. Los hueones hipócritas son igual de mentirosos pero se creen buena gente, y este país está lleno de esos hueones". "Y vos soy demasiado honesto, y eso no calza en esta sociedad, que lamentablemente se rige por códigos de doble estándar. Y mira, sabís que, al final están igual todos cagados. Hueón, no conozco a nadie que no esté pal pico. Están todos cagados, todos. Hueones que deben más plata que la chucha, hueones complicados, hueones estresados. Puta, la hueaaa es así. Y recuerda al Coco Legrand en el último Festival de Viña. Este país te caga, y si no te caga, te entierra, porque aquí el hueón que piensa diferente esta cagado". Me río, mientras abro otra cerveza, tanto por la verdad expresada en pocas palabras por mi amigo como por el recuerdo de la rutina del Coco. ¿Y que hago con Sofía? pienso para mis adentros. Ella está bien aquí, gana buena plata, ni cagando se iría a la aventura. Reconozco en lo más profundo de mi ser que ella es lo único que me ata a esta tierra. El que nada tiene nada pierde... pero yo tengo algo y temo perderlo. Y olvidamos Chile y su gente. Olvidamos también Australia, y todos los lugares que parecen ser mejores que la huevada de país en el que nos tocó nacer. Me gusta el sur, me gusta el clima de Chile, pero es su gente, su maldita gente... allí, allí empiezan los problemas.

Conversamos de música, nuestro tema recurrente. Pelamos a Bono, de U2, lo hacemos mierda. A ambos nos desagrada. ¿Qué fue esa huevada de andar visitando al presidente y a la que venía a tomar el mando? ¡Si vos soy un rockero! ¿Qué chucha andai haciendo saludando a presidentes? Luego hablamos de Franz Ferdinand y su actuación en Viña. A mi amigo no le gustó. Dice que no tienen nada nuevo que ofrecer, que lo que hacen ya se ha hecho antes innumerables veces. The Who hacía eso en los setenta. Y en realidad así es. La música está como muy retro. ¿Ya no hay nada nuevo?

Abrimos unas nuevas cervezas mientras cambio la música. ¿Escuchaste el último de Judas Priest? Aquí lo ando trayendo. Se abre la puerta de entrada y aparece la esposa de mi amigo. Hola como estai. Pedimos una pizza.


55.

Mi madre me dice que llame a tal compadre. Es hermano de una tía política. Me pasa su tarjeta. Vaya vaya. Es Gerente General el perla. Algo habrá hecho bien. Quizás sabe mentir mejor que yo. Debe ser un gran hipócrita, porque esos son los que triunfan. Me resisto a llamarlo. Convenir en adaptarme al papel de plebeyo humilde que le pide ayuda a los opulentos reyes me revuelve el estómago. ¿Por qué no es al revés la cosa? Supongo que lo llamaré. Nada que perder, aunque sin nada claro sobre lo que podría ganar. ¿Por qué querría ayudarme? ¿Con qué fin? ¿Para qué? No me calza. He hablado con él un par de veces. Es un tipo exitoso, aunque tengo entendido que le fue mal con su matrimonio. No lo conozco en realidad. Ni siquiera nos atan genes. Hasta donde tengo entendido yo soy un pobre triste huevón para él. Soy el plebeyo. No me convence el asunto de llamarlo. Sofía seguramente me diría que no sea tonto y lo llame. Ella quiere casarse, tener familia, niños, un perro; un cuadro feliz donde yo no estoy aportando los trazos seguros de una mano diestra en el arte de pintar cuadros bonitos. En vez, mi mano pareciera ser la de un lunático, creativo, pero lunático que en las murallas de su celda pinta con sangre visiones del infierno. Ni un maldito arbolito por ninguna parte.

Durante el atardecer mi madre me notifica que viene el hermano de mi padre a no sé qué diablos. Hay que ir a comprar un pisco, una bebida y algunas cosillas para picar. Nada muy elegante. Mi tío tiene plata y conoce gente. Nunca le he pedido ayuda. Pero en su mirar me doy cuenta que yo le importo una mierda. Además, el tiene sus propios problemas. Fuma como carretonero, seguro morirá de cáncer. Mi amigo tenía razón. Todos los hueones están cagados. A nadie le sobra y cada uno vela por su propio bienestar. Supongo que yo hago lo mismo, sólo que mi bienestar está muy por debajo de la línea de mis familiares. Allá una de mis tías con sus propiedades, acullá un tío con su departamento en la playa, decimoquinto piso, con vista al mar. Allá una prima que recibió un auto de regalo y que se paseó por Europa. Allá, allá, allá todos ellos con sus grandes e importantes vidas.

Estamos determinados en gran parte por nuestra ascendencia directa. Quienes fueron tus padres, eso marca. La pista es más difícil para el C3, porque me imagino que soy C3. ¿O C2? Definitivamente no ABC1. Esas son las clases sociales privilegiadas. El C1 siendo el eterno wanna be que quiere escapar como espantado de la fealdad tan próxima de los C2 y C3. ¡Mal que mal comparten la misma letra! Los B se cagan de la risa, y los A no miran a nadie, a nadie. Ni siquiera estoy incluyendo a los pobres. Esos ni siquiera participan de la carrera. En cierta medida están bien. Es poco lo que pueden descender, menos lo que pueden escalar, pero la clase media siempre pende de un hilo fino que hace que la pobreza no sea una pesadilla de cuentos. No. Es posible ser pobre habiendo nacido en clase media. Los ricos, bueno, ellos manejan el mundo. El porvenir está asegurado para ellos.


Tengo una vecina que es C3 pero se cree C1 y va a comer a lugares ABC1. Un día nos topamos en un restaurante. ¿Me creeré yo también un C1? Con Sofía fuimos una vez, cuando había dinero, y comimos muy bien. Mal que mal Sofía claramente es C1. Langostinos, carne, pollo, queso. Todo en una tabla caliente. Exquisito. Allí estaba la huevona, mi vecina, esa que cuando pasa por mi lado dibuja en su rostro una expresión que dice: "córrete roteque". La estúpida vive a dos puertas más allá, en el mismo edificio gris, bajo el mismo cielo amenazante, bajo el mismo sol que brinda la mejor luz a los cuicos de allá arriba. Ella se cree cuica. Se viste como tal, habla como tal, pero al igual que las motocicletas de Hong-Kong que simulan ser unas Harley-Davidson americanas, costando mucho menos, ella es una copia, una mala copia. Y es rubia la muy huevona. Teñida, seguro. Pero no es fea y tiene bonito cuerpo. Si no fuera tan estúpida la saludaría. "Hola huevona estúpida C3 que te crees ABC1. ¿Cómo está el ascenso? ¿Seguís yendo a comer a El Bosque? ¿Vai a los happy hour como todos esos oficinistas a mal traer que también se creen ABC1 como tú huevona estúpida?". Y me río. Hay un millón de esas huevonas. Yo soy C3. ¿O C2? No importa. El asunto es que no me creo ABC1. Quiero ser A y mirar al mundo con el mismo desprecio con que lo hago, pero teniendo mi cuenta corriente repleta de millones. Y quiero entrar a los bancos con bombos y platillos. "Don Ignacio, ¿cómo le va? Lo estábamos esperando. ¿Cuánto va a traspasar a Suiza? ¿Mil millones? Muy bien. Cómo no". Sueño con millones, dulces y excitantes millones. Mejores que el amor, aunque creo que Sofía no estaría de acuerdo. Si llegara a su casa con un collar de diamantes podría cambiar de opinión.

Así y todo hay giles que se mueren de hambre. Uno debiera estar feliz con lo que tiene. ¡Gracias Dios por darme lo que me das! ¡Gracias por el pan de cada día! ¡Qué sería de nosotros sin ese maldito pedazo de pan! Gracias, gracias, gracias. Yo soy un malagradecido. Pero estoy seguro de hablar por millones. Sí, nos han acostumbrado a conformarnos. No seamos ambiciosos. Piensa en los que tienen menos que tú. Es difícil romper con el esquema, levantarse y decir: "¡Váyanse a la mierda, ser pobre es una mierda y lo que tengo no me basta!". Al menos debieran dejarnos alegar.

Concuerdo. No sacamos mucho de tanto patalear. Pero la huevada es una mierda, con o sin pataleo.


56.

Hace poco instalaron una nueva línea de metro que pasa a tres cuadras de mi casa. Llega hasta Puente Alto, empezando en Tobalaba con Apoquindo. Puente Alto queda hacia el extremo sur de la capital y la estación Tobalaba queda hacia el norte, pero antes de cruzar el río Mapocho. Hasta hace un par de semanas el trayecto completo no estaba finalizado. La gente podía llegar hasta la Estación Grecia como máximo. Yo vivo antes de esa estación. Ahora esta todo finalizado. Y se nota, porque si antes uno podía ir y venir sentado cada vez que se desplazaba por la línea en cualquiera de las dos direcciones, ahora los trenes van atestados de gente. Miles que vienen desde Puente Alto para trabajarle a los ricos de Providencia y miles que se van en las tardes a sus pequeños y lejanos infiernos. Recuerdo haber venido de vuelta un día desde Providencia. La gente a sus anchas, teniendo al sujeto más cercano a tres metros de distancia o más. Ahora el metro va lleno, repleto. Mucha gente de pie. Como decimos en buen chileno: "La huevada se chacreó", al igual que los balnearios de la Quinta Región.

Tomé el metro para ir a una entrevista de trabajo. Tuve suerte de encontrar un asiento. Iba sin ganas, casi sabiendo que iba a ir a perder el tiempo. El día anterior me habían llamado. Era la empresa X. Desde el principio no me gustó. Conocía a la empresa de nombre. Venden cursos de inglés, aunque ellos dirán que venden "programas avanzados de aprendizaje del idioma inglés a base de un sistema global interdependiente de asesoría integrada multifuncional focalizada en el desarrollo de las habilidades cognitivas del estudiante a través del método darwiniano de step by step con énfasis en la orientación a las metas y al aprendizaje completo" o alguna otra cosa rimbombante del estilo. Ahora si uno no aprende inglés es porque no estudió.

Llegué al lugar citado con cinco minutos de holgura. A diferencia de otras veces, no me acerco a la secretaria para decirle que tengo una entrevista. Entro al edificio a través de una puerta grande de madera que no expresa nada sobre lo que posiblemente hay tras ella. Podría haber un matadero allí adentro. Y en cierta manera lo hay. Avanzo unos pasos, me quedo parado mirando para todos lados haciendo caso omiso de la secretaria. En un giro repentino nuestras frías miradas se cruzan. "¿Qué necesita?". Le digo que vengo a una entrevista. "Pase por el corredor a mano izquierda". Al llegar, otra tipa, ésta con una horrible sonrisa forzada, me pasa un papel. "Hola, necesito que me llenes esta hoja. Toma asiento". En la sala hay alrededor de seis personas, hombres y mujeres, todos entre los veinte y algo y los treinta y algo, esa edad desgraciada en que no se es tan joven como para dedicarse a vago ni tan viejo como para jubilar. Siento que estoy entrando a un matadero y me van a desangrar con certeras estocadas. Una que dice que mi título de ingeniería comercial no vale nada, otra que me dice que me van a explotar y otra que me dice que nunca encontraré de nuevo nada que valga la pena. Me resisto. Quisiera escapar. He estado anteriormente en situaciones similares. Llenar el papelito. Al sentarme me pregunto de dónde diablos voy a sacar un lápiz, y las fuerzas no me alcanzan para pedirle uno a la estúpida de la sonrisa eterna. Miro hacia atrás, allí, una niña bastante atractiva tiene cara de que no se está comprando el cuento ni por ni un segundo, pero que está dispuesta a escuchar al menos la vendida de pomada. “No es lo que quiero” se lee claramente en su hermoso rostro. A ella le pido prestado un lápiz. Ella ya terminó de escribir su testamento. Es una miserable solicitud de empleo. Las preguntas son las típicas. Nombre, dirección, etc., etc., etc. Apenas tengo ganas de escribir. Sé tan claramente hacia adonde apunta el asunto que no me explico por qué no tomo mis cosas y me largo en el acto. Algo me retiene, debe ser una tan humana debilidad llamada esperanza. Quizás no es tan malo. En una de esas es para un trabajo entretenido, y de verdad. Porque andar vendiendo cursos de inglés no lo es. Me anclo tercamente a la inasible esperanza que cada día muere lentamente. Me miento estúpidamente.

La sala donde estoy está extrañamente adornada. Se parece bastante al área de trabajo del callcenter donde hice el loco por un rato. Parece la sala de un jardín infantil. Muchos colores. Un delfín pareciera mirarme socarronamente. ¿Qué es toda esta mierda?, pienso. Hay una tele, un equipo estéreo. La silla al menos es confortable. Empiezo a escribir mi sentencia de muerte. La tipa de la sonrisa imperecedera pregunta quién ha terminado. Sigue sonriendo. Yo le entrego mi papel. Se retira de la sala mientras va leyendo mis datos, escritos de mala gana, con letra fea. Vuelve pronto. "No me anotaste las referencias" me dice con su sonrisa hipócrita dibujada a la mala. No tengo referencias huevona estúpida. Si las tuviera las hubiera escrito. Aunque no es cierto que le diga eso, mi primer impulso es taparla con imprecaciones. Ciertamente no lo hago. Quizás con eso hubiera podido borrar su insípida sonrisa. Había que dar tres referencias. No se me ocurre ninguna. No intento descubrir ninguna. Agarro mi celular y tomo nombres y números al azar. ¡Ahí están tus referencias tonta huevona! Para mayor goce no hago calzar los nombres con los números. Al último referente le invento números. Como sé que se trata de un trabajo falso, de mentira, me comporto también de mentira. Vuelve la sonrisita andante y se lleva mis datos nuevamente.

De pronto estamos los conejillos de indias a solas. Algunos ya los llamaron para ser entrevistados. ¿Oye, tu sabís para qué es esto? me pregunta un gordito con cara de buena onda. No tengo la más remota idea, le miento. Observo las caras y modales de mis coterráneos. Nadie pareciera estar muy contento, como que ya saben en sus fueros internos que están perdiendo el tiempo, tratando, al menos, de no perder la compostura. Sonrisitas vuelve y llama a cinco de nosotros. Nos lleva a otra sala, ésta, sin aspecto de jardín infantil, a mí, al gordito simpático, y a tres niñas; una de contextura media, una bien flaca y otra con unos pechos gigantes. Lo único agradable de la reunión son los pechos de la gordita, una rubia generosa que se sienta justo a mi lado izquierdo. Gordito está a mi derecha. Al frente, justo al frente, se sienta una tipa de contextura media que se me imagina debe ser una arpía. Nos va a entrevistar. Aunque de entrevista no tiene nada el asunto. Ella empieza a hablar. Nos explica muy así en el aire de qué se trata. La niña flaca quiere saber de qué se trata en realidad. "¿Esto es para vender cursos de inglés?", pregunta, con adorable ingenuidad. La niña ni flaca ni gorda se hace la que le interesa. La tipa sigue hablando. Mencionó su nombre. No lo retengo. Luego lo mencionó nuevamente, y tampoco lo retuve. Siento que ella sabe que yo sé que todo es una farsa. Sigue hablando. "Es una empresa en expansión, con sucursales hasta en el Polo Norte, y hay oportunidades, y esto, y esto otro". No menciona los sueldos. Dice algo de dos meses de capacitación. Claramente no pagados, pienso yo. Nosotros estamos buscando directores. Mmmm. Directores, eso suena bien. Pero luego empieza a explicar que primero que nada hay que conocer el producto. "¿Pero hay que vender?", pregunta una de las niñas. No, dice la mentirosa en busca de presas incautas, pero sí tienen que conocer sobre la parte comercial y eso significaría venta en terreno. Pero no se preocupen, porque tendrían apoyo. Lo importante es que tengan claro que luego de ocho meses empezarían a ascender, y a medida que pase el tiempo se les asignarán labores dentro de los institutos, porque lo que nosotros estamos buscando son directores, no vendedores. Seguía mintiendo. Lo veía en su rostro. Siguió hablando, y nada era concreto, excepto que había que seguir un proceso de selección. Tres días. Los que pasaran los tests sicológicos y otras pruebas seguirían en una capacitación de dos meses. No hubo mención de dinero. Tampoco nadie preguntó. Y si alguien hubiera preguntado la respuesta hubiera sido tan evasiva y en el aire como un discurso político.

Estaban buscando vendedores, sólo que la tipa que se reunió con nosotros, los conejillos, pintó el asunto de tal manera que se viera atractivo. Pero era para ventas al fin y al cabo. Conocí un caso. Una niña que trabajó precisamente para la gente de la empresa X. Tenía metas de venta que eran inalcanzables. Le pagaban algo así como ochenta mil pesos de sueldo base, de los cuales había que descontar el dinero a gastar en locomoción y almuerzo. Si no cumplía la meta, que obviamente era imposible de cumplir, la echaban a los tres meses. Y la echaron a los tres meses. Y vendió un montón de cursos de inglés por varios millones de pesos. En los tres meses que estuvo le pagaron menos de lo que valía un sólo curso. La estrujaron, le sacaron la sangre, no le pagaron incentivos por no cumplir las imposibles metas, la desecharon, y empezaron a buscar nuevos conejillos para sacrificar en el matadero que se escondía tras la puerta de madera. Yo iba a ser la próxima víctima.

Teniendo en claro que aún en el mejor de los casos no iba a juntar suficiente dinero como para cambiar mi vida y a sabiendas de que lo más probable era que terminara peor de lo que ya estaba, opté por lo sano, o sea, mandar a los idiotas a la cresta. La estúpida nos pregunta quién quiere seguir en el proceso. Dos niñas; la flaca y la gorda, y el gordito simpático, dicen que no. La otra niña dice que sí, y yo digo que sí. Miento nuevamente. Mañana me estarán esperando. Ellos han mentido, y yo también.

Salimos del matadero y los cinco nos dispersamos rápidamente. No hay ánimo ni siquiera para comentar la idiotez que hemos compartido en la mañana. Cada uno toma su celular. Empiezan a ver si alguien los ha llamado. O quizás quieren llamar a alguien y contarle las noticias, las nefastas noticias. La flaca guarda su celular, la gordita está hablando. Me acerco a la flaca. Habiéndola visto sólo de perfil quería salir de la duda y contemplarla de frente. No está mal. Le pregunto si le convenció el asunto y me responde una negativa. Yo replico que tampoco me convenció y que había dicho que sí, que continuaba en el proceso de selección, sólo por joder. Caminamos hacia el metro. Me explica que quiere encontrar trabajo en lo que estudió. Yo me río para mis adentros. Es Ingeniera de Ejecución en Informática, o algo parecido. Ha hecho algunas prácticas. No está dispuesta a hacer otra cosa que no sea en aquello que estudió. Le pregunto si estaría dispuesta a trabajar en algo bueno, aunque no sea dentro de lo que estudió, con contrato y sueldo fijo, sin nada que ver con ventas. Me dice que no. La niña es joven. Se nota que no tiene experiencia, y en su vehemencia trasudan las ilusiones típicas de los que quieren hacer de este mundo algo mejor. "Si po. Porque si estudié fue para algo. Y tengo que trabajar en lo que estudié po. Porque si no, ¿para que me desgasté estudiando una carrera?". Ella tiene que cruzar la calle, yo debo tomar el metro. Chao, chao. Una sonrisa se dibuja en su rostro. Es una sonrisa de verdad, inmaculada. Seguramente nunca volveré a ver a la flaca sin nombre. Pobrecita. Quiere trabajar en lo que estudió. No comprende aún sobre la crueldad del mundo. No sabe aún que sus sueños pueden y muy posiblemente serán aplastados sin la menor contemplación por gente que le importará un bledo y menos lo que estudió. Ella no comprende lo maquiavélico que es el mundo y su gente. No sabe, no entiende, no quiere ver, que con su cuerpo podría ganar bastante dinero como prostituta.

57.

Hoy ha sido el primer día del año en que me cubro con un polerón al llegar la noche. Ya hace más frío, el verano muere, como muere la esperanza al otro lado de la línea telefónica. Sofía no se ha sentido bien. Los planes no han resultado. Nuestros planes no han resultado. Está deprimida. Yo me deprimo con ella. El mundo está ganando y nos está dejando a la zaga, a nuestra suerte. Como la noche fría, mi espíritu se paraliza en un estado de incredulidad frente al futuro. El presente lejos de ser ideal, el futuro incierto, negro, impredecible y abominable. Sofía empieza a dudar. No entiende por qué Dios lo ha querido así. Y yo siento frío más por mi incapacidad de rescatarla de su desolación que por la muerte inevitable del verano. Llega el otoño, y con él la certidumbre de que las hojas caerán de mi árbol para pasar el invierno desnudo en el parque de las ilusiones deshechas.

58.

Vivo en un edificio gris circundado por otros edificios grises que hacen un todo comunitario de deslumbrante gris. Es un gris que brilla intensamente más refulgente que el sol. Un viejo enjuto, acabado y con la mirada puesta en mejores horizontes inalcanzables sale de su puerta al balcón. Por fuera pasamos yo y un amigo que está de visita. Pasó un rato a saludarme. Vamos a comprar unas cervezas. "Mira, mira a ese pobre huevón", me dice. "Gris como donde vive. Las viviendas son el reflejo de las personas que en ellas viven". Empezamos a filosofar. Mi amigo recurre al tema tantas veces visitado. "¿Por qué tus padres viven aquí?" pregunta. No entiende. "Pero si tu papá gana suficiente dinero. ¡Y más encima la huevada es arrendada! ¿Desde cuando están aquí? ¡Hueón, tus viejos llevan pagando más tiempo arriendo de lo que la gente se demora en pagar dividendos a veinte años! ¡Cachai que no tiene sentido!" Asiento. Claro que no tiene sentido, yo sólo heredo el tesoro de errores de la generación anterior. Igual me da rabia, comento. ¡No me van a dejar ninguna propiedad!


59.

Mi amigo se fue al rato y yo me quedé en mi gris departamento absorbiendo a cada segundo las partículas de gris que quieren hacer de mí una estatua gris. Camino nuevamente por mi barrio. El césped está mal cuidado, pudiendo brillar no lo hace. No hay ánimo común para hacer brillar nada que no sean los colores del arco iris gris. Los edificios de pronto se transforman en lápidas. Me imagino que vivo en un cementerio. En su inmutable estancamiento puedo leer la historia de los muertos en las lápidas gigantes donde dicen vivir. ¡Que cosa más falsa! Están todos muertos, muertos hace rato, muertos al momento de llegar, y recontra muertos cuando descubrieron que no iban a salir jamás del barrio gris. Y para dar más realce al gris, alrededor del barrio, en otros edificios, en otras casas, brilla el sol. Brilla en todas direcciones menos hacia el Sur, donde nada brilla. Mi barrio es como un cáncer, una mácula infecciosa, un lamparón en suave tela de seda. Mi barrio no calza con la comuna donde está. Mi barrio es feo, es gris, es desolador y es deprimente. La gente que vive en él también es todo eso y más. Quien ideó y construyó el barrio debió haber sido un tipo muy gris o simplemente pasaba por una depresión. Ni siquiera el verdor de los árboles que desprecian su mala suerte puede combatir del todo el gris intenso que estanca su crecimiento. No pueden hablar. Pero me imagino que lo hacen y que piden a gritos que los saquen del cementerio. El hombre viejo y acabado sigue en su terraza. Y yo voy para allá, voy en proceso para convertirme en un viejo despreciable que ni siquiera tendrá un balcón para ser observado en su palpitante y evidente miseria. La muerte está en la esquina me ha dicho mi amigo. La muerte está ahí, tan cerca que casi puedo sentirla. Y viene por mí, viene por todos. Y cada día que pasa le doy una ventaja para que tenga más probabilidades de atraparme en este cementerio.

Sofía me pasa a ver. No entiendo por qué su auto es gris. Es bonito, pero gris. No calza con su sonrisa que es color carmesí. Al observarla contemplo los colores que me son vedados. Reconozco en ella un distinto vivir. Al acercarme puedo contemplar en su esencia los destellos de agua cristalina que reflejan los tímidos rayos de un sol luminoso. Como si fuera un oasis me acerco a beber las aguas que calman mi atribulado corazón. Sin embargo es ilusión. Mi oasis preferido se desvanece, atrapado por el gris envolvente que no se contenta con destruir mi débil templo sino que también se ensaña con cada hermosa rosa que crece en mis jardines descuidados. Ella está absorbiendo también las partículas de gris. Pareciera que no hay escape. Debemos hacer lo que podamos con lo que tenemos ¡pero demonios por qué tiene que envolvernos este manto de desilusión y agonía desesperanzada que magnifica nuestras inconsistencias y oprime nuestra voluntad! ¿Cómo te vas a quitar la mochila con piedras? Alguien me preguntó. Cada día se llena con más piedras y bien muertos estarán todos aquellos que llenaron tu saco cuando puedas zafarte finalmente de él. Morirán, morirán gritando sus fatídicos augurios y luego descansarán para siempre mientras tu mochila de piedras será tan grande como tú. ¡Que pasará cuando ni siquiera puedas moverla! ¡Allí quedarás al amparo de las moscas que no te comerán sólo porque tu corazón seguirá latiendo! ¡Pero esperarán y te comerán, y en tu carne debilucha y angustiosa anidarán larvas de gusanos! Y no serás más que un hato de putrefacción. Escaparás, escaparás, algún día escaparás. El sol está brillando para alguien, pero no es tu turno aún. ¡Cómo levantarte cuando tienes toneladas de miseria a cada lado de tus alas! Ya no sabes ni para qué sirven. Te destruyeron de a poco. ¿Quienes? Un montón de gente bien intencionada. No puedes volar. ¡Y cuando por fin haz alzado tus alas en un arranque de valentía poco común sientes el empuje de las cadenas que te atan para siempre con lo conocido! El viejo gris del balcón es el reflejo de mi propio yo en un futuro incierto. Y Sofía es la ilusión de los sueños imposibles construidos como castillos en el aire. Lamento su aventura a mi lado. He sido su perdición.

60.

El amor de pareja, ese único amor que creo conocer, es un vaso muy frágil de cristal cuya ruptura en mil pedazos atañe tan únicamente al vaso, puesto que ni siquiera hay oídos para escuchar el estruendo de la calamidad en el desierto árido del andar de los amantes que en infinita inocencia pintan rosas donde no hay, donde nunca ha habido, y donde nunca existirán. El vaso se rompe, se vierte el zumo vacilante de amor tortuoso. Yace allí ante la indiferencia de ojos y espíritus morbosos que no reparan en los detalles del tejido hecho de ardor y paciencia, exclusivamente en el espectáculo del morbo. Uno es una isla. El otro es una isla. Juntos somos dos islas a la deriva en un océano de islas, cada una preocupada de su palmera única y de los frutos que le brinda. No hay frutos en nuestras islas hechas uno. No tenemos con qué alimentar nuestro amor. No podemos pretender hacer un pastel sin azúcar a la vez que observamos las montañas de dulce que perfilan ante nuestros ojos atónitos llenos de incredulidad. Pero es dulce de otras islas. Nosotros sólo tenemos sal, sal para morirnos de sed, para anhelar, al final, casi con odio misantrópico, la dulzura del mundo.

61.

Sofía está deprimida. Me contagia. Como si fuera un virus mortal. La esperanza desaparece, ¡reina la desesperación!, tan común, tan vulgar, tan a disposición. Pareciera ser el status quo. Y que pasaría si... y si pasa esto... y si pasa esto otro... qué vamos a hacer... desesperarnos, eso podemos hacer. Desesperarnos bien desesperados a guisa de espantar para siempre la esperanza de nuestros corazones. ¡Que se vaya con su aleteo fútil a pintar hermosuras y sueños a otro lado! Aquí no te queremos esperanza porque sólo nos arrastras con pesar hacia un lugar que ni siquiera existe. ¡Adiós esperanza! ¡Adiós también sueños! ¡Adiós un mejor mañana! Empecemos a derrumbarnos dentro de nosotros mismos. Abajo paredes, rompamos las ventanas, aplanemos cada maldita cosa que pretende surgir desde las entrañas del desierto. Volvamos a ser arena, como esa arena que corre por mis dedos en la playa. No somos más que eso, insignificantes granos de arena en una playa atestada de ellos.


Pareciera que no hay puertas que tocar, que no hay vías de escape, que no podemos ir hacia ninguna parte. Atrapados en nuestra insignificancia sin darnos cuenta que el momento actual es la solución. No es fácil contemplar la propia miseria, pero hace bien conocer la de otros, así nos sentimos mejor con nuestra propia mierda. Aquí estamos. Me miro al espejo. Esto es lo que soy. Miro mis posesiones. Esto es lo que tengo. Observo alrededor mío. Este es mi mundo cercano. Y con la mente fija en un mañana mejor lejos de todo lo conocido me sumerjo en sueños alegres donde no existe ni un recuerdo del pesar del ayer. La mente en blanco. Todo está bien. Sedado, dormido, olvidado, sin nada que hacer excepto esperar la muerte mientras me baño en las claras aguas de una isla donde no existe nadie excepto yo y mi amor. Vivimos de los frutos de la isla. Tenemos un bote y pescamos. Sabemos hacer fuego. Nos hemos olvidado del mundo... para siempre. Y no queremos mezclarnos con la tribu de más allá. Allá ellos con su isla. Yo, mi amor, nuestra isla. Nada más. El mundo no ha sido grato y ahora lo miramos con desdén y animadversión. El agua acaricia y seduce con su alegre canción que una vez que empezó nunca dejó de cantar. Es un sueño, un sueño, como todo lo lindo de la vida, no es más que un sueño. La realidad es la pesadilla y todo el mundo vive sus pesadillas, día tras día, tras angustioso día, sin descansar, hasta que caemos rendidos al pedazo de tierra hueca que anidará nuestros huesos carcomidos.

No hay isla, no hay mar. Hay un desierto y es infinito.

62.

Y un día, un día cualquiera, un día como tantos de esos días insulsos, Sofía partió.

"No podemos seguir juntos. Yo no te puedo esperar. Estoy cansada. Te quiero, pero no puedo seguir esperándote, seguir anclada a ilusiones que jamás se harán realidad. Estoy cansada de que nada nos resulte, de que no puedas conseguir un trabajo... llevamos tanto tiempo juntos y ningún fruto nace de nuestra unión. Y no sé por qué a los demás pareciera que todo se les hace más fácil. Me da rabia, me da envidia, y me desespero. Terminamos una vez, volvimos, nuevamente te quedaste sin trabajo, y de nuevo empezaron los problemas. Yo te he tenido fe, y te quiero mucho, pero yo ya no puedo esperar mas".

Mi isla está abandonada. Era predecible que Sofía marchase nuevamente. No la pude recriminar en nada. ¡Si no había nada que recriminar! ¡Ve hermosa, déjame solo porque no mereces contagiarte de mi desazón! ¡Ve y vuela por los aire tú que puedes y déjame morir aquí con mis alas rotas, con mi caminar penoso y mi corazón seco, con mi mirada perdida y mi cuerpo débil! Vete y olvídame, mira que todos lo han hecho ya. Vete y déjame aquí para seguir en soledad por el camino que conduce al infierno. Ya no distingo colores y la comida sabe a nada. No siento y no experimento nada. Quieto, pienso, y me alejo del mundo.


63.

Hace un mes que no sé nada de Sofía. Espero que esté bien. Me ha sido difícil aceptar su partida. Es segunda vez que sucede. Y trato de olvidar... aunque es imposible olvidar. Carolina me sosiega, al menos. Ayer nos juntamos de nuevo a beber. Creo que trato de sentir algo de paz. Por eso estoy aquí, en este parque. Un parque muy bonito, como son los parques del barrio alto. Sentado, con un libro, trato de sumirme en la historia. Alrededor mío pulula la vida en aleteo intenso. Una señora rubia pasea a su primor en coche. Le habla en un idioma extraño. La miro, la observo. Ella me devuelve dulce mirar. Más allá un viejo decrépito descansa al sol. Al lado tiene una enfermera que sujeta su silla de ruedas. Un joven fuma un cigarrillo más allá. La brisa placentera refresca del calor, ese maldito calor que no para y no cesa y que ha hecho de este marzo un marzo de singular y extraño calor. Sólo de noche se siente más fresco. El verano no ha muerto, como tampoco ha muerto mi desdén. Quisiera contagiarme de la felicidad de la madre con su niño. Supongo que alguna vez supe de aquello. Ahora soy viejo, y mis ojos ya no lloran, mis lágrimas están secas, mi espíritu seco. Sofía se ha ido. La extraño. Se ha ido nuevamente. Esta vez, para siempre. Este ha sido mi destino. Nadie pudo hacer nada al respecto. No tenían por qué hacerlo. Estaba solo. A nadie le importó un carajo. Yo y mi historia de amor. A nadie le importó nada. Me di cuenta de a poco de aquello. Estaba solo. Ahora lo estoy más. Y sigo vivo. ¿Dónde diablos conseguirme una pistola? Podría hacerlo aquí, en la plaza, frente a toda esta gente. Jamás olvidarían la visión. Saldría en los diarios y por fin la gente sabría que existí. Tarde, tarde, demasiado tarde. Póstumo, de nada sirve mucho. "Suicide is Painless" dice el tema de M.A.S.H., esa serie gringa que no tengo idea si dieron en Chile alguna vez. Trabajaba Alan Alda. Recuerdo eso. Una pistola, y me vuelo los sesos. Y todo acaba ya. No más mañanas grises, no más tribulaciones. No más nada. Una pistola. ¿Dónde consigo una? Alrededor observo los edificios. Son altos. Podría subir a uno de ellos y lanzarme al vacío. No, no puedo. No quiero quedar hecho un puré. Preferiría unas píldoras para dormir. ¿Cómo conseguirlas? ¿Y si me arrepiento luego de haberlas tomadas? ¿Y si no muero? No, la pistola es mejor, mientras no erre el tiro. Podría quedar vivo y parapléjico. La muerte se ríe de mí. "Este tipo me está invitando a la fiesta antes de tiempo". No, no quiero morir, sólo quiero matar lo que soy yo y renacer como otra cosa, pero humano. Quizás deba esperar. Siempre podemos matarnos mañana. Cada día podría posponer el asunto. Morir. No es fácil morir. La vida muere antes que nosotros. Los sueños, esperanzas, ilusiones y alegrías se han marchado y lo que queda es el desperdicio humano de bolsa de huesos, carne y sangre, que se yergue y avanza a fuerza de no sé qué poder misterioso que no se apiada de los desdichados.


Quizás por verlo venir no creo haber perdido la cabeza, como creo que hubiese hecho antes. Sofía partió y ahora estoy solo, como sabía que al final iba a ocurrir. Ni siquiera estoy sorprendido. Y creo estar bien, bien dentro de lo que se puede, bien dentro de la moledora de carne.

Comienza una nueva semana. Otra semana. Otros siete días más de abulia. Siete días con la certeza plena de la incertidumbre. No sé que va a pasar. No sé que me va a pasar, pero mi malestar interno, y esos repentinos dolores de cabeza, y esa falta de apetito, la sensación de náuseas, de como si uno tuviera un hoyo gigante en el estómago, todo ello parece vivir con ímpetu envidiable. No hay mucho que hacer hoy.

64.

Ayer fue distinto. El fin de semana terminó de manera insospechada. Eran las cinco de la mañana del día viernes en la noche, o mejor dicho, madrugada del sábado. Prenden las luces del bar. Se acaba la diversión. Hay que irse. Hasta las cinco, eso es todo. Afuera un amigo que realmente no es amigo sino un conocido que ni siquiera sé cómo se llama, trata de ligar con unas niñas vulgares. No le va bien. Está muy borracho. Habla con dificultad. El par de minas prende un pito, mi amigo se acerca y se hace el lindo. Es patético. Cuando llegamos no estaba así. Fui testigo de su paulatina degeneración. Al lado sigue funcionando otro bar, y estos no cierran a las cinco. Parece que abren a las cinco para recibir el influjo de decenas de alcohólicos que no quieren parar la fiesta. Partimos para ese lugar, a escondernos, a seguir escondiéndonos de la realidad. Adentro el humo asfixia. Rammstein suena por los parlantes. Aquí todos llegaron borrachos para terminar más borrachos aún. Mi amigo anda por ahí. Me he alejado. El idiota podría meterme en un problema. ¡Ni siquiera es un amigo de verdad! Más allá, otros amigos de mentira. Ya no quiero beber. Prefiero observar mi entorno. Es divertido hacerlo cuando uno está al menos un treinta por ciento más lúcido que el resto. La escena es dantesca. Este hoyo del infierno es la perdición. Hay unos tipos botados en el suelo, durmiendo, y un par de maricones borrachos tratando de besarse frente al asombro del resto. Sí, porque este bar, por muy de mala muerte que sea, es de orientación heterosexual. Al lado de los maricones hay una cosa que no se sabe qué diablos es. Parece travesti, parece un Boy George gótico y futurista. Este bar de mala muerte es hacia donde converge cada elemento decadente de la ciudad, al menos por esta parte de ella. No cabe lugar a dudas.




Mi amigo se acaba de caer de la silla. Esta borrado. Yo ya no lo pesco. Me dedico a ver los videos. Una mina se está regalando a todos. No la pescan mucho. Quiere atinar con un amigo mío. Eso me dice. Es feita la niña. Y no estoy tan borracho como par descubrir en ella belleza inexistente, como me suele ocurrir en situaciones parecidas cuando estoy en lugares en los que pareciera suceder de todo pero que en realidad no sucede nada de nada. Me quiero ir. Me molesta el humo. Está asfixiante el lugar. Me quiero ir. Este es el tercer bar de la noche. Y no sé si será porque habré comido mucho durante el día o qué se yo pero estoy lúcido, al menos, en relación al promedio. ¿Qué animará a estos pobres diablos a concentrarse en esta cueva de mala muerte? Está en paz, pero al pasearme siento en el ambiente cierta tensión, como si al menor estímulo divergente pudiese generarse una gresca. Está denso el ambiente, tanto por el humo de cigarrillos como por los ánimos. Borrachos re borrachos pueden ser peligrosos. Sale en las noticias a cada rato que mataron a este o a este otro porque miró feo o por cualquier otra razón estúpida. Más que nunca quisiera escapar del lugar. ¿Y por qué diablos estoy en esta mierda con todos estos tipos y tipas que juzgo decadentes? Yo también soy entonces un tipo decadente. A pesar de justificarme con el dolor por Sofía no logro convencer a mi conciencia. No, no, no. Tú has estado en esta mierda antes, cuando estabas con Sofía. Hoy, probablemente, estás más conciente de que estás en la mierda porque Sofía representaba la luz de tu vida triste y apagada. Sin ella ya no hay luz, sólo tinieblas y noches como esta, rodeado de mierda. Supongo que de esto se trata el carrete. ¡Pero a mi me gusta el carrete! ¡Tiene que haber otro carrete! ¡Otro con tanto alcohol como este pero sin la decadencia! Ya van a ser las siete de la mañana. La gente no se va aún. Si apenas llevan dos horas aquí. Esto pinta como hasta las diez de la mañana. Y a las cuatro de la tarde tengo un asado. ¿Iré o no? ¡Bah! No tengo ganas. Ah pero que diablos, quizás cuando despierte pasado las dos de la tarde piense distinto.

Camino por las calles desoladas con un infinito malestar. Si pudiera vomitar mi malestar no quedaría de mí más que la piel. No quisiera volver a esta mierda. Quisiera cambiar las luces y los lugares, ir a otras partes y conocer a otra gente. He estado en el infierno por mucho tiempo. Y es feo. Pienso que es todo feo. Mi vida, aquello que hago para olvidarla, y el futuro que le espera. Todo alrededor mío se me antoja feo. A esta hora, ya temprano pero aún oscuro, puedo tomar algún bus. Tengo hambre. Tengo mucha hambre. En casa espera un pedazo de pan. Se me antoja delicioso ahora. Y mi cama, mi cama se me perfila como el mayor tesoro. Quiero dormir. No quiero volver al hoyo. Pero mis amigos van al hoyo. Todo mi mundo está construido en torno al hoyo. No era la idea caer en la decadencia, pero sí lo hicimos. ¿Se podrá empezar de nuevo? Vuelvo a pensar en que no sería mala idea lo de la pistola. Terminar con el circo de una vez. Cierro los ojos al despertar el sol, ese sol que alumbra la fealdad del mundo.


65.

El asado era a las cuatro y ya son las seis. He estado todo el día durmiendo. Buena cosa que no intoxicado, sino que simplemente cansado. Ya no es como antes, se nota que mi cuerpo ahora necesita más tiempo para recuperarse. ¿Voy o no al asado famoso? No tengo ninguna razón de peso para no ir. Además estoy a pasos de la casa de mi amigo, otro amigo, Ricardo se llama, aunque nadie le dice así. Es publicista y trabaja no se dónde, pero le va bien. Está celebrando su cumpleaños.

A eso de las seis de la tarde me animo a enfrentar al mundo nuevamente. "A las cuatro donde Valderrama. Llevar copete" dice el mensaje enviado a mi celular. Era que no. Así le dicen a mi amigo, Valderrama, en honor al jugador de fútbol colombiano. Ricardo se parece bastante a él. Tienen la misma chasca.

Primero paso al supermercado, compro algunas cervezas y me voy al asado. Para abaratar costos se trata de un asado de chancho. No hay carne de verdad. Pero mi amigo compró, por tanto no debiera sentirme frustrado. ¿Serán así también los asados ABC1? Carne de mentira o de verdad se la comen todos a destajo apenas se sirve en una fuente. Nada de platos, nada de ensaladas. Se ensucia menos. Hay pebre y algunas botellas de ron y vino. Todos comen y todos beben.

A eso de las diez de la noche pareciera que todo terminó. Un amigo de Valderrama, un tal Rodrigo, que yo también conozco, propone ir a una de las tres fiestas con las que puede llegar con amigos. Tres fiestas... ¿no será mucho? Es la típica del compadre que tiene "una movida con hartas minas". Lo he escuchado cientos de veces, desde que estaba en el colegio y veíamos en las muchachas un tesoro escondido delicioso pero vedado. Asumo que sea como sea el lugar o los lugares donde iremos después del asado la cantidad de mujeres será inferior, muy inferior, a las cifras astronómicas con las cuales se maneja Rodrigo. Le hacemos caso, yo, Valderrama y un par de otros personajes.

¿Adonde vamos? OK. La fiesta de una tal Verónica. OK. Llegamos en dos taxis. Los C2 y C3 no tienen auto. Entramos a un local semi pseudo cuico en Providencia. Verónica está de cumpleaños también, igual que Valderrama. Es una rubia de pelo rizado y largas piernas. No tiene grandes caderas. Debe ser anoréxica. ¿Se hará laceraciones en la piel también? Cumple veinticuatro años. La entrada es gratis pero el consumo no. Nosotros que somos C3 tenemos nuestra botella de Coca-Cola con pisco. Y suena el tecno. Ahora todos escuchan tecno. Es la música de hoy. Y es del tipo minimalista, como la que recuerdo tocaron en el último Love Parade. Vaya a saber quién cresta está tocando. Cuando estaba en el colegio nadie escuchaba tecno. Eso no existía. Se escuchaba rock latino o música anglosajona en inglés y todos sabíamos cómo se llamaban las bandas. Hoy cierta juventud escucha a dj´s. Viene Tiesto a Chile. Un dj. Mezcla canciones tecno. No toca instrumentos. Sin embargo la gente lo va a ver. Y aunque debo confesar que hay buena música tecno, la que están tocando justamente ahora no me agrada. Música sin alma, fría y maquinal como los personajes de la fiesta, todos tecno, todos cuicos, todos hablando huevadas y viendo huevadas. Y pensar que yo me consideraba nihilista. No hay nada más nihilista que la música electrónica minimalista. Bum, bum, bum, bum, boing, boing, boing, rat, tat, tat, blup, blup, blup. Y nada de expresar emociones a través de frases. No, el tecno, o al menos este tecno carece de todo menos de insustancialidad... y me quedo pensando si esa palabra existe... Verónica se pasea de allá para acá. Me recuerda a los caracoles. Se cree la raja. Se cree mina. Es rica, pero he visto mejores. Yo y mis amigos nos sentimos como fuera de lugar, excepto Rodrigo que de hace un tiempo a la fecha se ha transformado en hombre de mundo. Antes era roquero, pero ahora va a juntarse con las minas ricas de Providencia. Valderrama, que está ya medio borracho, propone que nos vayamos de la aburrida fiesta a algún lugar mejor. No le hacemos caso. Nos quedamos, a pesar de que en realidad estamos aburridos. Nos sentimos como pescados fuera del agua. De pronto llega más gente. Empieza a animarse el ambiente, más digno al menos que el ambiente del bar del día anterior. Pero no sigue pasando nada. La cerveza es cara y chica. Yo sigo con mi bebida con pisco. Finalmente nos vamos. Rodrigo se queda. Yo, Valderrama y otro pelafustán nos dirigimos a otro lado. Terminamos en un bar. Recuerdo muy bien el lugar. Tan sólo ayer estaba aquí, antes de ir a rematar al bar de al lado. Pero este es el mismo bar K de siempre. El maldito bar K. Oh, no, de nuevo lo mismo. Las mismas caras, los mismos borrachos, la misma mierda de siempre. Y el idiota se queda dormido. "Ricardo despierta". Quizás si escucha su nombre de verdad atina. Yo y mi otro amigo decidimos que hay que irse para la casa. Nos vamos para la casa. Valderrama paga el taxi. Como yo vivo cerca de su casa me sirve el traslado. Estaba fome el bar, estaba fome la fiesta tecno, estaba fome la carne de chancho. Al menos me acuesto no tan cansado como el día anterior.


66.

Extraño a Sofía. A pesar de llevar ausente de mi vida poco tiempo siento como si fueran mil años. Estoy cansado, tan endemoniadamente cansado que me canso incluso ya de odiar. ¡Cómo si al mundo le importara! No, no le importa. Con Sofía podía sentir algo de esperanza. Hoy no quiero nada de nada. Y nuevamente tomo el diario. Veamos que diablos hay para mí. No, no hay mucho. ¡Pero si nunca ha habido mucho de nada! Tengo ganas de dormir, pero de dormir profundamente y por varios años. Al despertar quisiera reconocer sólo el brillo del sol y de las cosas hermosas, habiendo dejado de lado cada asomo, por pequeño que sea, de dolor y miseria. Porque no importa quién diablos tiene la razón y quién no. Lo único cierto es que a veces sufrimos, y mi despertar, mi despertar lo sueño como uno en que no está nadie del pasado y que no puedo odiar a nadie porque no hay a quien odiar. Me imagino solo, solo, pero feliz en este mundo, sin las cadenas opresoras, sin la subyugación de la hipocresía de la familia, sin aquellos que dicen quererme pero que sólo han vaciado en mí su propia amargura. Me gustaría despertar de nuevo habiendo olvidado a todos. Porque mi carrera ha sido solitaria y sólo he conocido de la hipocresía de un mundo maligno. ¿Dónde están las sonrisas de verdad? No, maldita sea, no. Todo es una ilusión. Sofía, ella es la parte linda de la película de terror. Y allí están todos. ¡No se mueren nunca! ¡No puedo zafarme!

Y nada cambia y todo sigue igual. Pero Sofía se fue y eso es un cambio... pero todo sigue igual, igual, igual...

67.

Me imagino una fría cámara negra, inmensa, eterna, que como sabana africana o desierto del Sahara pareciera no tener fin. Pero aquí todo es plano, como un piso que se extiende hacia el infinito. Aunque está todo negro se ve la luz de la máquina, tenue, existente exclusivamente para que ojos humanos contemplen sus horribles mecanismos. La máquina es algo así como un conjunto de piezas que giran y giran, y dan vueltas, y giran. Hay piezas grandes, inmensas, y hay piezas pequeñas. Y a cada momento se rompen algunas, pero se insertan nuevas. Desde lejos puedo observar todo esto, al mismo tiempo que me acerco, temeroso, a esa cosa que gira. Es rectangular y muy alta y está cubierta por vidrio. A medida que avanzo cada vez se ve más grande y yo cada vez me voy sintiendo más y más insignificante. No se divisa a nadie aquí. Es sólo un valle infinito, un piso que se extiende bajo mis pies y que no conduce a ninguna parte. Estoy al borde de la máquina. Trabaja afanosamente. Allá adentro deben estar algunas piezas procesando mucha información. Allá adentro hay piezas que están viendo lo que pueden hacer. A veces la máquina ruge, y jamás deja de girar. No puedo escalarla por ningún costado. Sólo la puedo mirar, mirar por sus cuatro lados. Y es inmensa. Tardo varios días en llegar de una esquina a otra, y otros tanto en dar la vuelta. Pero sin importar dónde me encuentre las piezas son todas parecidas, algunas más grandes que otras, pero todas girando hasta que de pronto desaparecen, siendo reemplazadas por otras. Y la cosa gira y gira. No sé hacia dónde ir. No puedo ingresar a la máquina. Si tan sólo pudiese arrancar una pieza para poder contemplarla de cerca, pero no hay cómo traspasar el vidrio impenetrable. ¿Qué hacer? ¿Caminar? ¿Hacia dónde voy a ir? Alrededor sólo hay Nada, y se extiende por todos lados. Mejor me quedo sentado contemplando como se mueven las piezas, todas negras. Nadie pasa por estos lados. No hay cómo apagar la maquinita para que al menos pueda descansar de su bulla. Observo, contemplo, examino y analizo. Si al menos Sofía estuviera aquí. Ella está allá adentro, he de suponer. Me imagino que todo el mundo que conozco está allá adentro dando vueltas. Parece que he sido postergado. No tengo cómo diablos romper el vidrio. Es imposible. No puedo hacer nada sino esperar, esperar, esperar. Y nadie pasa, y parece que nadie pasará. El rugir de la máquina me ensordece. Es una música horrísona y estoy obligado a escucharla.

68.

Anoche soñé pesadillas nuevamente. Esta vez con un edificio alto que estaba alumbrado tan sólo por una luz que emanaba de una ventana. Alrededor, al igual que con la máquina de engranajes, nada. Un edificio en penumbras, una luz en la ventana del piso cuatro, dos calles que se cruzan en la esquina. No hay movimiento, no hay vida. Camino alrededor del edificio oteando hacia la ventana. Su luz en tenebrosa. Da la sensación de que hay alguien allí. Pero no se ve nadie. Una ventana con luz junto a otras tantas apagadas como la indiferencia del mundo frente a quienes quieren hacerse escuchar... o ver. ¿Quién vive allí? No puedo entrar al edificio, no veo puerta alguna abierta. ¡Es un maldito edificio alto con una luz encendida en el cuarto piso y eso es absolutamente todo lo que puedo decir! No hay colores. No hay gente, no hay autos cruzando la intersección. Es un sueño extraño y sin matices. Allí estoy, abajo. No grito, no trato de llamar la atención de quien diablos esté allí, en esa maldita ventana que me está volviendo loco.

Despierto sudoroso. ¿Qué significa todo esto? ¿Me estaré volviendo loco? Yo estoy en todos mis sueños, alrededor mío, parajes desolados, y casi nada más. Pienso en ello y me siento desdichado.


69.

No he vuelto a pensar en la muerte. No me explico las razones. Igual voy a morir, como todos. ¡Al diablo! La película puede que sea mala pero quedémonos hasta el final para al menos ver como termina. Y ese es todo... al parecer. La vida, tan corta, la muerte, eterna. ¿Para qué acortarla más?

Además, ¿para qué darles a todos los idiotas hipócritas una razón para llorar en el funeral al que irían por obligación? Y me pelarían, y sentirían pena. ¡Ah pobre Ignacio! ¡Es una lástima! ¡Y tan joven! Y yo desde ultratumba riéndome de los canallas. Malditos mentirosos. Uno no necesita a nadie en muerte, exclusivamente en vida. ¿Dónde estaban en vida?

La familia. ¿Qué es la familia? Las navidades pasadas, los almuerzos, los regalos. Todo parecía lindo cuando joven. Y seguramente muchos rezaron por mí. Claro, que cosa más fácil. Rezar, implorando a divinidades inexistentes para solucionar problemas reales. Yo quería que me tendieran una mano, que me ayudaran a concretar lo mismo que ellos. Pero no había espacio para mí. ¿No es cierto? Por alguna u otra razón. Maldita generación anterior. Acapararon todo y no quieren compartir.

70.

Todos se han ido... de mi mente, de mi pensamiento. La vida sigue su curso y camina lentamente. Estoy al borde de la ventana de un edificio céntrico. Quisiera saltar. Antes de hacerlo visualizo la caída. ¡Saldría en los diarios! ¡El mundo sabría de mi existencia con mi muerte! Que ironía. Pasa una brisa refrescante, mi mente retrocede hacia los momentos felices, casi todos envueltos en el suave arrullo de Sofía. Aparecen otras caras, de otros momentos felices. Todo parece tan lejano, como vivido por otro ser, no este idiota que hoy decidió no vivir más. No puedo llegar y saltar, analizo, pienso, no puedo, no puedo. A pesar de todo el sufrimiento que me destruye por dentro no puedo saltar. Es inútil, es inútil.

Bajo a pie los veinte pisos. Hoy no me voy a matar. ¡Pero si yo ya estoy muerto! Hoy no saltaré por la ventana. Al menos eso no haré. Por las escaleras pasan algunos seres que jamás pensarían que acabo de desistir en terminar con el circo.


Abajo, el Paseo Ahumada está repleto de gente, como siempre. Decido caminar, confundiéndome en la masa viviente, sin perfilar hacia ningún lugar concreto. ¿Cuántos de los que me circundan no habrán pensado en morir hoy también? Está un poco fresco, pero el sol brilla. De pronto alguien me toca el hombro derecho. Me doy vuelta algo inquieto. Es Carolina. Vaya. Jamás se me pasó por la mente que me encontraría con ella de improviso. No le digo nada, nada de lo que acaba de pasar. No quiero que piense que estoy loco. No la quiero asustar. Le pregunto que anda haciendo por el centro y me contesta que trámites varios. Decidimos ir a almorzar juntos. Se me antoja ir al Mercado Central. El deseo de muerte ha abierto increíblemente mi apetito y tengo ganas de mariscos. Hablamos de música. A ella le gusta Brazilian Girls y Fischerspooner. Le pregunto si ha escuchado algo nuevo que valga la pena. Me dice que el último de Moby no es muy bueno, que se queda con el disco “Play”. Préstamelo para formarme mi propia opinión, le digo. Y disfrutamos de los mariscos. Mañana. Mañana, quien sabe. Pero al menos hoy, parece que voy a vivir.

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Canciones nombradas:

Infatuation - Rod Stewart

Girls Just Want to Have Fun - Cyndi Lauper

Praying for Time – George Michael

Cowboys and Angels – George Michael

The Will to Kill – Malevolent Creation

Nine to Five - Dolly Parton.

Somebody´s Watching Me - Rockwell

Got my mind set on you - George Harrison

Sympathy for the Devil – Rolling Stones

Mother´s Little Helper – The Rolling Stones

She´s a Rainbow – The Rolling Stones

Let´s Spend the Night Together – The Rolling Stones

Among the Living - Anthrax.

Te visitará la muerte – Obus

Until the End - Hypocrisy

Referencias a:

Los Mox!

Sinergia

Slipknot

Shakira

Ufo

Penguin Café Orchestra

Malevolent Creation

Magma

After Forever

Ritual Carnage

Joe Vasconcellos

Los Prisioneros

Electric Light Orchestra

Blood, Sweat and Tears

The Rolling Stones

La Renga

Caroline Lavelle

Amorphis.

My Dying Bride

Devin Townsend

Películas nombradas o a las que se hace referencia:

La Pasión de Cristo

Una película de Emmanuelle

The Wall – Pink Floyd

¿Donde está el policía?